Gómez Palacio promueve casinos, un negocio nocivo

Gómez Palacio promueve casinos, un negocio nocivo

Por: Eugenia Rodríguez

La línea entre el fraude y el negocio de diversión es delgadísima en un casino, que además es un negocio sumamente útil para el lavado de dinero, añadiéndole las enormes ganancias que se puede llevar de los jugadores.

Coahuila prohibió el negocio de los casinos de apuestas por considerar que eran una fuente de financiamiento para las organizaciones del crimen, además de que eran un negocio nocivo para la población, pero en Gómez Palacio acaban de abrir uno nuevo, con lo cual ya son dos en funcionamiento, justo antes que la Cámara de Diputados cancelara la apertura de nuevos casinos, por las mismas razones que en Coahuila fueron clausurados.

El nuevo casino de Gómez Palacio, ubicado en terrenos muy próximos a Torreón, es, en apariencia, un negocio que pertenece al sobrino de la actual alcaldesa, Leticia Herrera Ale.

Los casinos han sido desarrollados, por lo menos en los Estados Unidos, por las organizaciones de la mafia, y, algo muy pernicioso, como una canonjía para algunas tribus de indígenas nativos norteamericanos, que les compensan de esta manera un poco de todo lo que les han despojado, es el caso del casino de Eagle Pass, Texas.

En estados como el vecino Nuevo León, ocurrió un hecho gravísimo en uno de los casinos, donde un grupo de sicarios rivales del propietario prendieron fuego a las instalaciones, provocando la muerte de más de 50 personas de una forma horrible.

Pero lejos de cancelar los casinos, cuyos nexos de muchos de ellos con el mundo criminal eran evidentes, los convirtieron en una fuente de ingresos públicos, cobrándoles un impuesto especial, que los casinos le repercuten a su clientela. Lo mismo sucede en el estado de Durango.

Socialmente los casinos pueden considerarse como negocios de entretenimiento nocivos, pues están diseñados para obtener excelentes ganancias a partir de un sistema que tiene mucho de perverso, si se le analiza desde el punto de vista psicológico y de la lógica que está detrás de su modelo de funcionamiento, el cual incluye un sofisticado diseño de máquinas “tragamonedas” o alcancías electrónicas, que no son otra cosa que computadoras programadas para sacarle todo el dinero posible al jugador o cliente, manipulándolo mentalmente.

La manipulación del estímulo

Los casinos se ofrecen como centros de diversión, donde puedes  poner a prueba tu suerte y ganar dinero de una manera fácil, pero no cualquier dinero sino mucho dinero.

De fondo las máquinas están diseñadas bajo una teoría psicológica de la manipulación del estímulo en la conducta de las personas; algo muy similar a la teoría de Iván Pavlov sobre el condicionamiento del estímulo.

Esto se ha sofisticado con el desarrollo de la electrónica y lo hará aún más con la inteligencia artificial.

Las máquinas tragamonedas eran anteriormente mucho más simples, pero hoy la computación las ha sofisticado y hace más fácil la manipulación del jugador, que tiene la idea ingenua de ese intangible que es la suerte; algo por sí mismo indefinible y misterioso.

La realidad es más lógica. La máquina está diseñada con figuras, colores, ruidos y formas que la hacen cada vez más atractiva. Los ingenieros diseñan máquinas cada vez más espectaculares a la vista, pero el diseño del sistema es bastante parecido de unas a otras.

El jugador oprime un botón, conforme a la cantidad de dinero que desea apostar, lo que hace girar una serie de rodillos, ahora virtuales, que forman una serie de combinaciones, las cuales están previamente diseñadas, pero son tantas que el jugador piensa que cada jugada es distinta.

La máquina ofrece, siempre colocado en la parte alta, hasta cuatro premios, que van desde cantidades más o menos chicas, como “mini”, “minor”, cantidades ya grandes, que se denominan “mayor”, o muy grandes que llegan hasta el “gran” o “acumulado”, que suele ser una cantidad superior a los 100 mil pesos.

Como el propósito es captar la atracción del jugador, la máquina le está dando constantemente pequeños premios, cada cuatro, cinco o más jugadas, las cuales pueden comerse el dinero que ha sido depositado a través de una tarjeta electrónica, pero entonces hace su juego la manipulación.

Las máquinas suelen tener dos o tres atracciones para ganar, como son “juegos gratis”, “bonus” o tablas de selección de figuras al azar. Para obtener cualquiera de ellas se requiere la aparición de tres o seis figuras semejantes. El sistema hace que cada tiempo la máquina haga el simulacro de que “ya van a caer”, al mostrar dos de las tres o cuatro y cinco de las seis, exhibiendo inclusive cantidades muy atractivas, lo que hace que el jugador tenga secreciones estimulantes, e inclusive golpee con los dedos o sobe la pantalla de la máquina para que se complete la atracción.

Otro recurso es hacer aparecer figuras con cantidades que suben a una esfera luminosa que hace el simulacro de que se está llenando y, de pronto, va a “explotar” dando la atracción, pero esto puede no sucederle nunca al jugador y tiene que apostar por un buen tiempo cada vez más dinero hasta que finalmente sucede, y entonces gana una cierta cantidad de dinero. Todo va acompañado de ruidos, gritos, luces, que hacen el efecto de estimular más las secreciones de adrenalina del jugador.

Si se apuesta más, las posibilidades de ganar premios más grandes suben. La apuesta puede ir desde tres pesos hasta 100 o 200 pesos por cada vez que se aprieta el botón, por lo que un jugador puede perder cantidades de miles de pesos en tan solo una o dos horas de juego.

¿Qué determina que la máquina dé o no dinero? Es un sistema de acumulación simple. Cuando el sistema ha captado una cierta cantidad de dinero, como una alcancía electrónica, entonces “suelta” algunos premios, por lo que todo lo que se llama suerte consiste a quién le tocan esos premios y quienes tienen que ponerle a la alcancía perdiendo su dinero. En promedio uno de cada diez jugadores gana algo de dinero, todos los demás pierden desde cantidades que se pueden cuantificar en cientos de pesos, pero también en miles.

Paradójicamente, para un jugador puede ser tan malo ganar como perder. Si va perdiendo se estimula con la idea de “ahorita me voy a recuperar”, pero si gana se pone eufórico y juega cada vez más, con la idea de aumentar sus ganancias, lo que con gran frecuencia le lleva a perder lo que ya había ganado.

Mientras tanto el casino no para de ganar dinero las 24 horas del día.

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Corrupción, lavado de dinero, ludopatía

La línea entre el fraude y el negocio de diversión es delgadísima en un casino, que además es un negocio sumamente útil para el lavado de dinero, añadiéndole las enormes ganancias que se puede llevar de los jugadores.

Lo penoso es que los casinos suelen estar llenos de personas ya mayores y la mayoría de la clientela son mujeres, que transmiten una impresión de ser gente muy sola, con muchos vacíos existenciales o mucha ociosidad, que busca entretenerse un poco o generar adrenalina, pero siempre está en soledad frente a una máquina sumamente luminosa que le está manipulando.

Casinos como el Firenze, que venía operando en solitario en Gómez Palacio desde hacía años, es, literalmente, una cueva, al improvisar el uso de la construcción. Tiene tres secciones, una libre de humo de tabaco, pero dos que, además de esa impresión de encierro y de cueva, permiten fumar, lo que crea un ambiente muy tóxico. No es tan siquiera un casino al que se le gastó en instalaciones amplias, cómodas y con ciertos servicios. Todo está apretado y es bastante dudoso que cumpla las especificaciones de seguridad que exige Protección Civil, por lo cual su funcionamiento no se explica sin una gran corrupción gubernamental o intereses que no se explican.

El nuevo casino, llamado Paris, ha sido recientemente construido e inaugurado, pero no es la gran cosa como instalación y servicios. Se percibe que la intención es sacar el mayor dinero posible con la menor inversión posible. Se permite fumar en todo el espacio, lo que violentaría las disposiciones legales en la materia, sí esto realmente es así.

Para colmo de estos negocios perniciosos, que no dejan ningún beneficio social tangible y si un atraco disfrazado de diversión, está el problema de la ludopatía o la llamada enfermedad del juego, cuando una persona, con tendencia obsesiva compulsiva, un trastorno de la personalidad cada vez más frecuente, lo traslada al juego, convirtiéndolo en una adicción que no puede dejar, lo que causa serios problemas, como el despilfarro de toda su economía y la distorsión de su comportamiento.

La ludopatía no tiene nada que ver con el nivel de inteligencia, de educación formal, de posición socioeconómica, sino con un trastorno de la personalidad, lo cual la hace tan riesgosa y los casinos están llenos de ludópatas: gentes que juegan a diario, que pueden dilapidar las ganancias de un negocio o empresa, lo mismo que un modesto sueldo ganado con mucho esfuerzo cada semana o quincena, o hasta la famosa pensión del bienestar para adultos mayores que está hoy de novedad en los ingresos de los adultos mayores.

Coahuila prohibió desde hace por lo menos diez años los casinos, en una decisión que pareció muy sensata, pero en Gómez Palacio y Durango capital no solo siguen operando, sino que están abriendo nuevos establecimientos para que vaya clientela de Torreón, lo que es poner orden en un lado del río, para que se ponga desorden en el otro.

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