El PRI tendrá que apostar a vida o muerte

El PRI tendrá que apostar a vida o muerte

Por: Álvaro González

El año más desastroso en la historia del PRI ha sido 2018, pero los años que vienen podrían significar literalmente su desaparición, no sólo como el partido político más importante en la historia del país, sino como uno de los tres partidos que se distribuyen el poder federal, estatal y municipal, relegándole, en el mejor de los casos, a un partido marginal.

A partir del primero de diciembre, que asume la presidencia de la república Andrés Manuel López Obrador, el PRI estará jugando políticamente a vida o muerte. Si no emprende una profunda reforma y diseña una estrategia muy inteligente, cuando concluya el sexenio que inicia es muy probable que el partido haya desaparecido.

Esto no es una especulación: muchos grandes partidos han desaparecido en democracias desarrolladas para dar paso a fenómenos como el que vivimos con Morena. Es el caso de Emmanuel Macron, quien apenas en abril de 2016 fundó el partido La République en marche, de tan solo 39 años, contra todos los pronósticos venció a lo que podríamos considerar como el viejo sistema, para convertirse en el presidente más joven de Francia desde Napoleón III.

Desde 2016 el PRI se viene derrumbando en todos los procesos electorales, pero el derrumbe se volvió catastrófico en este año.

De 204 diputados en la anterior legislatura federal pasó a tan solo 47; de 55 senadores cayó a 14 y con fuerte riesgo de deserciones.

De las gubernaturas en disputa no ganó una sola, por lo que hoy gobierna en sólo 12 estados, pero 7 renovarán gubernatura en tres años, lo que coincidirá con las elecciones intermedias, en las que se renovará la Cámara de Diputados.

De esas 12 gubernaturas casi la mitad tendrán fuerte problemas, debido a que Morena ganó el control de los congresos locales.

El derrumbe de hecho se venía dando desde 2006, cuando el PRI quedó en la tercera posición electoral en el proceso presidencial con tan solo el 22.22% de los votos; pero en 2018, con un muy mal candidato, se fue nuevamente a la tercera posición, sólo que ahora con apenas un 16.4% de la votación global, lo que representa únicamente el 8% aproximado del padrón electoral de todo el país.

Debido a lo anterior, el PRI ha perdido el 50% de sus prerrogativas para 2019, pasando de mil 689 millones de pesos a 720 millones para operar toda su estructura, pero la intención de AMLO es reducir un 50% de las prerrogativas de los partidos para los años siguientes, lo que, de concretarse, le dejaría con un mínimo de recursos.

El gobierno y la figura de Enrique Peña Nieto, quien ganara con cierta solvencia la elección de 2012, devastaron la imagen del PRI entre casi todos los estratos de la sociedad mexicana, pero para la elección de 2018 Peña Nieto cometió graves errores, que le costaron el que Morena se hiciera con la mayoría en las dos cámaras del poder legislativo, dejando sin contrapesos al nuevo presidente, lo que puede convertirse en una pesadilla para el país.

El gobierno peñista no sólo transfirió su impopularidad al PRI sino que operó en contra del PAN, para tratar de salvar a un candidato insalvable, con lo cual la oposición, en general, se encuentra en una posición de gran desventaja.

Hoy el problema es que el PRI no sólo depende de sus propias decisiones y de sus pocas opciones, sino que el nuevo partido emergente Morena se ha fijado como propósito convertirse en un partido hegemónico, como lo fue el mismo PRI gran parte del siglo pasado.

La estrategia para desplazar al PRI y al PAN de las gubernaturas y alcaldías ya está en camino, con una política centralista, que, en la práctica, tratará de pasar por alto el federalismo y el amplio margen de decisión que tuvieron los gobiernos estatales durante los periodos panistas.

La próxima cita será en cada elección por la renovación de gubernaturas, donde Morena, con todos los recursos federales a su disposición y con una estrategia semejante a la que aplicó en 2018, buscará apoderarse gradualmente de la mayoría de los gobiernos estatales, pues su proyecto no es de un sexenio sino de toda una época.

¿Desaparecerá el partido político que determinó el siglo XX mexicano?

¿QUÉ PUEDE HACER EL PRI?

En el 2006 muchos analistas calificados pronosticaron la caída definitiva del PRI, pero el viejo partido estaba de vuelta pleno de vitalidad en 2012 y así comenzó exitosamente un nuevo gobierno, pero luego, el que puede considerarse como el más impopular presidente que haya tenido el país en su historia moderna, mandó al bote de la basura el resurgimiento de su partido e irritó a casi toda la sociedad mexicana.

Hoy termina con miedo, acorralado, bajo sospecha de traición a su propio partido, denostado, incapaz de defender hasta los más importantes de sus proyectos, algunos de los cuales son válidos y estratégicos, como el tiempo lo demostrará, pero no deja libre al PRI, sino que lo liga a su penosa caída hasta el último día de su mandato.

Ahora que el PRI se va, viene un periodo de gran incertidumbre. Lo más importante para ellos será cuestionarse quién puede conducir al partido hacia una refundación.

Haciendo el recuento de los daños, su único poder real radica en las 12 gubernaturas que conserva y los estados, donde perdiendo, conserva una presencia importante, que son demasiado pocos.

Entre esos 12 gobernadores el más importante es el de Estado de México, Alfredo del Mazo, pero es parte del llamado Grupo Atlacomulco y primo de Enrique Peña Nieto, lo que complica bastante el que pueda representar un nuevo liderazgo al interior del priismo nacional, aunque dicho grupo conserva un gran poder económico y una norme red de relaciones en lo que hoy se da en llamar “el círculo rojo”.

Del gabinete de Peña Nieto pueden mantenerse dentro del medio político sólo Ildefonso Guajardo (Economía), Enrique de la Madrid (Turismo), Alfonso Navarrete Prida (Gobernación) y José Narro Robles (Salud), el resto desaparecerá o no puede presentarse como una figura de liderazgo.

Los viejos clanes, que son casi figuras de capos de la política, como Manlio Favio Beltrones o Emilio Gamboa Padrón, pueden ayudar a tratar de conformar una alianza interna, pero el problema es si tienen la capacidad de cambio y si están dispuestos a ceder ante figuras jóvenes y a una revisión drástica del partido.

El tiempo correrá en contra del priismo: sólo tienen como máximo dos años y medio para reposicionarse o perderse frente a la ofensiva de Morena.

Caben no obstante dos posibilidades en este medio tremendamente impredecible de la política. La primera de ellas es el desempeño y la unidad de Morena y, la segunda, que el PAN no logre reconfigurarse como una oposición exitosa de centro-derecha frente al gobierno de AMLO.

Puede suceder, pues existe los elementos para ello, que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no cumpla las expectativas de una parte importante de quienes le dieron su voto y, al mismo tiempo, que genere oposición entre quienes no acudieron a votar, que son alrededor de 30 millones de ciudadanos.

Puede suceder también que la conformación de Morena, que es un movimiento, no un partido estructurado, compuesto por personajes venidos de los más diversos lugares de la geografía ideológica del país, propicie rompimientos y divisiones internas en la lucha por posiciones de poder o en desacuerdo de las políticas y acciones del gobierno de AMLO. Ambas cosas son posibles si se parte de cómo se ha dado el inicio del nuevo gobierno.

El PAN tiene serios problemas internos de división, tampoco está iniciando el nuevo sexenio desde una posición sólida y mucho menos se perfila, por lo menos hoy, como una oposición inteligente y serena ante un gobierno de las características que está planteando el nuevo presidente, sin embargo alguien debe desempeñar el quehacer de oposición y de contrapeso, que hoy ha quedado únicamente en las manos de una parte de la prensa, de las organizaciones de la sociedad civil y de ciertos poderes fácticos, entre ellos el empresariado, que está lleno de incertidumbre y actuará cuando se perfilen de manera más contundente las tendencias del morenismo, aunque ya parece haber suficientes signos en el escenario.

 

LOS GOBERNADORES

Presionados a nivel interno por sus oposiciones y a nivel externo por el nuevo gobierno federal, los 12 gobernadores de origen priista tienen situaciones muy diversas en sus estados.

Hay estados donde el margen de maniobra de los gobernantes estatales es mínimo, ya sea que sean de extracción panista o priista, pero hay otros que tienen margen de maniobra y pueden llevar a cabo sus mandatos, más tomando en cuenta que algunos sólo tienen un año en el cargo y les restan cinco, casi todo el nuevo sexenio.

En estados como Durango, el gobernador panista José Rosas Aispuro, quien realmente es un priista de oportunidad panista, tiene un margen de maniobra mínimo, pues ya Morena se hizo del Congreso local y en 2019 podría hacerse de la mayoría de los gobiernos municipales.

El PRI sólo tiene en Durango la posibilidad de conservar los gobiernos municipales de Gómez Palacio y Lerdo; si los pierde, estará a un paso de la desaparición, pues este año perdió casi todo, salvo una solitaria y penosa diputación local.

En Coahuila el PRI ganó apenas el año pasado la gubernatura, mantiene la capital del estado y, de facto, logra mantener con algunas alianzas la mayoría del Congreso local, frente a una fuerte oposición panista y sus aliados, pero este año perdió todos los gobiernos municipales de La Laguna, los más importantes del centro del estado y también de la región norte.

Dentro de un año y medio se dará la elección para renovar el Congreso local, en lo que se avizora como un desafió estratégico, pero a diferencia de otros estados, la disputa será a tercios entre el PAN, Morena y el PRI. Tanto Morena como el PAN quieren ser mayoría, pero será muy difícil que lo puedan lograr.

El problema más fuerte de imagen del PRI en Coahuila es la muy mala percepción que tiene la mayor parte de la sociedad coahuilense sobre la familia Moreira Valdés. El ex gobernador Humberto Moreira no termina de dar escándalos y es muy probable que enfrente nuevos procesos judiciales, mientras que Rubén Moreira, quien se convirtió en diputado federal por la vía plurinominal e insiste en seguir activo en la política, terminó su periodo con una aprobación de apenas un 3.2 por ciento en La Laguna, e incluso menos en otras regiones.

De una u otra forma el PRI sigue vigente en Coahuila y depende de sus propias acciones como gobierno, una posibilidad que no tienen muchos otros gobernadores.

Cualquiera que sea el escenario que se presente la apuesta del PRI es políticamente extrema:  juega a vida o muerte.

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