Rubén Moreira, medrando de los despojos del PRI

Rubén Moreira, medrando de los despojos del PRI

Por: Gerardo Lozano

Como coordinador de la bancada priista en la Cámara de Diputados, la figura de Rubén está lejos de haber jugado un papel destacado, su estrategia personal parece ser la de la sobrevivencia política

De la familia Moreira Valdés salió un animal político bastante dotado: Humberto, pero no bien alcanzó el gobierno estatal, lo que parecía toda una promesa pública, después de haber heredado de Enrique Martínez un buen gobierno, en orden y con finanzas sanas, comenzó a volverse un desastre, por la frivolidad, una irresponsabilidad de escalofrío y un desaseo como no se había visto nunca en las décadas recientes, lo que hizo a Humberto el convertirse en parte de eso que la prensa nacional ha denominado como la “generación podrida”, en alusión a cierto grupo de gobernadores de ese periodo.

Pero a partir del ascenso de Humberto, sus hermanos treparon también al árbol del poder, en especial el mayor de ellos: Rubén, quien hasta entonces había sido un gris funcionario de tercera, de futuro incierto y si mayor pena ni gloria. Todo indica que ahí hubiera seguido, pero el ascenso de su hermano le abrió la posibilidad de volverse el segundo hombre fuerte del estado, colocándose al frente del PRI, con el propósito siempre fijo de convertirse en el siguiente gobernador de Coahuila.

Nunca, en la historia estatal, un hermano había seguido a otro en la sucesión gubernamental, lo que no se esperaba, mucho menos en los tiempos modernos. Con todos los recursos a su disposición, ocultando la deuda gigantesca que heredaba Humberto al estado, no fue difícil alcanzar la gubernatura, pero, de entrada, o ya antes de eso, Rubén se pensaba un talento político, superior inclusive a su hermano, pues se considera una estratega, un ideólogo y un prodigio de la astucia y la elucubración.

Humberto, entretenido en sus ambiciones y en sus tareas públicas, le dejó hacer y deshacer y, después, le dejó el poder principalmente para que le cuidara la espalda, pues ya se había metido en graves problemas.

Haber dejado la gubernatura para convertirse en dirigente nacional del PRI, involucrándose en la sucesión presidencial e involucrar las finanzas públicas de Coahuila, de una manera que hasta la fecha se desconoce con precisión, fue la tumba política de Humberto. A quien sus graves errores le pasaron el costo de una manera salvaje, condenándolo tempranamente al retiro.

Lo que sucedió entre Humberto y Rubén y su historia cainita, ya sea ha contado mucho y es un episodio de la política estatal digno de una novela negra, el caso es que Rubén se quedó con el poder y con un gobierno que iniciaba con una deuda cercana a los 40 mil millones de pesos, con un margen de maniobra muy complicado, contrastando con su hermano que había gobernado con la manga anchísima.

Para fortuna de Rubén, gobernó durante un año del periodo del panista Felipe Calderón y cinco bajo el gobierno del priista Enrique Peña Nieto, lo que le permitió, aun con la enorme deuda encima, operar el aparato estatal. Habría que ver lo que hubiera sucedido si le toca el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y el brutal recorte de recursos y fondos adicionales que ha implementado el hombre de Tabasco.

Haber gobernado un año bajo el periodo de Felipe Calderón le permitió a Rubén Moreira, aunque hoy, malagradecido, no lo reconozca, limpiar el caos que en materia de seguridad le había heredado Humberto. Todavía en la campaña de Rubén la terrible organización criminal de los “Zetas” estaba apoderada del estado, y solo la ayuda de Calderón permitió iniciar su desmantelamiento, aunque, en su descargo, habrá que reconocer que Rubén puso su parte, obligado inclusive por las circunstancias familiares, pues los criminales habían llegado al extremo de asesinar al hijo de Humberto. Era la guerra y Calderón envió a las fuerzas especiales de marina, que operaron, con el apoyo norteamericano, bajo la consigna de sangre y fuego

A LA SOMBRA DEL HERMANO Y LA MUJER

Humberto era un político carismático, simpático, con cierto atractivo físico y dotado del don de la palabra, no había quien no se sintiera agradado con su trato, lo que ejercía una seducción que pasaba por alto otros problemas muy delicados de su personalidad.

Rubén, por lo menos el que se conoció cuando llegó al poder, ni era carismático, mucho menos simpático, no estaba dotado del don de la palabra y, dicho en términos coloquiales, tenía el carácter muy disparejo; lo mismo amanecía de buenas que de malas, en parte tal vez debido a un grave padecimiento físico que sobrellevaba, pero en gran medida por su propia personalidad. Con frecuencia era prepotente.

Ya siendo gobernador, o no se sabe si antes, el caso es que apareció por Coahuila una mujer llamada Carolina Viggliano Austria, originaria del estado de Hidalgo; una política con muchas ambiciones y un trato que tendía a la arrogancia. Era la nueva esposa de Rubén y la primera dama del estado, pero su presencia en Coahuila era muy relativa, pero comenzaría a jugar un rol muy decisivo en la carrera política de Rubén una vez que dejó la gubernatura.

Rubén termina su gubernatura con un índice de aceptación muy bajo, lo que propicia que el PAN se coloque, por primera vez en su historia, ante la posibilidad de hacerse del gobierno estatal. Fue un verdadero acto de fortuna que Miguel Riquelme Solís lograra ganar la elección con una diferencia mínima de votos, pero Rubén Moreira quedó condenado a nunca más poder contender electoralmente en Coahuila, ni en ninguna otra parte del país.

Ya como exgobernador Rubén se traslada a la ciudad de México y comienza, como lo había hecho su hermano Humberto, a vivir de las rentas políticas de su esposa, quien se coloca inesperadamente como Secretaria General del PRI, junto a Alejandro “Alito” Moreno, en lo que es sin duda el periodo más devastador del viejo partido, del cual, después de los primeros cinco años de AMLO en la presidencia, parecen quedar solo despojos, al sufrir divisiones internas, traiciones y una política de asedio tremendamente pragmática y eficaz de López Obrador, quien se prometió acabar con el PRI antes de terminar su periodo.

Rubén, a la sombra conyugal, se convierte en diputado federal plurinominal, y se integra al grupo de Alejandro Moreno, quien incluso le hace encomiendas como el encargarse de la operación electoral en la elección de Campeche, donde pierden frente a una figura grotesca como Layla Sansores, quien posteriormente se las cobra carísimo, ya instalada en la gubernatura del estado sureño.

Aún así, Rubén participa como “estratega” en la elección donde Carolina Viggliano busca la gubernatura del estado de Hidalgo, que había pretendido por muchos, muchos años. Pero la pierde por una proporción desastrosa de dos contra uno frente al morenista Julio Menchaca, en lo que contó la traición al priismo del gobernador en funciones, Omar Fayad, hoy propuesto para embajador en Noruega por AMLO.

Cargado de odios, Humberto Moreira se sumó a la campaña de Julio Menchaca y, antes de la elección, se ufanó de que el morenista, a quien mencionó como su amigo, ganaría con la proporción de dos a uno, como efectivamente sucedió, haciendo de paso sarcasmo sobre el hecho de que él no escoge a sus nueras, pues solo se responsabilizaba de haber escogido a su esposa. De ese tamaño siguen los odios familiares.

Como coordinador de la bancada priista en la Cámara de Diputados, la figura de Rubén está lejos de haber jugado un papel destacado, su estrategia personal parece ser la de la sobrevivencia política, a partir de los despojos del PRI y, lo que es penoso, de tratar de vivir del hecho extraordinario de que Coahuila se mantiene como el único estado del país donde el PRI mantiene el control político de forma contundente, desafiando a todo el aparato federal que maneja al antojo López Obrador.

Desde que se fue, Rubén Moreira estuvo muy distante del gobierno de Miguel Riquelme Solís, quien, pese a muy grandes limitaciones y a toda la presión que le ha metido el poder central, está entregando un buen gobierno, y deja el poder en manos de Manolo Jiménez, un joven político saltillense que representa ya una generación muy distinta y distante de figuras como los hermanos Moreira.

Rubén, y en general la familia Moreira se perderían por completo de la vida pública si no fuera por la condición de consorte de éste y de su condición de coahuilense.

Hoy, consciente de que no puede presentarse ante el electorado del estado que gobernó, pues perdería de forma escandalosa, pretende una senaduría plurinominal, la cual es muy probable que obtenga y siga ahí, como una figura que estorba y resta más que aportar a un PRI que se debate entre la vida y la muerte en la sala de terapia intensiva, aferrado a lo que pueda recoger de las elecciones de 2024.

La penúltima y “brillante” propuesta legislativa de Rubén ha sido el que se decrete como día de asueto nacional el 12 de diciembre, día de la virgen de Guadalupe, lo cual, siendo una grosería viniendo de un hombre que no debe creer ni en su sombra, muestra el nivel propositivo de este político cuya máxima virtud política es tener a un hermano, con el que hoy tiene una relación de odio, y una esposa que lo sostiene en vilo.

Para la vida política de Coahuila, Rubén Moreira es como un elefante reumático parado en medio de la cocina de la casa: lo mejor que puede hacer es incomodar o, más precisamente, estorbar.

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