Ciudad de guetos

La simulación social de la urbanización gregaria

Por: Álvaro González

Me han invitado a una fiesta. El festejo se llevará a cabo en el jardín de la casa de los padres de la amistad que me invitó en el fraccionamiento Las Villas.

Es sábado y son apenas las siete de la noche. Al llegar al fraccionamiento me encuentro con la caseta de ingreso. Desde el interior de una cabina, a través de una bocina y con vayas de por medio, un guardia de seguridad me pide que coloque mi credencial del INE sobre un visor electrónico, por el frente y por el revés.

Ya con los datos, me sujeta a un interrogatorio sobre el motivo de mi visita, la persona a la que visito y la dirección de su casa. Tengo que recurrir a la invitación para ver el nombre de la cerrada y el número de la casa.

Pasado el trámite de inspección ingreso al fraccionamiento, pero me encuentro con un pequeño boulevard y bardas, muchas bardas a los lados. Cada cierto espacio hay un gran portón, tan alto como las bardas, a un lado del cual aparece el nombre de la privada. Giro a la derecha, giro a la izquierda y finalmente estoy frente a la privada, pero ahora me piden una clave digital para poder entrar a la privada, por lo cual tengo que llamar por teléfono a mi amiga para que me la proporcione.

Tardo unos minutos y finalmente doy la contraseña y el enorme portón de la cerrada se abre. El lugar es agradable, por lo bien cuidado de la jardinería y las residencias que componen la cerrada, algunas de ellas, por las dimensiones que tienen, deben haberle costado a sus dueños muchos millones de pesos, ¿pero por qué semejante sistema de seguridad y este diseño de guetos acordonados por muros de cuatro o más metros de altura, impenetrables?

Durante el transcurso del festejo le pregunto a la dueña de la residencia, que tiene un hermoso jardín de no menos de 250 metros con un enorme nogal en un costado, sobre el porqué de semejante sistema de seguridad. Sólo atina a contestarme: “Porque se vive con más privacidad y seguridad, puedes dejar tu casa sola y sabes que está segura”. Evito preguntarle sobre la convivencia social y otras cosas que me vienen a la cabeza, pero me doy cuenta de que no le interesan en lo absoluto.

Éste es un mundo aparte, donde todo es bonito y no existe ni tan siquiera el vecino. Digamos que es un mundo medieval, intramuros, literalmente amurallado y con guardias vigilando las puertas, a donde los “extraños” no pueden ingresar. Pudiera ser más cerrado aún que una edificación del bajo medievo, porque tiene dos filtros de seguridad, sólo faltaría poner un foso de agua alrededor, porque el doble muro ya está.

 

UNA CIUDAD DE GUETOS

Cuando se hizo el trazo original de Torreón, el arquitecto proyectó una cuadrícula perfecta, de calles amplísimas, para los estándares de la época y no se diga de los siglos anteriores, con banquetas de hasta tres metros de anchas.

Se construyó un transporte eficiente y ecológico, cuando eso de la ecología no había aparecido aún, un tranvía eléctrico que tenía una ruta también muy bien trazada, de tal manera que no era necesario emplear automóvil, ni caballo, ni burro para ir de un punto a otro de la ciudad. En el Archivo Municipal de Torreón se conservan los planos de este interesante transporte que, en un arranque de “modernidad”, fue eliminado por algún estúpido con poder.

Las primeras colonias residenciales, construidas para la gente rica o al menos más próspera de la ciudad, se diseñaron con un concepto de espacios abiertos y generosos, para que las casas lucieran, estilo americano, y el tránsito y la convivencia fuera sumamente fluida. Torreón Jardín, por ejemplo, sigue siendo considera hoy como una colonia modelo de lo que fue un gran diseño urbano.

Hoy las cosas han dado un giro radical: la gente rica y la clase media ha sido persuadida de vivir en fraccionamientos tipo gueto, rodeados por una gran barda y con casetas de vigilancia. Toda la movilidad está fincada en el automóvil y han dejado de existir los barrios o colonias, para dar paso a cerradas, al interior de las cuales existen espacios verdes pequeños dispuestos de acuerdo a la conveniencia de explotación del suelo del fraccionador, por lo que el área verde de una cerrada se puede dividir en dos o hasta en tres jardines, muchas veces de dimensiones muy pequeñas para ser públicos. El trazo urbano es una calle circundante y tres o cuatro pequeñas para completar todo el conjunto.

ROMPIENDO EL TRAZO URBANO

Poco a poco se han ido formando grandes conjuntos urbanos, que tienen una forma de panales donde a lo largo de un solo boulevard, que tampoco es de grandes dimensiones, se van sumando cerradas, hasta formar todo un conjunto urbano, donde se pierde por completo el trazo abierto, donde no hay plazas y jardines públicos de dimensiones adecuadas; no hay transporte público que recorra estos sectores, no hay iglesias, por lo menos no en espacios amplios y, lo más importante, no existe una convivencia social ni un acceso abierto a cualquier ciudadano. El municipio, en la práctica, deja de ser propietario de las calles, aunque sí esté obligado a proporcionar el servicio de agua y limpieza.

Hay dos conjuntos particularmente grandes: el que se denomina Senderos y el que forman en área Viñedos y Palmas; el primero sobre la carretera Torreón-San Pedro y el segundo sobre el periférico Raúl López.

En cada uno de ellos se han ido sumando cerradas hasta formar un conglomerado bastante grande, pero en todo el sector nororiente de la ciudad se ubican casi todas las nuevas colonias en forma de gueto. La tendencia es tal que ya no existe ninguna oferta de suelo urbano y de vivienda para clase media y alta que no esté en forma de gueto.

Todo esto es anterior al problema de la seguridad y es, lamentablemente, una tendencia nacional de urbanización.

Los motivos reales son la oferta de privacidad y de “exclusividad”, pero conlleva la exclusión del extraño; de quien no vive en el gueto, porque finalmente para realizar sus actividades extra domésticas, los habitantes del gueto tienen que salir y ahí estarían expuestos a la inseguridad, pero además el nivel de los guardias y los dispositivos de seguridad en los accesos no son ningún impedimento para el crimen organizado.

El año pasado, un comando llegó hasta uno de estos fraccionamientos cerrados; dos sicarios amagaron a los guardias, quienes no pueden portar armas y no tienen ningún tipo de capacitación. Dos sicarios más, a bordo de uno de los dos vehículos, ingresó y se dirigió hasta una de las casas, donde liquidó a un hombre que buscaban, quien estaba solo de visita en la ciudad. No pudo escapar, pues en la única salida le esperaban los otros dos sicarios. Por temor, los dos guardias prefirieron renunciar antes que presentarse a dar declaraciones ante el ministerio público.

En lo que a la larga se vuelve muy incómodo, todos los vecinos tienen que pagar una cuota, mediante la cual se paga la vigilancia y el mantenimiento de los jardines, lo que obliga además a formar una directiva y a poner un reglamento, así que vivir en un coto cerrado tiene un costo adicional, pero además le resta algunas libertades a los habitantes del mismo, además de quitarles ciertas formas de privacidad porque quedan registrados los datos de cada persona que les visita.

Para un adolescente la convivencia libre, la práctica del deporte y el paseo es imposible dentro del coto, por lo que obligadamente tiene que buscar espacios afuera. Si organizan un festejo no pueden hacer demasiado ruido y terminar a ciertas horas, lo que también les lleva obligadamente a salir y buscar otros espacios.

Es de lo más común ver pegados en las puertas de los cotos la lista de los vecinos morosos que están atrasados en sus cuotas de mantenimiento. Un escándalo marital que incluya gritería y todas esas cosas que se vuelven obligadas, pasa a ser del dominio de todo el coto.

Lo más delicado es que la planeación urbana se rompe. Esto se convierte en un abigarramiento de viviendas formadas en guetos o cotos de 300, 500, 250 casas cada uno, a donde no se puede ingresar si no se vive ahí.

La planeación urbana de Torreón dio un giro radical a partir de la aparición de este concepto de gueto o coto privado en el que hoy todo el crecimiento urbano y la oferta de tierra y vivienda está fincado.

Por la forma en que se ha dado este crecimiento, ya existen serios problemas de movilidad, de desarrollo de espacios públicos y de equipamiento, pero la tendencia lejos de modificarse tiende a venderse aún más.

En los casos mencionados de Senderos y Viñedos-Las Palmas, en lugar de 20 cotos o cerradas se pudieron construir dos colonias en cada uno de ellos, rompiendo ese concepto y abriendo los espacios, las vialidades y dotándole de un equipamiento urbano mucho más adecuado para el deporte, la convivencia social y otras prácticas de recreación y actividades sociales, además de conectar el servicio de transporte público para bajar el uso intensivo del automóvil, pero se prefirió el negocio y los gobiernos municipales lo han permitido.

En vísperas de que se cumpla el anuncio municipal de retirar las rejas que obstaculizan el tránsito libre por la colonia Campestre de Torreón, y a la expectativa de que esto se implemente en tantas otras colonias que se atrincheraron en calles públicas principalmente desde la inseguridad del calderonato y la permisividad clasista del gobierno de Eduardo Olmos, es necesario revisar minuciosamente lo siguiente: al eliminar las calles y bulevares, además de las áreas verdes públicas que por ley deben ser mantenidas por el municipio, las constructoras pueden explotar comercialmente al máximo el suelo urbano con estos guetos, pero hasta ahora nadie ha cuestionado en forma todos los aspectos sociales y legales que implica este modelo de urbanización elitista y gregaria; en Torreón, todo indica que comenzó a principio de los años ochenta con un pequeño fraccionamiento cerrado y lujoso denominado San Luciano, propiedad de una familia de políticos.

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