Un sendero de esfuerzo y estudio. O cómo montar una obra de teatro universitaria con actitud profesional

Un sendero de esfuerzo y estudio. O cómo montar una obra de teatro universitaria con actitud profesional

Por: Daniel Herrera

Los cuestionamientos que se hace un artista casi siempre cuando se encuentra en una encrucijada o en un momento de crisis son: “¿para qué todo esto?, ¿para qué seguir creando?, ¿para qué seguir esforzándome? Si antes, otros lo hicieron mucho mejor, más grande, casi perfecto, ¿qué caso tiene que siga intentándolo?”.

La respuesta a esto es redoblar esfuerzos, seguir trabajando y volverlo a intentar. El arte muere cuando el artista renuncia.

Cuando afirmo lo anterior, no me refiero a sólo hacer algo sin una reflexión constante.  Sino a producir tanto desde la teoría como desde la técnica. 

Para lo anterior no encuentro un mejor lugar para la gran mayoría de los aspirantes a artista que el estudio en la universidad. No estoy afirmando que sólo los estudiantes universitarios pueden lograr la combinación entre teoría y práctica, sólo que el ámbito escolar entrega y permite obtener mejores herramientas para llegar allá.

En ese sentido, los alumnos que actualmente cursan el octavo y último semestre de la carrera de Artes Escénicas de la Universidad Autónoma de Coahuila han encontrado ese delicado equilibrio al que me refiero y lo demostraron con el montaje de El sendero de los pasos errantes, obra escrita y dirigida por Sergio Esquer, quien también es profesor de actuación dentro de la Escuela de Artes. 

Aquí comenzaría una justificación porque estoy escribiendo sobre mis estudiantes, pero prefiero contar cómo fue que nos conocimos. Durante el 2020 sucedió algo increíble. Mientras muchas personas tenían problemas laborales gracias a la pandemia, yo conseguí unas clases en la Escuela de Artes. El grupo que está por graduarse fue el primero que vi a través de la pantalla de mi laptop. Tenía un par de años dudando sobre mi compromiso con el aula y la docencia. Me parecía que estaba llegando al fin de una profesión que me había dado satisfacciones y una forma de vivir, pero que ya no me agradaba.

Entonces me conecté con el grupo de forma remota. Volví a sentir ese gusto y amor por una vocación que nunca pensé que sería parte de mi vida. Gracias a esa generación de entusiastas estudiantes comprendí que la docencia y yo seguiríamos juntos durante mucho tiempo más.

Tres años después, me encontraba sentado en la segunda fila, en la última presentación de El sendero de los pasos errantes. Una pequeña emoción recorría mi cuerpo, siempre me sucede cuando un grupo de alumnas y alumnos por quienes siento un cariño especial sale a hacer algo importante. En especial porque fue un grupo que pasó un año entero lejos de las aulas, sufriendo la pandemia de una forma particular. Porque para un estudiante de artes escénicas no hay forma de suplir la experiencia inmediata a través de una pantalla y una cámara. Pude ver cómo, durante su carrera, lucharon una y otra vez por aprender y desarrollar sus habilidades lo más que pudieron. No fue sencillo, pero los resultados con todo ese trabajo fueron más que satisfactorios.

El sendero de los pasos errantes es una obra de teatro que combina el humor con el drama más desgarrador. Cuenta la historia de un grupo de personas que deben dejar su muy pequeña comunidad gracias a la violencia tan común que azota nuestro país desde hace más de diez años. No es una historia sobre el narco, sino sobre las víctimas que deben sobrevivir en un país hecho ruinas. 

Además de una dramaturgia clara y bien estructurada, el montaje del director es dinámico y diferente a lo que normalmente se puede ver en la región. El público estaba sentado a lo largo de lo que podríamos llamar una pasarela, aunque creo que funciona mejor llamarlo un escenario con dos paredes. Esto lo obligaba a observar sólo una parte de lo que sucedía, lo demás tendría que imaginarlo. Este hecho puso en dificultades a un público acostumbrado a la comodidad de la butaca. Esto, que para muchos podría ser un desacierto, para mí fue una idea que ayudó a entender el horror de las poblaciones desplazadas, aquello que apenas podemos entender y permanece oculto. Pero más allá de la escenografía y el escenario, sobre lo que quiero hacer hincapié es en las habilidades de los actores y actrices. 

Cuando pienso en el trabajo que hicieron, la primera palabra que me viene a la mente y que apunté en mi cuaderno es profesionalismo. Si algo pude ver, fueron actuaciones que esperamos de profesionales del teatro. Si estos estudiantes, próximos a graduarse, se presentan así en este momento, creo que estamos ante una camada importante de futuros artistas escénicos de alta calidad. Resolvieron, como si no costara trabajo, transiciones inmediatas manipulando ellos mismos la escenografía, cambios de un personaje y de vestuario a otro en apenas unos segundos, escenas que exigían de ellos un fuerte esfuerzo físico y que hacían sin aparente esfuerzo y un constante ritmo que los obligaba a pasar del drama a la comedia de una escena a otra. El sendero de los pasos errantes no es una obra escolar, no es el resultado de un taller de teatro. Estamos ante un montaje serio, desarrollado con conocimiento y habilidad.

Pienso que la razón de este resultado es justo la universidad misma. El trabajo que realizaron los jóvenes estuvo también respaldado por un equipo de trabajo completo. Desde el asistente de dirección, pasando por la producción, la escenografía y la musicalización, cada área tuvo un encargado. De esta forma, el director y las y los actores se dedicaron a lo suyo.

No faltará quien diga que el mundo fuera de la universidad no es así. Quienes nos dedicamos a la educación lo sabemos bastante bien. Justo la universidad es ese espacio “virtual”, por llamarlo de alguna manera, donde los estudiantes pueden experimentar, equivocarse y comprender cómo debería ser el mundo real, aunque este sea todo lo contrario. Complicarle a un estudiante la existencia de forma mezquina no nos convierte en mejores docentes. Explicarles que esta es una oportunidad única, sí.

Mis estudiantes en este momento están montando otra obra. El sendero… tuvo su temporada y por el momento no sabemos cuándo regrese. La producción de la nueva obra promete el mismo profesionalismo que vimos con su primer trabajo. Los tiempos de esta columna no me permitieron recomendar El sendero… en su momento, pero puedo decir, sin temor a equivocarme, que la siguiente producción que salga de los pasillos de la Escuela de Arte de la UAdeC tendrá la misma calidad. Hay que estar al pendiente.

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