El PAN: perdido como oposición

Por: Gerardo Lozano

Es difícil encontrar en la memoria histórica del PAN a un líder nacional de tan bajo perfil como Marko Cortés. El personaje representa lo que parece la antítesis de lo que debe ser un líder político: no tiene presencia, no tiene atractivo, no tiene un discurso articulado y serio y no tiene experiencia ni autoridad real. ¿Por qué está entonces en el cargo más importante del principal partido opositor del país?

La respuesta parece sencilla: el PAN, como partido, se encuentra en un periodo de extravío por lo menos desde el periodo de Felipe Calderón. No es necesario buscar secretos o explicaciones complicadas; el PAN perdió el partido cuando llegó al poder para desplazar a un régimen de casi un siglo, al grado que después de tan solo dos periodos sexenales en la presidencia de la república volvió a entregar el poder al PRI y, en la siguiente elección, fue tan pobre su presencia electoral que le abrió la puerta a un movimiento populista de aparente izquierda, que trae de vuelta, en muchos aspectos, al desastroso PRI de los años setenta del siglo pasado.

Desde el gobierno foxista el PAN se subió al poder y el poder lo corrompió, lo dividió y lo apartó de los principios que había sostenido desde su fundación.

Siendo un partido de centro-derecha, inspirado en buena medida en una ética católica, con vocación democrática y, por más de seis décadas el único partido opositor y en consecuencia crítico de los vicios del viejo régimen, en tan solo dos sexenios perdió su tradición doctrinal, que era por cierto muy ambigua en muchos temas esenciales, para abrirle el paso a una nueva generación cuyos propósitos principales eran el acceso al poder y, por medio de él, al dinero.

Es una generación en su gran mayoría de clase media con aspiraciones de convertirse en alta, cuyo acceso al poder no pasó por una formación previa, ni por un trabajo político de base que les diera una visión social distinta y un compromiso de cambio.

Lejos de proponer un verdadero cambio de régimen y un proyecto distinto de desarrollo para el país, el discurso panista siguió centrado en el antipriismo, pero de un modo superficial, solo en aquellos aspectos en que le redituaran electoralmente.

Cuando concluyeron los dos sexenios panistas en la presidencia de la república, se habían dado algunos cambios; ocupaba un buen número de gubernaturas y cientos de presidencias municipales, así como una amplia presencia en la Cámara de Diputados y el Senado de la República, pero, en esencia, el régimen político heredado seguía casi intacto y con ellos muchos de sus peores vicios, como la corrupción, el centralismo, el clientelismo y un enorme aparato estatal parasitario e ineficiente, además de costoso.

Marko Cortés Mendoza, originario de Zamora, Michoacán, es parte de esa generación que aprovechó los gobiernos foxista y calderonista para hacerse una carrera pública brincando, por la vía plurinominal, de diputado a senador y de senador a diputado. Su medio ha sido la nómina legislativa y los pasillos de la cúpula nacional de su propio partido.

Después del desastre de las elecciones de 2018, las únicas figuras fuerte que aparecían en el medio nacional eran Rafael Moreno Valle, jefe político del panismo poblano y líder de la bancada panista en el senado, y su esposa Martha Érika Alonso, ya gobernadora de Puebla.

Le coordinó la campaña interna por la dirigencia nacional del PAN a Gustavo Madero y a Ricardo Anaya, por lo que este último a su vez lo llevó a la dirigencia nacional en contra de Manuel Gómez Morín, quien representaba la vuelta a la identidad original del panismo, pero fue tan sucia la elección interna que Gómez Morín decidió renunciar al partido.

Ricardo Anaya representaba, como dirigente nacional del PAN, todo el deterioro en que había caído el partido; un muchacho de apenas 37 años, abogado, como muchos de los panistas de este periodo, con un perfil muy bajo para ser electo como candidato a la presidencia de la república, a lo que había que agregar algunas serias inconsistencias de ética y de su estilo de vida, como el tener a su familia en los Estados Unidos y algunos negocios que nunca pudo aclarar convincentemente, lo que también es típico de esta generación.

Ya la presidencia de Gustavo Madero no debió darse, pero la de Ricardo Anaya y ahora la de Marko Cortés exhiben una seria división interna y el extravió del partido, aun cuando el PAN haya alcanzado 11 gubernaturas en el 2018, antes de perder Puebla por la muerte de Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle.

SIN PODER DE OPOSICIÓN

Es poco discutible que la candidatura de Ricardo Anaya haya sido la causa por la cual alcanzó la presidencia Andrés Manuel López Obrador, pero sí es responsable de que haya obtenido más del 50 por ciento de la votación y, con ello, la mayoría en la Cámara de Diputados y en la del Senado, lo que le dejó sin contrapesos y sin un frente opositor, lo que está provocando serias consecuencia a un sistema democrático que todavía se encontraba en proceso de consolidación y es vulnerable si se le ataca sistemáticamente desde el poder.

Frente a López Obrador el PAN se muestra penosamente perdido. No hay un discurso político alterno; no hay una formación que corresponda a la segunda fuerza electoral del país y ni tan siquiera hay una crítica seria, consistente, frente a un gobierno que tiene un gran arraigo popular, pero también ha cometido ya demasiados errores en su primer año; los suficientes para que el panismo hubiera ganado espacio en los medios, en las redes sociales y ante la sociedad civil.

Muy en su estilo, López Obrador se burla de sus opositores llamándolos “ternuritas”, pero la nueva bestia negra que ha sustituido a la “mafia del poder” son los “conservadores”, como en apariencia llama el presidente a todo aquel que cuestione desde sus proyectos hasta sus ocurrencias mañaneras, pero de fondo esto no es casual.

A la cabeza de los “conservadores” está el PAN, porque López Obrador y su camarilla están conscientes de que el partido opositor con el potencial de sobrevivir y estar de vuelta es precisamente el PAN.

Los morenistas parecen persuadidos de que el PRI está liquidado y no representa una amenaza para este gobierno, ni para el proyecto de la llamada 4T, por lo que en el escenario solo aparece el panismo y ellos serían, en consecuencia, la punta de lanza del “conservadurismo”.

Inicialmente el término para las fuerzas del mal era “los neoliberales”, pero como la mente del caudillo se recrea en su interpretación muy personal del siglo XIX, parece resucitar en su imaginario la tragedia de la lucha civil entre liberales y conservadores, lo que se acopla bastante a modo con la pugna entre el nacionalismo-revolucionario, padre del PRI, con los mismos llamados “conservadores”.

La lógica política indicaría que ante un gobierno de las características del de López Obrador el panismo hubiera cerrado filas, unificando a todos sus cuadros, a los 10 gobernadores que conserva, que no son pocos, a los presidentes municipales, que son una cantidad también muy considerable y en general a todas sus fuerzas, bajo un liderazgo fuerte, carismático y que transmita una imagen alternativa en la política del país, no sólo para su clientela cautiva, sino para la sociedad en general.

Después del desastre de las elecciones de 2018, las únicas figuras fuerte que aparecían en el medio nacional eran Rafael Moreno Valle, jefe político del panismo poblano y líder de la bancada panista en el senado, y su esposa Martha Érika Alonso, ya gobernadora de Puebla, quienes mueren en ese accidente que hasta la fecha sigue sin ser aclarado.

Lejos de generar una formación unificada, los 10 gobernadores panistas se encuentran dispersos, lo mismo que los presidentes municipales y una buena parte de los diputados y senadores panistas. Existen divisiones, camarillas regionales aisladas de la dirigencia nacional, falta de acuerdo hasta en el discurso que maneja públicamente cada uno de ellos.

Aprovechando su momento, el poder federal y su posicionamiento, López Obrador se ha dedicado con mucho empeño a tratar de golpear políticamente a “los conservadores”, ya no sólo en el discurso y en las redes sociales, sino en la distribución de los recursos y asignaciones presupuestales.

Brincando al gobierno de Enrique Peña Nieto, con quien tiene un evidente compromiso, su último propósito es que exhibir al gobierno de Felipe Calderón no sólo como violento, sino corrupto y hasta siniestro, para lo cual no va a tener muchos problemas.

EL PAN EN COAHUILA

El panismo coahuilense refleja bastante bien lo que sucede en el partido a nivel nacional.

La última elección por la dirigencia estatal fue sumamente desaseada y terminó de dividir al PAN, aún más de lo que ya estaba. La pugna entre el panismo del centro del estado, que es el que más membresía tiene, quedó enfrentado con la camarilla que maneja Guillermo Anaya en La Laguna y también le distanció de la camarilla de la familia López Villarreal, que maneja el panismo en el sureste del estado.

La elección fue impugnada y se llevó meses designar a Jesús de León Tello como nuevo dirigente estatal, repitiendo al grupo que tiene tomado el panismo en La Laguna desde hace más de una década.

En Torreón, donde el PAN gobierna a través de un político viejo como Jorge Zermeño Infante, existen también diferencias con la dirigencia del partido. Zermeño controla a quienes tiene en la nómina oficial, que no son pocos, pero opera y se maneja por su cuenta.

En Saltillo, después de gobernar a través del mayor de los López, Isidro López Villarreal, el PRI retomó la capital del estado y gano todas las diputaciones, lo que le ha permitido estar de vuelta y convertirse en el actual bastión político del PRI, el único pero también el más importante del estado.

En la región centro los panistas siguen siendo gobierno, pero están por su cuenta, prácticamente al margen de su dirigencia estatal.

En 2018 el pragmatismo, la falta de principios y la corrupción llevaron a varias figuras de la dirigencia panista de Torreón a convertirse en candidatos y en los principales operados de Morena a nivel estatal.

José Ángel Pérez, un ex alcalde con pésimas calificaciones, es hoy diputado federal de Morena; Luis Fernando Salazar, uno de los más ambiciosos de ese grupo de jóvenes abogados que abordó el panismo, hoy es diputado federal, pero ha brincado a Morena, en busca de posiciones de poder. Reyes Flores Hurtado, ex dirigente estatal del PAN es el “superdelegado” de AMLO en Coahuila y, junto con Armando Guadiana Tijerina, el principal operador en Coahuila del nuevo gobierno.

Con una muy amplia representación en el Congreso del Estado; la más amplia que haya tenido históricamente, no se puede afirmar que han generado un gran trabajo, contando inclusive con diputados tan veteranos como Juan Antonio García Villa. Marcelo Torres Cofiño, quien ocupa la presidencia legislativa, se ha colocado mediáticamente, pero en apariencia más en busca de su posicionamiento personal que del partido que representa.

Singularmente, el panismo en Coahuila sigue partiendo del planteamiento de que la gran bestia es el PRI, tratando de centrar su discurso opositor en la crítica al moreirato, algo que les dio excelentes resultados en las dos últimas elecciones en La Laguna, pero ese es un tema ya agotado. Hoy su adversario ideológico y político es Morena, ya no el PRI.

El propósito evidente del panismo es lograr lo que hasta ahora se les ha negado: la gubernatura del estado, pero en el afán su discurso se ha vuelto pobre y repetitivo. Solo ellos insisten en no darle cristiana sepultura política a los hermanos Humberto y Rubén Moreira, cuando inclusive ya Humberto, cabeza de esta familia, hace tiempo que está liquidado en su vida pública e inclusive ya no es priista.

A nivel de camarillas regionales, el panismo maneja posturas distintas que inclusive se contradicen. Los López en Saltillo no apoyan el discurso monotemático de la deuda estatal, porque Jorge Torres López, que recién ha sido extraditado a Texas, es primo hermano, aunque sea uno de los principales protagonistas del terrible sexenio de Humberto Moreira y, durante el interinato que cubrió en 2011, se le puede considerar inclusive como lo peor de ese sexenio, contra el cual los panistas no alzaron la voz y hasta la fecha no se pronuncian al respecto.

Las pugnas se volverán más evidentes a partir de este mes de enero, cuando se dé el reparto de candidaturas a las diputaciones locales, mientras todos los sectores sociales que no votaron y que están en contra de la 4T se sienten sin representación política, sin liderazgos que hagan escuchar su voz en los medios y promuevan la participación civil, en un proceso de pluralidad política que está teniendo ya graves retrocesos, lo que tienden a empeorar.

Hoy el panismo de Coahuila está centrado más en la búsqueda de posiciones de poder, que en los intereses reales de la sociedad. Su compromiso con los grandes temas del estado es muy pobre o nulo, como la migración, el TMEC y el sector automotriz, el acero, el crecimiento de la economía, el sector agrícola, la protección de la empresa a todos sus niveles, por citar sólo algunos de ellos.

Es una broma que en las precampañas para las diputaciones locales los panistas hayan iniciado una propaganda donde cuestionan al PRI por los bajos salarios en Torreón, cuando en Torreón y en San Pedro gobierna su partido, y en Matamoros y Francisco I. Madero, y ahora en Gómez Palacio, gobierna Morena.

El tema ya se los ha ganado el gobierno federal con el incremento a los salarios mínimos, lo que confirma la pobreza del discurso frente a sus contendientes.

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