El escritor que me firmó un autógrafo. En memoria de José Agustín

El escritor que me firmó un autógrafo. En memoria de José Agustín

Por: Daniel Herrera

Espero que la mezquindad que le prodigó el mundo literario en su momento por fin desaparezca. Que, a pesar de su gusto por la juventud, se le deje de tratar como autor juvenil. Que a la obra de José Agustín se le coloque en el lugar que merece en la literatura nacional. Ah, y que sus libros tengan precios accesibles porque es uno de nuestros autores principales. Quizá uno de los más grandes de nuestra historia.

Si algo hizo José Agustín fue acercar la literatura a los jóvenes. La literatura y la música, debo agregar. Sé que lo hizo con mi generación, estoy seguro que logró lo mismo con otras generaciones. Por lo que sé, hasta antes del accidente que lo alejó de la vida pública, nunca dejó de visitar escuelas y universidades. Los jóvenes fueron su auditorio natural. Sabía conectar con ellos y parecía genuinamente feliz cuando se acercaban a él.

Lo sé porque yo fui uno de esos jóvenes cuando me aproximé a él en una de sus visitas a Torreón. Tenía 14 años y el autor vino para hablar del I Ching, si no me falla la memoria. Creo que también leyó una serie de textos junto a Gerardo Enciso, quien cantó varias canciones. Ahí también conocí a Enciso, pero esa ya es otra historia. Mis recuerdos se confunden. No sé si fueron dos visitas distintas o la misma. Sé que al día siguiente, en el Teatro Isauro Martínez, tocó Real de Catorce y que José Agustín estuvo entre el público. Dicen que fue un concierto en donde hubo un intercambio constante entre el grupo y el escritor. Pareciera que esas cosas ya no suceden en Torreón. O tal vez ya no me la paso en la calle como antes.

Lo que sí está claro en mi mente es la playera de La Cuca que llevaba el día que conocí a José Agustín. Era del segundo álbum, cuando los adolescentes teníamos fe en el rock nacional. Recuerdo también que me firmó un autógrafo en un papelito que todavía conservo. Lo encontré ahí solo, sin nadie a su alrededor, parece raro, pero era Torreón a principios de los noventas. Me acerqué con nerviosismo, estaba ante un autor que admiraba a pesar de que había leído poco de él. Fue amable, se rió de mi camiseta y platicó conmigo un poco antes de pasar a hacer lo que iba a hacer en esta polvosa ciudad. Así, un autor casi leyenda tuvo unos minutos de plática con un puberto ñoño y rockero que soñaba con ser escritor.

¿Con cuántos más tuvo esa deferencia? Asumo que con todo el mundo. Era José Agustín un caso raro: un autor que sí valía la pena conocer. La obra concordaba con el autor, a diferencia de muchos, pero muchos otros escritores.

Con esa experiencia fue suficiente para mí. Lamento de verdad que mi admiración rebasa la cantidad de sus libros que he leído. A pesar de eso, siempre le estaré agradecido por su obra. Sobre todo le agradezco sus textos y columnas sobre música. Como él mismo afirmaba, en este país entramos al rock a través de la lectura. En mi juventud acceder a los discos era mucho más complicado que ahora. Entonces, era a través de su columna en La Mosca en la Pared o en libros recopilatorios donde hallaba el alimento musical que no podía conseguir tan fácilmente en CD. Le agradezco su obra literaria, innovadora para mí, divertida y, por fortuna, totalmente distinta a la aburrida obra de los autores consagrados o al boom, que siempre estaba ahí, estorbando por todos lados. José Agustín era la mosca que molesta al elefante que era la literatura nacional. Y también le agradezco mucho, pero mucho, que me presentara a Parménides García Saldaña, otro de mis autores mexicanos favoritos.

Desde ese encuentro en mi primera adolescencia nunca más coincidí con el autor. No fue algo que yo quisiera, simplemente no sucedió otra vez. Me he quedado con esa experiencia para recordarlo así el resto de mi vida. Eso y sus libros y todo el rock que conocí y entendí gracias a él.

Pasó el tiempo y el internet y las redes sociales sí lograron cambiar algo de mi relación con José Agustín. La primera fue que si antes leía lo que escribía sobre rock sin detenerme, ahora tenía que hacerlo a cada rato. Me sucedió con su libro sobre música, El hotel de los corazones solitarios, donde cada referencia que leía tenía que escucharla. Ahora, con la música al alcance de la palma, leía tan lentamente que me tomó meses acabar el libro.

La segunda es que entré en contacto con los hijos del autor. Incluso escribí una reseña de un libro de Jesús Ramírez-Bermúdez y después de eso tuvimos un intercambio muy interesante a través de FB. Descubrí que su hijo era igual de amable que su padre.

En otro momento conocí a Andrés Ramírez, el hijo editor. La amabilidad también fue una de las características que heredó de su padre.

Todos son encuentros fugaces, no estoy aquí afirmando que sea amigo de la familia, en cambio, sí soy amigo de sus libros y es con ellos con quienes platico seguido.

He decidido volver a leerlo, no creo que haya mejor homenaje. Espero que la mezquindad que le prodigó el mundo literario en su momento por fin desaparezca. Que, a pesar de su gusto por la juventud, se le deje de tratar como autor juvenil. Que a la obra de José Agustín se le coloque en el lugar que merece en la literatura nacional. Ah, y que sus libros tengan precios accesibles porque es uno de nuestros autores principales. Quizá uno de los más grandes de nuestra historia.

Esos son mis deseos para homenajear a uno de mis héroes personales. Larga vida a José Agustín.

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