La piratería como revolución

La piratería como revolución

Por: Daniel Herrera

La red, como uno de los medios favoritos de la humanidad, tiene también consecuencias en la forma en que los humanos consumen productos culturales y la posibilidad de tener una identidad específica que homogeniza a los usuarios desde una cultura dominante

Si aceptamos las ideas de Marshall McLuhan como correctas, entonces, una de sus afirmaciones más utilizadas: el medio es el mensaje, sigue funcionando con total tranquilidad en este momento. El asunto es que los medios ya tradicionales se han visto disminuidos conforme un medio, fundamental para la vida actual, parece devorar todo.

La red, como uno de los medios favoritos de la humanidad, tiene también consecuencias en la forma en que los humanos consumen productos culturales y la posibilidad de tener una identidad específica que homogeniza a los usuarios desde una cultura dominante.

Pensar que la irrupción de la red desde hace décadas no cambia al ser humano es, en palabras amables, ingenuo. Más allá, cuando se afirma que el medio es el mensaje, debe entenderse que la red funciona de forma distinta según el dispositivo electrónico que se utilice.

El uso e interacción con la red no es el mismo si se maneja una laptop, una tablet, una televisión o un celular. A pesar de que pareciera que el mensaje es el mismo, en realidad el dispositivo electrónico se comporta como un medio que transforma el significado del mensaje.

Desde esta perspectiva, la red se ha convertido en un lugar habitable sin corporalidad. En donde el usuario existe sin poder ir nunca a casa. La red vive por siempre a donde se mueva el humano, porque la red es la más grande invención cultural que se ha hecho desde la invención de la imprenta.

En este medio incorpóreo y omnisciente, ¿qué ha sucedido con la música? Pues ha ampliado el campo donde se mueve la cultura de masas hasta la incorporeidad.

Este nuevo medio, sólo por existir, cambió el valor de la música. Un ejemplo más de que el medio sí es el mensaje. No es necesario extenderse aquí sobre cómo los cambios tecnológicos en cada cambio de soportes para escuchar música afectaron la perspectiva que tuvo el humano respecto a la música misma. Cabe decir que la aparición del soporte digital, en CD primero y después en archivos comprimidos, crearon una nueva característica que se define por fidelidad y almacenamiento masivo.

El streaming es el último salto tecnológico que ha transformado la forma en que se percibe la música. En el streaming, que nació con una supuesta idea de libertad, se refuerzan ciertos valores musicales homogeneizantes que introducen una identidad cultural muy específica.

El asunto del streaming actual es que la función principal que se le da a la música es la del entretenimiento y diversión. En donde la música es sólo una forma de pasar el momento o moverse en la pista de baile. Los servicios de streaming ignoran todas las demás posibilidades de las funciones de la música por una venta asegurada. Convierten así, una de las artes más importantes de la humanidad, en puro reforzamiento capitalista.

Esta estructura es prácticamente imposible de vencer, sobre todo cuando el escucha que desea enfrentar sus propios gustos contra los que el streaming desea imponer o el algoritmo que tiene misiones de ventas muy específicas.

Imponerse al streaming o al algoritmo es una batalla perdida. El nuevo medio para escuchar música tiene dominado el campo siempre.

Pierre Bourdieu explica en su conferencia sobre la moda: Alta costura y alta cultura, cuál es la mejor forma de escapar a esta homogeneización. Incluido en el libro Sociología y cultura, en tal texto explica que la moda funciona en apariencia como una revolución. Los nuevos diseñadores tienen como consigna desbancar a la vieja guardia. Esta se defiende hasta el final, cuando los nuevos creadores ocupen su lugar privilegiado en el campo de la moda. Bourdieu deja claro que la guerra de modistos se genera en un campo específico y ninguno de ellos desea destruir este lugar. De esta forma el autor explica qué es el campo: “un espacio de juego, un campo de relaciones objetivas entre los individuos o las instituciones que compiten por un juego idéntico.”

Extrapolo esta definición al uso del streaming, donde los individuos utilizan este servicio y es esta la forma de relación con una empresa que se mueve en el libre mercado.

Es poco efectivo discutir por qué ciertos géneros son más promocionados que otros. No lleva a ningún cambio de paradigma enfrentar cantantes o grupos que se dedican a vender su música. Mientras la discusión se encuentre en los límites del streaming nada serio sucederá y las empresas que explotan nuestras necesidades musicales seguirán haciendo lo que están haciendo.

Bourdieu lo expone en su propio ejemplo para determinar las reglas del campo: “para poder entrar en el campo es reconocer qué es lo que se juega y, al mismo tiempo, reconocer los límites que no es posible transgredir so pena de verse excluido del juego. Por consiguiente, de la lucha interna no pueden surgir más que revoluciones parciales, capaces de destruir la jerarquía, pero no el juego en sí.”

Para el autor, la lucha dentro del campo es el motor del mismo. La transformación constante es la pelea por el poder. No hay una revolución cada vez que hay un cambio, sólo una reestructuración.

¿Cómo romper este campo? ¿Cómo destruir esta aparente revolución que es más una lucha de poder que exige del público una creencia mágica en el campo? Bourdieu responde:

…¿qué hacen las chicas que se visten con ropa de segunda mano? Están impugnando el monopolio de la manipulación legítima de ese truco específico que es lo sagrado en materia de costura, igual que los herejes impugnan el monopolio sacerdotal de la lectura legítima. Si la gente se pone a impugnar el monopolio de la lectura legítima, si cualquiera puede leer el Evangelio o hacer vestidos, lo que se destruye es el campo. Por ello la rebelión tiene límites. Las disputas entre escritores siempre tienen como límites el respeto por la literatura.

Como la chica que compra ropa de segunda mano, la discusión musical debe destruir el campo de batalla y sacar al arte de él. No se consigue nada si la música se reproduce de la misma forma una y otra vez.

El campo se ve empequeñecido o pierde su valor cuando la música sucede de otras maneras. Son pocas opciones, la más clara es la música en vivo. En los conciertos, el campo se traslada a otro lugar. No hay forma de escapar, pero el streaming no puede inmiscuirse. Quizá la forma más radical de destruir el campo es la piratería. Una piratería como la que nació cuando a principios de este siglo los usuarios subían y bajaban discos completos a la nube y las grandes compañías no podían desaparecer tantos intentos por distribuir de forma gratuita la música.

Esa etapa de la red, cuando parecía que de verdad se iba a subvertir el orden establecido.

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