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La lectura no es una varita mágica

Cultura / Cultura Principal / 4 enero, 2022

Por: Daniel Herrera

Escritor y músico lagunero
twitter: @puratolvanera

¿Vale la pena dedicar más tinta a las tonterías que pueda soltar un funcionario público federal sobre el placer que produce la lectura? ¿Tendrá sentido explicar que leer es, desde niños, una actividad divertida y no algún tipo de manda social, revolucionaria y con tintes religiosos? ¿Tendrá caso explicar que si un narco o un asesino leen no van a cambiar de bando de inmediato? ¿Servirá afirmar que vender libros baratos no necesariamente va a crear muchos lectores?

Pues no, creo que no es necesario gastar más energía en el tema. Prefiero escribir sobre cómo fue que la lectura se volvió parte de mi vida cuando era un niño y apenas aprendí a leer. A diferencia de los más jóvenes, yo aprendí en primaria y no en preescolar. No creo que sea fundamental que los niños aprendan a leer tan pequeños. En fin, cada padre debe opinar distinto.

En la primaria pública a la que fui me explicaron los sonidos de las letras y las palabras y el orden en una frase. Por extraño que parezca, quedé prendado desde entonces. Comencé y no paré. Durante la primera adolescencia bajé un poco la velocidad, pero es que a los 13 años todos somos unos imbéciles. Luego volví a los libros y desde entonces aquí sigo.

De niño leía lo que fuera. Caminaba a la biblioteca pública de la ciudad donde vivía y sacaba libros infantiles que llevaba a casa, leía y regresaba ese mismo día. Eso hice hasta que un bibliotecario tarado me dijo que lo estaba haciendo trabajar doble, que leyera más lento.

Pronto pasé a los comics, que todavía disfruto enormemente. De hecho, creo que pasé por lo menos dos años de mi vida leyendo exclusivamente comics. Leía al Hombre Araña y todos los personajes de Marvel. También un poco de DC, aunque Superman nunca fue mi favorito. Pero también leí a Tin Tin, Lucky Luke, Astérix El Galo, Mafalda, Calvin y Hobbes, Garfield, Boogie El Aceitoso y a Rius. También leí todos los libros que pude de la colección Escoge tu propia aventura. No me importaba, no era un crítico literario ni nada por el estilo. Libro que caía en mis manos, libro que debía leer. Algunos los dejé a la mitad. En esa época no podía soportar mucho el tema del amor o la extrema sensibilidad. Si el escritor quería conectar emocionalmente dejaba de interesarme. Yo quería aventuras, misterio, humor. Por muchos años fue así. Por eso no pude con Mujercitas ni con Corazón, diario de un niño ni con Platero y yo ni con El principito. Todos esos clásicos que siempre me produjeron repulsión. Todavía me desagradan, la verdad.

Luego llegaron los videojuegos. Ah, esos pequeños personajes pixeleados también me contaba una historia, pero no era tan compleja. No importaba, me obsesioné con ellos y comencé a comprar revistas. Todas las que pude sobre Nintendo. Ahí comenzó mi gusto por leer periodismo. Luego pasé a los periódicos y a las revistas. La inocencia comenzó a perderse el día que leí a El Santos contra la Tetona Mendoza y los personajes creados por Jis y Trino. A los 14 años ya había abandonado los videojuegos, había retomado la lectura, estaba clavadísimo con Edgar Allan Poe y había decidido que iba a ser rockero.

La literatura seguía siendo puro placer, sólo que ahora leía horror y misterio. Poe, Bierce, Stoker, Lovecraft, Derleth y todo lo que fuera de aliens, seres sobrenaturales o asesinos enloquecidos. Pero también había leído a Roald Dahl y a García Márquez, Vargas Llosa y otros del boom. Comenzaba a acercarme a la literatura que más me iba a gustar gracias a uno de los mejores autores mexicanos: José Agustín. Él fue quien me explicó cómo era esto del rock más allá de lo que estaba viviendo en mi contexto y siempre le estaré profundamente agradecido porque sus libros abrieron toda un universo literario y musical al que no podía acceder con lo que tenía a mi alrededor.

Más o menos por esas épocas fue llegando todo lo que ahora amo profundamente: Jorge Ibargüengoitia, Charles Bukowski, John Fante, Guillermo Fadanelli, Eusebio Ruvalcaba, William Burroughs, Jack Kerouac, Parménides García Saldaña.

Un autor me llevó a otro que me llevó a otro. Por ejemplo, Bukowski me llevó a Fante, José Agustín a Parménides quien me acercó a Burroughs que me trasladó a Kerouac. Y esta forma de brincar de autor a autor lo sigo recorriendo, es uno de los placeres más grandes que deja la lectura. Causa una sensación especial, la que uno se encuentra en un club privado, donde no todos pueden llegar. Supongo que eso es muy poco revolucionario, muy poco comprometido con la sociedad, pero sinceramente no me importa.

No tengo yo la verdad sobre la lectura. Pero estoy convencido de algo. No es revolucionaria al obligarla a hacer la revolución. Eso es fascismo puro. No, leer produce cambios de forma insospechada. Hace que el individuo se transforme, pero no lo lleva a tomar las armas. Tampoco al revés. No hay manera de que un narco deje las armas sólo porque agarró un libro. La lectura es transformadora, pero tiene sus límites. En todo caso, necesitamos una educación que ya no gire alrededor de las habilidades para el empleo, sino del conocimiento y la creatividad. En ese contexto, leer puede ser más efectivo, pero cuando vemos a ésta como una herramienta más para manipular personas, estamos muy lejos de la democracia y el progreso y mucho más cerca del fascismo y la masificación.

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