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Arte, entretenimiento y mercado

Cultura / Cultura Principal / 30 mayo, 2021

Daniel Herrera

Escritor y músico lagunero
twitter: @puratolvanera

Llevo más de 20 años resolviendo la misma ecuación: cómo hacer arte y sobrevivir en el intento. No he hallado la solución porque los elementos del problema siempre parecen cambiantes y están atados a las circunstancias y a la fluctuante realidad. Hace 20 años, esta ecuación no incluía a dos hijos y un perro. Ahora también debo incluir la economía en franca caída, una pandemia y la lucha contra esta sensación de que sólo vale la pena aquello que produce dinero.

Si algo tiene el mercado en el que vivimos, es que nos han implantado la idea, desde la desesperación, por supuesto, de que debemos siempre ganar dinero. Que si uno no está produciendo, entonces se pierde el tiempo, la pobreza gana y la miseria está ahí, lista para morder una pierna y jamás soltar.

La creación artística no puede jugar ese juego. El entretenimiento sí, sin duda. Y, todos sabemos que el entretenimiento y el arte no necesariamente están peleados. Incluso crear entretenimiento puede ser placentero y bastante creativo. Pero, después de hacer eso, para quienes prefieren hacer arte, mucha insatisfacción queda. Porque el entretenimiento se vuelve monótono y alienante; funciona para traer dinero a la mesa, sin duda, pero no para articular la vital necesidad de expresar el interior.

Entonces, la solución a la ecuación se complica. Por un lado, incluso dedicándose al entretenimiento es poco probable mantener una familia en este país. Si a eso se le agrega la necesidad de hacer arte más el empleo formal, un artista en este país labora jornadas de 10 o 12 horas diarias. Todas distribuidas entre trabajar por dinero, hacer entretenimiento por dinero y arrancar unas cuantas horas al día para crear algo más.

Por supuesto, algunos lo lograron, gracias a la calidad de su creación, a la tenacidad y quizá, un poco, a la suerte. Ellos pudieron abandonar los trabajos formales y el entretenimiento para dedicarse por completo a la obra. Otros están muy cómodos en el entretenimiento. No tienen grandes aspiraciones artísticas o esa necesidad no los carcome por dentro. Son intérpretes, creadores de diversión y recuerdos alegres. Nada contra ellos, ya sólo hacer esto es más que válido y admirable.

Ahí están las becas, me dirán algunos. Sí, las becas pueden ser la salvación para algunos cuantos, sin duda. Aunque nunca son suficientes.

Pero no vengo aquí a exigir que los gobiernos se hagan cargo de los artistas. Más que una larga queja, quiero entender las causas que le impiden a muchos artistas sobrevivir de su oficio. Tampoco estoy defendiendo a aquellos charlatanes que poco trabajan o creen que los demás deban aplaudirles por cualquier intento mediocre.

Me parece que una de las más claras complicaciones a las que se enfrenta cualquier artista que desea crear algo distinto a lo que el mercado ofrece a diario es, precisamente, el mismo mercado.

Me explico, cuando al público se le ha entregado, por mucho tiempo, productos culturales complacientes y que están creado más para la satisfacción inmediata, entonces la exigencia del público se resiente. No es que estemos aquí ante una entidad metafísica amorfa en donde todos caben. Por supuesto que hay muchos tipos distintos de públicos y, finalmente, cada producto cultural podrá alcanzar a quien quiera consumirlo. El problema es que el público masivo que podría consumir tanto entretenimiento como arte, prefiere decantarse por el primero.

En esa situación, parece más auténtico el arte popular. Por lo menos su creación artística es sincera y no apela, de entrada, al bolsillo. En cambio, la clase media, gusta de desembolsar dinero por entretenimiento, pero no por arte. Y cuando a esa clase se le propone arte, pide que sea gratuito y, de preferencia, que no moleste, pasteurizado, inocuo.

La idea es divertirse, dicen quienes van al teatro o toman un libro. Queremos pasarla bien y no pensar, afirman quienes van a conciertos de cámara. Me encanta el jazz y un vinito, dicen y platican en medio de los solos de los músicos. Qué raro, por qué no canta, por qué bailan así, por qué esta obra no da risa, por qué hacen solos tan largos, por qué está tan largo este libro, por qué es tan lenta la película, por qué no hacen arte que satisfaga mi educación basada en Disney Channel y Televisa.

Y ahí estamos. Ya nos jodimos porque ese público puede pagar, pero si la obra no los entretiene no van y si van, quieren entradas gratis. Para el clasemediero, el arte no es una profesión o un oficio. Para ellos, ser parte del público, es un acto de piedad que demuestran a todos los demás. ¿Pagar? No me exijas tanto, por favor.

Y de esa manera nos encontramos en un círculo que más que vicioso es codependiente. Porque los artistas requieren ese público para comer, pero también lo desprecian cuando se trata de presentar obras que responden a otros intereses… pero son ellos quienes pagan las entradas cuando se les da lo que desean.

Ante tal panorama no encuentro otra salida más que obsesionarse con la obra personal por momentos. Aplicar la técnica de Buñuel mientras vivió en México. Hacer entretenimiento para pagar el arte. Perder el dinero. Volverlo a ganar haciendo entretenimiento y pagar el arte. Y perder el dinero de nuevo. El asunto es siempre sostener la obsesión por ese proyecto personal que seguramente está destinado al fracaso en el mercado, pero que debería satisfacer al artista en lo más hondo de su ser. Ahí, donde surge todo esa creatividad que no para.

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