El PRI; ¿en proceso de extinción?

El PRI; ¿en proceso de extinción?

Por: Gerardo Lozano

En 1984, la revista Vuelta publicó el ensayo “El PRI: hora cumplida”, escrito por Octavio Paz, Gabriel Zaid y Enrique Krauze, donde profetizaban que el PRI había concluido su periodo histórico y era hora de abrirle paso a la democracia, a un sistema político plural. No había futuro posible para el viejo partido surgido de la revolución de 1910.

Gobernaba un gris y mediocre presidente, Miguel de la Madrid Hurtado, y el PRI no se sentía ya en plenitud de su poder. Su dirigencia pensó que semejante profecía era una exageración, pero las puertas de la decadencia ya estaban abiertas.

En 1987 el ala izquierda del PRI se desprende, para formar el Frente Democrático Nacional, que agrupaba además a tres partidos de izquierda con registro y cerca de 20 organizaciones sociales y políticas.

Era una buena lectura de los tiempos políticos: formar un partido de izquierda democrática, o social democracia, antes de que viniera el derrumbe.

En 1988 Carlos Salinas de Gortari pierde la elección presidencial frente a Cuauhtémoc Cárdenas, por lo que tiene que recurrir al fraude a través del siniestro secretario de Gobernación, Manuel Barttlet. 

En mayo de 1989 Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muños Ledo fundan el Partido de la Revolución Democrática, PRD, el cual parecía una bocanada de aire fresco para el sistema político mexicano, pero desgraciadamente Cuauhtémoc Cárdenas no estuvo a la altura de un movimiento tan prometedor y se obsesionó con ser presidente, acaparando la candidatura hasta en tres elecciones, sin dar oportunidad a gente de nuevas generaciones.

Espoleado por la ilegitimidad, Salinas de Gortari puso empeño en hacer cambios en el sistema económico del país, en la obesa y gigantesca red de empresas paraestatales, y creó un programa de infraestructura y de asistencia muy ambicioso, denominado Solidaridad.

Logró establecer el TLC, vendió muchas de las más importantes empresas paraestatales a través de una red de corrupción con empresarios privados allegados a él y fue implacable con sus enemigos, dentro y fuera del PRI, lo que generó grandes enconos. Pudo designar a su sucesor, pero el candidato es asesinado y en su lugar quedó Ernesto Zedillo, quien gana la elección de 1994.

Zedillo era un hombre que no creía ya en el PRI y en privado se mostraba hastiado del viejo sistema corporativista y corrupto. La muerte de Luis Donaldo Colosio lo había marcado de varias maneras.

Mandó preso a Raúl Salinas de Gortari y Carlos Salinas de Gortari se refugió en Irlanda, un país que no tenía tratado de extradición con México.

En 1997 el PRI pierde la mayoría en el Congreso por primera vez en su historia, y a partir de ahí tiene que concertar con los partidos de la oposición. En esa misma elección, el PRD, con Cuauhtémoc Cárdenas, le gana al PRI el gobierno de la Ciudad de México, que es considerado el centro político del país desde la conquista española.

El año 2000, un año mítico por el cambio de milenio, marca el inicio de la caída del PRI, al perder la elección presidencial frente al panista Vicente Fox. Ernesto Zedillo se encarga de realizar, contra la postura del ala dura del priismo, una “transición de terciopelo” y se desvincula por completo del PRI, radicándose en el extranjero, donde inicia una carrera como alto ejecutivo empresarial.

El llamado de la historia tocaba a las puertas del PRI, pidiendo una refundación del partido, pero no había nadie que pudiera o quisiera encabezar un proceso así. Hubo algunos intentos, pero todos terminaron en nada.

En los dos gobiernos panistas, el PRI siguió siendo la primera minoría en el Congreso y conservó una mayoría de gubernaturas en el país, lo que le seguía manteniendo como una gran fuerza política, con la cual tenía que negociar un insipiente panismo, que no supo estar a la altura de la transformación que necesitaba el país, habiendo tenido tiempo sobrado para ello.

En el periodo de Felipe Calderón (2006-2012), el PRI tuvo una recuperación, tanto en el Congreso (donde estuvo a punto de volver a ser mayoría) como a nivel de los estados, lo que le permitió regresar en 2012 al ganar la elección presidencial de ese año, donde apabulló al gobernante Acción Nacional, ganando en 20 estados de los 32.

Pero esa aparente resurrección se asemejó a la de los enfermos graves, quienes suelen tener una mejoría para despedirse antes de dar el paso final, al menos así parece ser el caso. 

Enrique Peña Nieto inició exultante su periodo, como el político “revelación del año”, inclusive en publicaciones internacionales. Era la imagen del éxito y la entrada a la modernidad que tanto trabajo le ha costado a México.

Para la segunda parte de su sexenio comenzó el derrumbe, hasta convertirse en el presidente mexicano con el más bajo nivel de aprobación (20%) , desde que se iniciaran estas mediciones en los años noventa. 

La elección de 2018 no fue un proceso electoral más sino un hecho histórico. La derrota del PRI fue sencillamente brutal. Lo perdió todo, no sólo por el impresionante empuje del nuevo partido Morena y su candidato, Andrés Manuel López Obrador, sino por la propia traición de Peña Nieto, quien, amargado por su fracaso tan estrepitoso y ante la amenaza del candidato panista, Ricardo Anaya, de meterlo a la cárcel, todo indica que pactó con López Obrador y precipitó al PRI en un despeñadero que parece mortal.

López Obrador ganó 31 de los 32 estados del país, sólo Guanajuato fue la estrella solitaria en ese ciclón electoral. El candidato del PRI, José Antonio Meade, obtuvo apenas el 16% de la votación, siendo el candidato del partido en el poder, en tanto que el inexperto candidato panista, Ricardo Anaya, sólo sumó un 22.26%.

LA DEMOLICIÓN DEL PRI

Muchos gobernadores del propio PRI operaron en favor de Morena, y lo seguirían haciendo en las elecciones de 2021 y 2022. La derrota de 2018 no era un accidente grave sino el desmoronamiento del partido.

La primera consigna de López Obrador como presidente era demoler al PRI antes de terminar su periodo de gobierno, a lo cual se ha dedicado con todos los recursos a su alcance, que son muchísimos y hoy, casi cinco años después, está a punto de lograrlo.

En 2019 llegó a la dirigencia nacional del PRI Alejandro Moreno Cárdenas, “Alito”, exgobernador de Campeche, un joven político de la nueva generación de gobernadores del peñismo, aunque apadrinado por Beatriz Paredes.

Como casi toda su generación, un político corrupto, completamente pragmático, que se apoderó de la estructura del partido, la cual se estaba convirtiendo ya en un esqueleto. Pero el PRI mantenía todavía cerca de la mitad de las gubernaturas del país.

Esa designación fue, según se demostraría en los años siguientes, la culminación del desastre. El partido se dividió aún más, la confusión se volvió más honda y doctrinal, e ideológicamente el PRI se quedó en el limbo: ya no podía redefinirse como de centro-izquierda, como socialdemócrata, como de centro-derecha, ya ni siquiera como “revolucionario”.

La consecución del desastre se comenzó a concretar en las elecciones de 2021, donde de 15 gubernaturas en juego no logró ganar una sola, mientras que Morena se llevó 11, el PAN dos y Movimiento Ciudadano una. Se dejaron escapar inclusive gubernaturas como la de Nuevo León, donde tenían una buena ventaja inicial.

En 2022 se repitió la historia. De seis gubernaturas en juego Morena se llevó cuatro, el PAN una y el PRI solo ganó Durango, pero en coalición con el PAN.

Desde la elección de 2021 varios de los gobernadores priistas jugaron abiertamente en favor de Morena, ya sea a cambio de cargos públicos o de impunidad. En algunos casos fue hasta burda la alianza de estos personajes con el nuevo partido oficial, lo que evidenció que hacía tiempo que el PRI se había convertido en una franquicia que se vendía por millones.

Para terminar de liquidar al PRI, López Obrador lanzó una terrible campaña sucia en contra de Alejandro Moreno, a través de la gobernadora de Campeche, Layla Sansores, donde el dirigente nacional fue desnudado públicamente de una forma cruda, exhibiendo su corrupción, procacidad y vicios personales lo que, ahora sí, terminó con lo que quedaba de la estructura de liderazgos nacionales y regionales.

Arrinconado, Alejandro Moreno no solo renunció, sino que, apoderado de la estructura interna, extendió su periodo hasta finales de 2024, con el propósito de estar en la sucesión presidencial, después de haber trabado una alianza casi imposible con el PAN y el PRD, en la cual ya tiene demasiado poco que ofrecer, pero, en el extravío total, sus pocos allegados afirman que aspira a ser candidato a la presidencia de la república.

En la elección de este 2023, de los dos estados que le quedaban, el PRI perdió Estado de México, que era algo así como la joya de la corona, y se ha quedado sólo con Coahuila y Durango, donde el gobernador Esteban Villegas, arrinconado financieramente e interesado más en su persona y en su reducida camarilla, actúa con un servilismo vergonzoso hacia la presidencia de la república.

Con este escenario, ¿qué puede aportar el PRI a la elección presidencial de 2024?

¿EL 2024 PUEDE SER FATÍDICO?

El PRI, junto con lo muy poco que queda del PRD, decidieron ir en una alianza con el PAN en las últimas elecciones estatales del Estado de México y Coahuila. Ambas gobernadas por el PRI, por lo que tuvo la opción de designar candidatos, pero gobernar en coalición si ganaba, lo que solo ha sucedido en Coahuila.

Para la elección presidencial de 2024 todo indica que Alejandro Moreno Cárdenas tratará de mantener la alianza, pero el peso político real del PRI ha disminuido tanto que tendría que moderar, con mucho, sus condiciones para una alianza tripartidista.

No obstante, sobreviven en el viejo partido algunos grupos y camarillas que se oponen a esta alianza y, proponen, que el PRI debe tener su propio candidato, pero las posibilidades de ir en solitario se perciben sumamente desventajosas, pues podría caer inclusive hasta la cuarta posición y quedar en condiciones parecidas a las del PRD.

Alejandro Moreno mismo no puede aspirar, bajo ninguna circunstancia, a ser candidato a la presidencia de la república, pero la alianza PAN-PRI-PRD no ha dado a conocer una propuesta pública de los motivos y beneficios de ir por la presidencia bajo este esquema, algo que ya es sumamente importante que defina y publicite.

Sería muy pobre y hasta lamentable que el único móvil de la alianza, de concretarse, fuera el anti-morenismo, que seguramente influirá, pero una crítica seria al actual gobierno sólo sería parte de una buena propuesta electoral.

El problema de Alejandro Moreno es que controla gran parte de la estructura del CEN de su partido, pero habría que ver cuánto puede influir en la estructura del priismo que sobrevive dispersa en los estados.

La alianza no se puede equivocar de candidatura, porque en esta estaría concentrado casi todo el voto de oposición del país, con excepción tal vez de Movimiento Ciudadano, que hasta ahora ha insistido en ir en solitario, con su propio candidato.

Sin duda lo más difícil de digerir del priismo que sobrevive es que tendría que aceptar el liderazgo del PAN en la alianza, una posición que jamás siquiera imaginó en el más delirante de sus pronósticos de futuro.

En resumen, para el PRI el 2024 es un año donde se jugará a vida o muerte la existencia misma del partido que dominó la vida política de México por todo el siglo XX.

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