Héctor Becerra y la música como una forma de hacerse amar

Héctor Becerra y la música como una forma de hacerse amar

Daniel Herrera

Escritor y músico lagunero
twitter: @puratolvanera

La noticia de la muerte de Héctor Becerra me tomó por sorpresa, como a todos. Ese miércoles una tristeza se instaló en mi pecho y respiró conmigo. No lloré, pero sentí una pesadez en el resto de mi día. Cuando subí al escenario a tocar covers, pensé que le estaba haciendo un pequeño homenaje. Después vi el setlist y me arrepentí, no había buenas canciones esa noche.

Héctor era mi amigo, pero de esos que ves esporádicamente. Hace poco lo había invitado a mi fallido podcast donde tuvimos una larga plática sobre sus gustos musicales y la última vez que lo vi fue afuera de su trabajo. Platicamos con brevedad sobre cómo crear un proyecto de radio que se pudiera llevar a cabo con mucha música y sin censura de FB y similares. Nos despedimos rápido y ya.

A él lo conocí hace más o menos 20 años, cuando estaba estudiando Comunicación y fue mi profesor de radio. Era la primera vez que tenía contacto con alguien que dedicaba su día entero a la música. Las clases de radio, más su trabajo en GREM, más su banda de rock, todo era una continuación de la música.

Aquello que, para mí, definía hasta cierto punto a Héctor era su cercana e intensa relación con la música. Su programa de radio que pareciera que siempre existió, Rock Show, fue uno de los pocos que escuchaba siempre que podía. Me parecía un excelente termómetro de lo que el rock significa para el público en general. Nunca depreció ningún género y siempre le encontró valor a cualquier grupo. Por ahí pasaba desde el rock pop más comercial hasta el metal más oscuro. En una plática me explicó que sólo hizo la programación de un capítulo: el primero. A partir de ahí, todo lo que sonó en el programa eran rockomendaciones, como decía con cierto jugueteo, del público. Por lo tanto, era un programa creado por los escuchas y dirigido por él.

A pesar de que nunca fui tan cercano a Héctor (quiero decir que no lo veía seguido, no me iba a cenar con él ni nada por el estilo), hay algo tan cercano que su muerte me dejó golpeado unos días. Eso es la sensación de que su voz va a salir por las bocinas de mi auto en cualquier momento. Lo extraño un montón en la radio. Una cercanía que se logra a través de uno de los medios más viejos pero más efectivos del mundo. Estoy seguro que esta sensación de conocer a alguien profundamente, de tener una amistad a través de la radio no es algo que sólo me sucede a mí.

Más allá de entristecerse por la muerte de alguien que vive en otro continente, las estrellas locales de los medios se vuelven más importantes en la vida diaria para toda una ciudad. En ese sentido, habitar el mismo lugar de quienes escuchamos en la radio o vemos en la televisión se vuelve relevante.

Esto ni siquiera Héctor se explicaba. Le pregunté cómo entendía el éxito de su programa de radio, uno que no tenía más promoción que las redes sociales, con pocos patrocinadores y que transmitía la música popular que menos vende en este momento histórico. Él mismo puso cara de no tener la respuesta y levantó los hombros. ¿Cómo es que el público se comunicaba para pedir una canción cuando es tan sencillo escuchar música en el celular? ¿Tal vez porque Héctor también diría el nombre de esa persona al aire? ¿O tal vez la necesidad de ser parte de algo así como una comunidad?

A lo que voy con esto es que Héctor, de alguna manera, representaba los gustos musicales de miles de personas y era la voz de muchos de ellos en la radio.

Esos gustos que en su caso regresaban una y otra vez a grupos como Rush. El buen Héctor era rockero de la vieja guardia y amaba sin tapujos a Geddy Lee y compañía. Alguna vez le platiqué mi rechazo a la voz del bajista. Para mí Rush es un gran grupo hasta que Lee comienza a cantar. En lugar de defender a capa y espada sus gustos, rio un poco y enumeró las cualidades del grupo que amaba. No quiso entrar en controversia conmigo porque entendía bien que los gustos musicales son tan personales como los alimentos que nos encantan o no. Esa era una actitud amable de Héctor que siempre me agradó, la posibilidad de escuchar opiniones con las que no estaba de acuerdo y encontrar un punto en común para no entrar en conflicto por razones que no valían la pena.

No quiero hacer esto más largo. Sólo un recordatorio de cómo cuando se van ciertas personas que cultivaron cariño gracias a su trabajo, es fácil recordarlos. No son los políticos, ni los empresarios quienes reciben ese afecto póstumo, sino aquellos que intentaron llevar amor y felicidad a los demás y lo lograron a través del arte. Héctor consiguió eso y por eso es que hoy, en esta columna, lo celebramos.

Adiós, Héctor y ¡súbele!

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