El futuro es mestizo. Música intercultural

El futuro es mestizo. Música intercultural

Por: Daniel Herrera

Escritor y músico lagunero
twitter: @puratolvanera

Los lugares comunes suelen ser ideas o frases que se repiten tantas veces que ya a nadie sorprenden. Quiero decir, que muchas veces las escuchamos en boca de personas quienes creen que están haciendo una aportación brillante a cualquier conversación. Un lugar común, muy común, es decir que la música es el verdadero lenguaje universal.

Sí, los lugares comunes no son la mejor forma de comenzar a hablar de cualquier obra de arte, pero, en este caso, creo que es necesario reforzar las siguientes ideas con un lugar común: sí, la música es un lenguaje universal, ya lo sabíamos.

El siguiente paso, en este juego de lugares comunes, debería ser encaminado hacia ese extraño género llamado “world music”. Creo que ya nadie hace eso porque desde hace mucho tiempo sabemos que ese nombre era usado para colocar discos inclasificables en los estantes de las tiendas de discos.

Pero no, mi siguiente paso iba dirigido hacia esos grupos que tienen en sus filas músicos de distintas latitudes. Podría llamarlos “grupos multiculturales”, aunque esto no es por completo exacto; creo que sería más sencillo entenderlo con una serie de ejemplos.

Pensemos en grupos que parecen muy cercanos a la música del mundo, que en sus integrantes se pueden escuchar influencias culturales distintas. Pensemos en Mano Negra, grupo extraordinario en su momento, antes de que Manu Chao la desmantelara para satisfacer su ego. Pero no, no incluyo a esta agrupación en esta categoría.

En cambio, cuando escuché a Yerba Buena hace más de 15 años, entendí que estaba ante el futuro de la música, por lo menos en cuanto a la forma de integrar un grupo.

Por un lado, un productor que tiene una idea ya trabajada de cómo debe sonar un grupo, en el caso de Yerba Buena, Andrés Levin. Ese productor une su talento con cantantes o compositores que congenien con sus ideas originales. El resto del grupo se va armando o desarmando según las necesidades de las giras y conciertos. Hay un núcleo estable que casi no cambia y son quienes mantienen unidos al conjunto. Por supuesto que esta estructura no es novedosa, un ejemplo con bastantes años rolando es Groove Collective, banda de jazz, soul, R&B, latin y más que existe desde 1990. La diferencia es que Yerba Buena estaba conformado por músicos que venían de distintos lugares del mundo. Eso sí, todos pertenecían al mismo continente: América.

Para una experiencia de verdad internacional, tenemos al grupo de gypsy-punk Gogol Bordello. Formado en Nueva York, pero con integrantes de Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Estados Unidos, Ecuador, China, Rumania y otros países, este grupo se convirtió rápidamente en una referencia de hacia dónde se movía la música más allá del reguetón.

Gogol Bordello ha encontrado una fórmula en donde se incluye los conocimientos musicales de cada uno de sus integrantes, pero también el bagaje cultural. Así, el andamiaje que construyen incluye un poco de cada una de las influencias de todos los que forman el grupo, recubierto de la simpatía del cantante Eugene Hütz.

Entonces, ¿qué tiene Antibalas que no hayan creado los anteriores grupos? Por un lado, Antibalas es un proyecto que tiene más de 20 años trabajando de forma ininterrumpida. Su formación parece un poco menos multicultural que otras, pero la música que componen combina tanto la influencia de Fela Kuti con la de Eddie Palmieri, dos raíces musicales que parecen alejadas pero que en realidad se abrazan con toda facilidad en la música de Antibalas.

El afrobeat, género en el que se encuentra insertado Antibalas, consiste en capas de sonidos africanos con jazz y funk. La repetición es fundamental para desarrollar este género y esas capas van abrazando al escucha en una especie de alucine musical. Las piezas de Antibalas duran más de cinco minutos. Incluso pueden extenderse a los diez minutos sin problemas. Exploran las habilidades para improvisar de sus músicos y nunca se alejan de las melodías que abren cada canción. Esta repetición jamás se torna monótona, sino, con toda seguridad, permite que el escucha se sienta cómodo mientras la voz de Duke Amayo se pasea por el cerebro.

A todo lo anterior, habría que agregar una base rítmica latina. Muchas de las piezas en los discos de Antibalas podrían ser, sin complicaciones, las típicas descargas de la música cubana. Pero entonces el grupo estaría haciendo lo que muchos ya hacen, por eso la combinación de géneros hace que suenen distintos.

Su más reciente disco, Fu Chronicles, mantiene el rumbo que ha trazado el grupo desde su inicio. No escucharemos aquí canciones complacientes, no estamos ante un disco que se rinda o busque con desesperación la fama.

Antibalas no lo necesita, una banda que lleva más de 20 años explorando un sonido específico y todas sus opciones ya no requiere fama o venderse de esa manera.

El disco tiene seis piezas que mantienen una coherencia musical, pero no son similares entre ellas. Van desde canciones claramente influenciadas por los sonidos afrocaribeños, hasta aquellas que le rinden homenaje al afrobeat. Cada una permite que los músicos desplieguen sus destrezas musicales, rozando en muchas ocasiones el virtuosismo. Lo mejor de la música de Antibalas es que jamás uno deja de seguir el ritmo y el sabor de cada pieza.

La música es un termómetro que nos indica hacia dónde se dirige la humanidad, no me queda duda de que el futuro es mestizo y Antibalas nos muestra que ya lo sabía desde hace más de 20 años.

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