A 40 años de Catedral de Raymond Carver

A 40 años de Catedral de Raymond Carver

Por: Daniel Herrera

El estilo de Carver se ha llamado minimalista. Se dice que elimina todo lo sobrante y deja, con un lenguaje crudo, pero sin ser vulgar, el germen de la existencia en cada uno de sus personajes.

Después de que Raymond Carver obtuviera fama literaria y un control sobre su vida que no tenía antes gracias al alcoholismo, pudo rebelarse contra su editor Gordon Lish.

La relación entre los dos amigos había sido fructífera. Lish le había editado dos libros que lo habían sacado de la oscuridad. Carver estaba agradecido. Consideraba que el trabajo de edición de Lish le había dado la calidad necesaria para publicar sus relatos cortos. Además, el empuje del editor y la fe que tuvo en él lo estimularon para dejar de beber y dedicarse a escribir.

De alguna manera, eran una dupla que funcionó con precisión durante una temporada. Pero luego llegó la fama y Carver pensó que Lish le metía demasiado de su cosecha a sus cuentos.

No se equivocaba. Era un hecho que los cambios introducidos a los cuentos del autor eran tan complejos y grandes que sobrepasaban la labor de edición. Si uno revisa los relatos editados por Lish y los que no tocó, se puede encontrar que, incluso a veces, se están leyendo cuentos distintos, con secciones similares.

Las preocupaciones sobre la edición comenzaron a atacar a Carver. Gracias a eso, cuando terminó Catedral, el siguiente libro, dejó muy claro que ya no tendrían la misma relación. Ahora exigió que Lish hiciera su trabajo de forma limitada. Las correcciones son las esperadas y la mano del editor se mantuvo controlada.

Publicado en 1983, Catedral, el primer libro de Carver por completo escrito por él sin el apoyo de Lish, cumple 40 años.

¿Qué hace especial a este libro además de que con él Carver se libró de la tutoría de Lish?

Pues se puede comenzar por el cuento que da el título. Un cuento que nos habla de cómo aquellos que viven con prejuicios o con odio hacia lo diferente pueden cambiar cuando experimentan el ponerse en los zapatos de los demás. El narrador explica cómo un amigo ciego de su esposa va de visita. Su actitud es abiertamente hostil, no entiende la forma de vida del amigo de su mujer. Su perspectiva, llena de prejuicio, se desmorona. Es un extraño relato sobre las posibilidades de transformarse, de entender a los demás y aceptar las diferencias. Lo más importante, para mí, es que hace todo eso sin cursilería, sin mostrar abiertamente sus deseos, sin evangelizar. Carver es tan sutil y delicado en su construcción narrativa que jamás nos enteramos que en realidad estamos leyendo un cuento sobre la empatía.

Si acaso eso no alcanza, también se encuentra El tren. Una mujer ha obligado a un hombre, a punta de pistola, a disculparse por maltratarla. Cualquier otro autor convertiría eso en la parte medular del cuento, pero Carver hace lo contrario. Ella ya utilizó la violencia para empoderarse y ahora es una mujer que espera, algo nerviosa, en una estación de tren vacía. En algún momento tendrá que llegar un tren. Lo que sigue es una escena que no parece tan importante. La joven termina dentro de la conversación de otros dos personajes que están en la estación. Incluso la inmiscuyen a la fuerza con poca amabilidad. Todo el tiempo, el lector está pensando en que ella tiene una pistola en su bolso que podría usar en cualquier momento. El final, como sucede casi siempre con Carver, es abrupto. Un pequeño fragmento en la vida de unos personajes que se pierden entre el anonimato de cientos de pasajeros de cualquier tren.

Un cuento más, quizá el que me dejó enamorado por siempre de Carver es el que abre el libro. Plumas retrata de forma sosegada y sin concesiones cómo la vida puede cambiar a partir de un momento. Pero estos cambios no son para mejorar, no significan una transformación que enaltece o alimenta a los personajes. En realidad, esa noche, cuando el narrador y su esposa van a cenar a la casa de un amigo, su mujer y su bebé feo, esa noche se convierte en la maldición para el resto de la existencia de los personajes.

No sucede nada radical, no hay acciones violentas, ni siquiera una discusión entre ellos. Sólo es el comienzo de la mierda cayendo a diario, desmoronando la vida y dejando claro que nada va a mejorar, sin importar cuánto esfuerzo hagan.

El estilo de Carver se ha llamado minimalista. Se dice que elimina todo lo sobrante y deja, con un lenguaje crudo, pero sin ser vulgar, el germen de la existencia en cada uno de sus personajes. También se afirma que lo suyo es realismo sucio y que muestra lo más sórdido de la vida humana.

No estoy de acuerdo con las afirmaciones anteriores. Primero, lo minimalista parecía más un agregado de Lish. Segundo, todos los autores se dedican a eliminar lo que sobra, justo esa es la cualidad de la literatura. Tercero, el lenguaje de Carver puede ser parco, pero está perfectamente razonado. Su sequedad consta de una belleza sencilla. Finalmente, lo que hace Carver no es realismo sucio, lo que él hace es escarbar en la vida misma y mostrarnos aquello que casi nunca queremos ver. Su literatura es profundamente humana y el tratamiento que hace de los personajes es amable, casi cálido. El asunto es que cada uno de sus relatos nos cuenta aquellos momentos que no enorgullecen a nadie, lo que se vive cada día y que, con el tiempo, se prefiere olvidar. Ese es el secreto de Carver, que nos habla a lo más profundo que vive en nosotros: nuestra naturaleza humana. |

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