El martirio del ensayo

El martirio del ensayo

Por: Daniel Herrera

No existe otra forma de perfeccionar el arte. Repetir y repetir y repetir y repetir hasta el agotamiento. El ensayo también funciona para encontrar errores y eliminarlos o hallarlos y hacerlos parte de la obra

Ensayar siempre me ha parecido un acto de racionalizar las emociones. Casi mecánico. Se debe repetir y repetir y repetir. Luego, olvidarse de todo por un rato. La repetición en el ensayo lleva a la tarea individual.

El trabajo del artista es repetir en el ensayo y luego repetir en casa. Es el trabajo en donde siempre se lleva tarea a casa. Siempre.

Casi todas las disciplinas artísticas tienen una extraña obsesión por el ensayo. Incluso en las actividades que no requieren juntarse con nadie más a remachar movimientos o sonidos existe algo similar al ensayo. A veces les llaman taller, pero siempre implican horas de trabajo sentado, ya sea de reflexión o de corrección.

Al final, es una forma de ensayar. Los escritores y los artistas plásticos. Gran parte del trabajo es individual, pero, eventualmente terminarán integrándose de alguna forma con otros colegas con más experiencia o conocimientos, o incluso, sólo porque es necesario que la mirada de alguien pase por la obra.

En cambio, los músicos y los artistas escénicos saben que el ensayo es fundamental para la creación de la obra. Cada uno lo utiliza como una herramienta más de la creación. Ahí se hacen arreglos, se especifican movimientos, se cuentan tiempos, se ejecutan opciones, se exploran trazos. En general, el ensayo es creación.

Lo contradictorio es que el ensayo también es repetición. Las mismas notas, los mismos acentos, las mismas melodías. Los mismos movimientos, los mismos pasos, las mismas caídas y los mismos saltos. Los mismos diálogos, las mismas inflexiones, los mismos desplazamientos aquí y allá, los mismos gestos y las mismas expresiones corporales.

No existe otra forma de perfeccionar el arte. Repetir y repetir y repetir y repetir hasta el agotamiento. El ensayo también funciona para encontrar errores y eliminarlos o hallarlos y hacerlos parte de la obra.

Para mí, no hay nada peor que un ensayo desordenado. O el ensayo donde se llega a platicar y no a trabajar. O el ensayo que es una excusa para beber. También se puede detestar con facilidad a todos los que llegan tarde al ensayo. Aunque, seamos sinceros, todos hemos llegado tarde alguna vez en la vida.

El peor ensayo es cuando ya todo está montado y el director o el coreógrafo o el compositor o quien sea que dirija ha decidido que todo o casi todo debe ser cambiado. Es terrible, pero tal vez se debe tener confianza porque algo está viendo esa persona que el resto no.

Si lo pensamos bien. La presentación de la obra, de la coreografía, de la composición, no son el trabajo en sí. Esa es la culminación, el momento estético, la comunión con el público.

El día del estreno, la noche del concierto, son la razón por la que hacemos esto. Ni siquiera el dinero, aunque siempre debe existir dinero para que podamos seguir haciendo esto. Pero, casi como una maldición, al artista lo empuja una extraña razón para hacer lo que hace: mostrarle a los demás sus ideas y emociones.

Entonces, si la presentación no es el trabajo en sí, por puro sentido común es el ensayo el verdadero trabajo de los artistas. Esas son las horas de joda. Quizá ahí está uno de los momentos para arrepentirse por el camino tomado. ¿Para qué tanto trabajo? ¿Para qué esa obsesión por el detalle? ¿Qué caso tiene dedicarle a fondo tantas horas para conseguir ese sonido, ese movimiento, ese diálogo que se está buscando si al final el público sólo se queda con lo más superficial? ¿Cuántos ensayos más valen la pena si la obra a presentar es elemental, sosa, aburrida, definitivamente mala? ¿Cómo es que el artista se embarcó en ese proyecto?

O tal vez, el momento de duda aparece cuando, después de tanto esfuerzo, luego de todas esas horas, posterior a todos esos viajes de una punta de la ciudad a otra para ensayar; al final del camino hay una paga miserable y la sensación de que el trabajo pudo ser mejor, que los errores existieron y que no se pudo llegar a la meta soñada: la obra de arte perfecta.

He visto que los bailarines y bailarinas practican muchísimo, sus ensayos son eternos… o no. También he visto que llegan a improvisar, montan rápido sus coreografías y las corren algunas veces. Y ya está. Una obra más para mostrar a los demás.

Sé que los actores y actrices ensayan tanto que terminan odiándose entre ellos. El escenario es tan traicionero que se nota cuando no hubo suficiente ensayo. Vamos, que se nota hasta cuando el que se supone que está muerto está respirando. Pienso que tanto en danza como en teatro se ensaya muchísimo. Esto, probablemente, tiene que ver con los mismos lenguajes de ambas disciplinas. Sus estructuras son muy abiertas y casi nada se puede dejar a la improvisación. Además, los errores en el escenario pueden derivar hasta en lesiones. Nadie quiere eso, ni el director más exigente o el director más desinteresado.

Dicen que los buenos músicos no ensayan porque todo lo pueden hacer a la primera en el escenario. Supongo que no todo mundo es así. Algunos necesitamos, a veces, entrar a un cuarto con otros músicos y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir.

Y repetir.

Y, por última vez, porque ya se hizo tarde, repetir.

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