Ocho millones por hacer arte

Ocho millones por hacer arte

Por: Daniel Herrera

En el documental de Netflix Untold: Johnny Football, podemos ver la historia del jugador Johnny Manziel quien, convertido en una absoluta sensación en el futbol americano colegial, lleva a su equipo a la victoria y permite que la universidad donde estudia, la Texas A & M, reciba millones y millones de dólares mientras él sólo veía pasar el dinero sin poder siquiera olerlo. 

Luego, después de algunos tropiezos y con un gusto por una vida disipada, Manziel consigue ingresar a la NFL y comenzar su vida profesional con un contrato de ocho millones y medio de dólares. 

Hay que decirlo de nuevo, Johnny Manziel a sus 22 años, consigue un contrato que le daría millones de dólares por jugar en los Browns de Cleveland. Poco tiempo pasó antes de que su vida se descarrilara porque descubrió que jugar profesionalmente no le daba felicidad ni encontraba un sentido. Luego de fracasar en varios partidos y verse degradado dentro del equipo, Manziel decide renunciar y se dedica con gran ahínco a la autodestrucción. Pasó del alcohol a la cocaína y la oxicodona, hasta un intento de suicidio además de pisar varias veces las clínicas de rehabilitación y, finalmente, un diagnóstico de bipolaridad.

El documental no dura mucho y podemos ver un final feliz para Manziel y su familia. Aunque no tanto para su cartera y sus sueños millonarios. Eso sí, lo que vemos es una vida burguesa despreocupada. Casas gigantes, patios de pasto perfecto, juegos de golf y grandes propiedades dedicadas sólo para unas cuantas de personas.  Un joven ex jugador que ya no tiene que hacer mucho por el resto de sus días, tal vez preocuparse por tomar sus medicinas y nada más. 

La vida estadounidense soñada, tan vacua y consumidora pero tan atractiva al mismo tiempo. No importa que sea uno de los países más contaminantes del mundo, ni que el estilo de vida de millones de sus habitantes consuma muchos más recursos que los habitantes de casi cualquier país del mundo. Al final, la historia de personajes que enfrentaron la desgracia y salieron avante y con un bolsillo abultado termina enamorando al público.

Criticar esto convierte al crítico en un amargado, pero es imposible no observarlo. La obsesión por admirar los sistemas que ganan millones se convirtió en parte de la cultura popular. 

El asunto es cuando alguien se dedica a una actividad que nunca lo llevará a ese estilo de vida. Por ejemplo, los artistas. 

Imagino a un escritor con contratos de diez millones de dólares. No estoy diciendo que no existan, supongo que sí, estoy diciendo que son una minoría de la minoría. Asumo que la mayoría viven en Estados Unidos. Es mucho más probable encontrar deportistas con millones en sus cuentas que escritores, músicos, actores o bailarines.

Imagino, ¿qué hace un escritor con esa cantidad a su disposición? Seamos sinceros. ¿Seguiría escribiendo? ¿Sentirá la misma urgencia cuando su vida está resuelta para siempre? ¿Cuánto esfuerzo necesitan hacer los editores de autores millonarios para que entreguen el siguiente libro? 

Es más común encontrar millonarios en la música. Pero la gran, gran mayoría de los músicos no pueden parar de trabajar. Después, nos enteramos de los contratos leoninos que hacen las compañías discográficas con los compositores. Resulta que ganan millones, pero también los deben. 

O están los que quisieran hacer otro tipo de música, pero deben adaptarse a los gustos que la industria va marcando. Así, quienes en el fondo aman el rock pueden terminar haciendo reguetón o banda. La necesidad por seguir rodando en un mercado salvaje los lleva a lugares que a lo mejor no pensaron que llegarían. La minoría de la minoría, insisto.

Y con estas palabras no hay en mí un asunto de envidia. Tengo bien instalado en mi cerebro que mi vida como escritor será siempre la de alguien trabajando sin parar hasta el último día. Nunca tuve muchos sueños de vida millonaria. He asumido que mi cuenta bancaria será la de cualquier mexicano clasemediero jodido. El sólo tener la oportunidad de dedicarme al arte y ganarme así la vida ya me parece un milagro.  

Mi pregunta es si la gran mayoría de los artistas de verdad piensan en llegar a la riqueza. O es esta constante necesidad por ganarse la vida uno de los motores para crear arte. Me inclino por lo segundo. Lo primero es un sueño guajiro. La realidad es que, incluso quienes viven del arte en este país, casi siempre tienen las mismas complicaciones económicas que quienes viven de otros oficios. Y me atrevo a decir que lo mismo sucede en otros países. Esto sirve para regresar de golpe a la realidad y entender que hacer arte es una labor como cualquier otra e igual de importante que la de quien recoge la basura. 

La vida diaria, con todas sus complicaciones que se interponen en el camino de la creación, es, paradójicamente, la misma que empuja al artista a crear. Pagar la renta, la comida, el internet, las necesidades de los hijos, los gustos y adicciones, eso y todo lo demás, obligan al artista a seguir intentándolo. A buscar una forma de sobrevivir en un mundo que aprecia el arte pero no le gusta pagar por él.

¿Qué haría yo con un contrato de ocho millones de dólares? No tengo idea. Ni siquiera puedo imaginarlo. Supongo que hundirme en una vorágine de autodestrucción. Digamos que lo mejor que me puede pasar y lo peor, al mismo tiempo, es ser un artista que tiene que ganarse la vida todos los días.

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