El fanatismo: Cuando la política parece religión

El fanatismo: Cuando la política parece religión

Por: Álvaro González

 Miles de seguidores de La luz del mundo rezan y lloran la aprehensión de su líder Naasón Joaquín; su secta les ha hecho creer que no es un pederasta, sino una víctima en medio de una encarnizada lucha contra el mal. El fanatismo pareciera ser una característica humana siempre posible. ¿Hasta qué grado lo podemos encontrar en la reciente política mexicana?

En la opinión de San Agustín de Hipona, el fanatismo se origina en la incapacidad o la renuncia al razonamiento frente a una figura o creencia, casi siempre alimentado por aquel a quien beneficia, ya que el fanático se vuelve un dócil e incondicional seguidor de las causas más increíbles y terribles.

San Agustín de Hipona no es un santo más de olla y campana, sino el llamado “Doctor de la Gracia” para la iglesia cristiana y, en la opinión de expertos, un sabio y el pensador más importante del cristianismo en el primer milenio. Vivió en Argelia, en el norte de África, en el siglo IV.

Lo más desconcertante del fanatismo es que pareciera en cierta forma una tendencia de la condición humana, dada su permanencia en la historia, su aparición en culturas primitivas y avanzadas y su presencia en personas lo mismo ignorantes que educadas.

El fenómeno se da en el mundo entero, sin distinción de culturas, pero suele encontrar mayor cantidad de adeptos en aquellas sociedades con una mentalidad con mucho arraigo religioso.

Un fanático sigue apasionadamente a un líder, a una creencia o a un mito, totalmente fantástico, dejando a un lado el razonamiento y, por supuesto, el pensamiento crítico, lo que le pone fuera de la realidad y le puede llevar a comportamientos asombrosos: asombrosos por lo aberrante o asombrosos por lo inaudito.

A raíz de la aprehensión de Naasón Joaquín García, el líder mundial de la secta religiosa La luz del Mundo y considerado por sus fieles como “apóstol” de Cristo en la tierra, lo primero que se pensaría es que habría una crisis al interior de la secta, pero está pasando todo lo contrario: se está utilizando el hecho para fanatizar más a los miembros de la secta.

La interpretación que está manejando la cúpula de La Luz del Mundo, por indicaciones de la propia familia de Naasón Joaquín, es que enfrentan un embate furioso de las fuerzas del mal, del demonio, que desea destruir al “apóstol”, por lo cual, como nunca, hay que entrar en oración, hacer penitencias y apoyar al templo, de los cuales hay 25 en La Laguna.

Han organizado manifestaciones públicas, aunque no especialmente numerosas, en diversas ciudades de la república, en apoyo a “el apóstol”.

Lo que pareciera aberrante a los ojos de los que lo observan de fuera, no es sino la dinámica propia del fanatismo, como lo define San Agustín: la renuncia al razonamiento y la radicalización del apasionamiento en una creencia y en un líder o figura que representa, para ellos, dotes especiales.

La lucha entre el bien y el mal; el demonio y las fuerzas mundanas contra una figura de Dios.

Gran parte de los fanáticos tienen información sobre los terribles delitos de los cuales se acusa a Naasón Joaquín García, pero su razonamiento está bloqueado y eso lo aprovecharán y fomentarán los dueños de esta secta, porque existen intereses enormes de por medio y, si entra la duda razonable todo se desmorona.

Los Joaquín ya han manifestado que pagarán la fianza de 50 millones de dólares que se le ha impuesto a Naasón; la fianza más grande impuesta en la historia reciente del estado de California, lo que da una idea del poder económico que han acumulado después de manejar por casi un siglo La Luz del Mundo.

LOS FANÁTICOS POLÍTICOS

El problema es que el fanatismo no aqueja sólo en asuntos de carácter religioso, sino de tipo político, deportivo, artístico y hasta pseudointelectual, lo que pareciera increíble.

Theodore John Kaczynski, mejor conocido como el Unabomber, es un norteamericano graduado como matemático por la Universidad de Harvard y con doctorado por la Universidad de Michigan.

Además de matemático, es filósofo y neoludita; sostiene que el desarrollo tecnológico de las sociedades humanas posteriores a la revolución industrial iba en contra de la naturaleza, no sólo del hombre sino del mundo.

Muchos de sus planteamientos son razonables e inquietantes, pero un hombre tan brillante podría haberse convertido en un gran ecologista, sin embargo terminó convertido en terrorista.

Vivió en una cabaña, sin tecnología alguna, en un paraje boscoso y remoto de Montana gran parte de su vida, desde donde planeó el envío de 16 bombas, básicamente a universidades y aerolíneas, lo que provocó la muerte de tres personas e hirió a otras 23.

Después de una costosa investigación, el FBI nunca pudo encontrarlo, sino hasta que su propio hermano descubrió su identidad y con ello permitió su detención. Después de negociar con las autoridades la no aplicación de la pena de muerte, recibió ocho condenas perpetuas sucesivas. Hoy sigue en la cárcel.

Si esto le sucede a una mente tan brillante como la de Kaczynski, habrá que imaginar lo que le ocurre a una mente ordinaria e ignorante, en manos de un líder astuto o una organización diseñada para manipular.

En México tenemos hoy un problema de fanatismo político. Ante el fracaso de otras formaciones políticas, ha surgido la imagen de un caudillo en la persona de Andrés Manuel López Obrador, quien ganó abrumadoramente las elecciones presidenciales del año pasado, con 30 millones de votos en su favor.

Una parte muy importante de esos 30 millones de votantes caen dentro de lo que se puede considerar una forma de fanatismo, porque ha renunciado a todo razonamiento y sentido común, tanto en la apreciación de las políticas del nuevo gobierno como en la persona de Andrés Manuel López Obrador.

Sin importar qué nivel de educación se tenga, el fanático considera que este gobierno y este caudillo tienen la razón en todo y nada se les puede cuestionar, cuando la realidad, que siempre es terca y termina por imponerse, indica que hay problemas serios, errores y políticas que cualquier sano juicio o sentido común indica que pueden causar un gran daño a la sociedad mexicana, pero a la larga a los más pobres y desprotegidos, que se supone fueron la mayoría que votó por un cambio, no por una aventura que puede terminar desbarrancando al país.

ELEMENTOS DEL FANATISMO

¿Por qué asumir que existe fanatismo hacia el gobierno lopezobradorista y hacia la figura del caudillo?

El primer elemento es que se ha creado una lucha ficticia entre “el bien” y “el mal”; entre los “liberales” y los “conservadores”, lo que hoy es una ficción tomada de la historia de la segunda parte del siglo XIX mexicano, algo que ya no existe, porque han cambiado las condiciones o circunstancias, las idiosincrasias y los personajes que dieron vida a ese periodo tan trágico de la historia nacional.

El planteamiento de fondo tiene más de marxista, otra doctrina del siglo XIX europeo: el enfrentamiento y la lucha de clases entre el proletariado y los capitalistas o ricos. Los ricos y quienes los defienden son “fifís” y “conservadores” y “neoliberales”, mientras que del otro lado se encuentra el pueblo bueno y sabio, que apoya y defiende al caudillo.

El caudillo es una figura infrahumana, inmaculada, que puede hacer lo que quiera y eso se le aplaude. No es un político que puede ser ladino, autoritario, sabelotodo, mediocre intelectualmente, necio sin límites y mentiroso. Jamás, eso es propio de los demás políticos, menos de él.

Para llevar al pueblo a la felicidad, a la paz y a la abundancia, se ha inventado la cuarta transformación, que, analizada con rigor a partir de todos los textos y dichos que se han pronunciado o publicado, es todo y nada, pero es bueno, como el nirvana o el paraíso prometido.

Tenemos entonces dos elementos básicos: un caudillo infrahumano, prodigioso, y un nirvana hacia el cual hay que llevar al pueblo de Dios, algo así como un Moisés tabasqueño que nos conducirá hacia la tierra prometida, que mana miel y leche.

Esta historia se ha repetido hasta el cansancio a lo largo de la historia.

Es como ver a un Fidel Castro hablar cuatro horas en la Plaza de la Revolución, prometiendo el paraíso caribeño que jamás llegó, pero él murió, después de casi 50 años de dictadura en olor de santidad.

A Cuba jamás llegó el paraíso prometido y hoy es un pueblo miserable económicamente, con algunos servicios básicos, que soportó y sigue soportando con fanatismo un régimen, pero cuando el fanatismo se va desmoronando, aparece detrás de él una terrible estructura militar, una guardia nacionalista que cuida la revolución.

El caudillo alimenta el fanatismo y va creando una realidad virtual, paralela a lo que sucede realmente en el país. Lo que no existe lo inventa y lo que sí existe lo niega o lo desvirtúa.

El mal de México comenzó hace justo 36 años, con los gobiernos “neoliberales”.

Hasta el tiempo se calcula y se evita incluir en la maldad a los gobiernos de Luis Echeverría Álvarez, aún vivo, y a José López Portillo, que van del 70 al 82, y todas las crónicas históricas, de diferentes ideologías, coinciden en que fueron un desastre, pero sólo existe la realidad que el caudillo crea.

El fanatismo tiene más olor y sabor cuando renuncia un hombre como Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda; un hombre inteligente, preparado para el cargo, que estaba haciendo hasta lo imposible para contener lo que es un evidente mal manejo de la economía.

En un hecho sin precedentes y en un acto de honestidad, Carlos Urzúa se va y dice por qué. Al día siguiente el gran caudillo lo ataca y, según él, lo  descalifica, acusándolo de “neoliberal”, en lo que es una argumentación ridícula a los ojos de académicos, empresarios, periodistas y la gran mayoría de los mexicanos.

Lo penoso es que hay quien lo defiende desde la irrealidad. El propio Carlos Urzúa señala la presencia de personajes del círculo íntimo del caudillo que están en un fuerte conflicto de intereses, que no están calificados para ocupar cargo en la hacienda pública y que se están tomando decisiones económicas que no están sustentadas.

Si el hecho de la renuncia es inédito, lo es más la postura del caudillo que niega el sismo que tiene bajos sus pies y la realidad inocultable. El nuevo Secretario de Hacienda, Arturo Herrera Gutiérrez, se percibe nervioso, asustado, y no es que no tenga capacidad, sino que parece dispuesto a ser un “florero” más en la mesa de la 4T.

Por su falta de racionalidad y su postura apasionada hacia lo que ordena o representa el líder, los fanáticos no tienen límites, pero de los 30 millones que votaron por López Obrador una gran parte no son fanáticos y por lo menos hay otros 60 millones de mexicanos adultos que no votaron por él. El país tiene 125 millones de mexicanos.

El mandato que se dio es por sólo seis años, pero este movimiento llamado Morena está pensando en dirigir al país al menos por las próximas dos décadas, haciendo, literalmente, lo que quiere, no importa si es legal, si es viable, si es sensato o inclusive si es posible.

Ni el caudillo ni la cúpula del movimiento son fanáticos; todo lo contrario, son políticos, la mayoría de ellos de un muy mediocre nivel, que han llegado al poder y lo quieren todo, de manera sucia y con frecuencia oscura.

Los casos de Puebla y ahora de Baja California, donde un congreso dominado por Morena está ampliando el periodo gubernamental de dos a cinco años a un gobernador que fue electo para dos, lo que rompe totalmente el orden constitucional. Habrá que ver quién defiende ésta otra aberración.

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