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Luis Barraza Beltrán, el obispo invisible

Especiales / Slider / 31 marzo, 2024

Por: Eugenia Rodríguez

Luis Martín Barraza no es un obispo que goce de gran estimación. Muchos le consideran una persona difícil en el trato, poco carismático y con un liderazgo formal, pero no espiritual.

La iglesia católica atraviesa por tiempos difíciles, en su larguísima historia los ha tenido peores, pero hoy se enfrenta a lo que algunos filósofos han llamado como “la muerte de la religión”, cuya apreciación surge del abandono masivo de la religión en la mayor parte de los países desarrollados y, lo que parece más crítico, el distanciamiento de las nuevas generaciones de las prácticas religiosas, de cualquier tipo.

El ateísmo cabalga en medio de la sociedad moderna y los fieles se distancian de las iglesias, aun cuando somos muy probablemente el país más católico del mundo.

El problema es complejo y de difícil y larga explicación, pero uno de los factores que están influyendo de manera más notoria es que la viejísima estructura de la iglesia católica, manejada verticalmente y con normas y procedimientos que se mueven lentísimo, como un engranaje oxidado al cual le faltara lubricante, han sido rebasadas desde hace décadas por el movimiento vertiginoso de la sociedad y la cultura de las sociedades actuales.

En ese manejo vertical y de secrecía, se encuentra el procedimiento para elegir a los obispos que presiden todas las diócesis que existen a nivel mundial, lo cual es, en la teoría, una facultad personal del papa, que está en Roma, que tiene algo así como 84 años y está enfermo, lo que es algo natural a esa edad.

¿Cómo se elige a un obispo? Se lo he preguntado a tres curas distintos y, de lo dicho por ellos, salí más confusa de lo que originalmente estaba, pues de fondo es un proceso que se realiza bajo la espesa niebla de la secrecía. Que hay una preselección, que hay una evaluación, que la propuesta se envía a Roma, que allá se evalúa de nuevo, que se le presenta al papa, que el papa, guiándose por lo que le presentan decide y otorga el nombramiento.

No imagino al papa, que tiene que ver el gobierno de la iglesia católica en todo el mundo, analizando cual es el cura más idóneo para ser designado como obispo de una diócesis, que muy probablemente jamás había oído tan siquiera nombrar, pero los curas entrevistados argumentan que está asistido por la providencia divina.

¿Y porque entonces se equivocan tanto y tenemos en México a tantos obispos con perfiles tan bajos teniendo tanto de donde escoger, lo que no sucede en otros países con muchos menos sacerdotes? Pues no hay respuesta y los fieles que conforman la diócesis se tienen que conformar con lo que les manda Roma, no hay de otra, y es mejor no preguntar como funciona en la realidad la política al interior de la iglesia, porque eso es: política.

En Torreón hemos tenido apenas cuatro obispos. Se dice que hablar de los muertos es algo un tanto injusto, pero en este caso es algo de poco provecho, porque de ser cierto tal dicho no existiría la historia, que es el recuento de lo que hicieron o dejaron de hacer los muertos, así que vamos a tomarlo más como un gesto de cortesía, pero sí podemos hablar de Luis Martín Barraza Beltrán, el actual y cuarto obispo de la diócesis de Torreón.

Como obispo Luis Martín Barraza es el pastor de la iglesia católica y tiene, como tal, muchas obligaciones, que comienzan con lo institucional, pero se continúan con el papel que debe desempeñar ante la sociedad regional.

Entre la clerecía, es decir entre la estructura formal de la iglesia, compuesta por curas, monjas y personal al servicio de la iglesia, Luis Martín Barraza no es un obispo que goce de gran estimación. Muchos le consideran una persona difícil en el trato, poco carismático y con un liderazgo formal, pero no espiritual.

A su llegada al cargo hizo lo típico: cambió curas de una iglesia a otra y removió en algo el acomodo que mantenía el anterior obispo. Es casi obligado que los curas rotan de una parroquia a otra y de un templo a otro, por lo que tales cambios no parecieron nada extraordinario.

Lo que sí llama la atención es que Luis Martín Barraza se ha convertido en un obispo invisible. Solo poquísimos fieles lo conocen y casi nadie sabe tan siquiera cómo es que se llama. Es rarísimo que aparezca en algún medio masivo de comunicación, que hable para la comunidad sobre algún tema de interés y, mucho menos, que fije postura sobre asuntos que son de importancia moral y espiritual. Habita entre las cuatro paredes de su despacho y eso no ayuda en nada a su función como líder espiritual y pastor religioso de una feligresía tan grande.

No va a ir al viacrucis

De un obispo se esperaría que fijara postura y tuviera liderazgo de opinión en muchos temas de moral y de ética, los cuales preocupan y ocupan a su grey, que seguramente de alguna manera los tomaría en cuenta.

La lista es larguísima: los problemas de las adicciones, la crisis de la familia tradicional, la violencia social, los pobres, los demasiado ricos, el aborto, las obligaciones políticas de los ciudadanos para buscar una sociedad mejor, en fin, que temas no faltan y se entiende que existe una pastoral juvenil y muchas otras pastorales destinadas a diferentes sectores de la sociedad, pero parecen demasiado marginales, si se toma en cuenta la magnitud de los problemas que tenemos.

Por traer a referencia tan solo un tema, la diócesis debería hacer algo ante el fenómeno de los inmigrantes, que pasan por decenas de miles por esta región, y requieren, al menos, un gesto de caridad y de compasión cristiana.

De lo poco que se conoce de Luis Martín Barraza es que no le gustan los políticos, pero ¿A quien le gustan los políticos, quitando a las lideresas de las colonias que tienen como negocio repartir despensas y materiales de construcción? Pues a muy pocos, y sin embargo ahí están y son quienes dirigen los gobiernos y toda la actividad política, o casi toda.

El año pasado Luis Martín Barraza se negó a asistir al evento del viacrucis que se realiza en el cerro de las noas, porque consideró que asistían al mismo políticos, que van con la intención de dejarse ver, suponemos que como fervientes católicos, y el obispo opina que eso es una especie de farsa, un espectáculo al cual él no se va a prestar. Este año está pensando si va o no va.

Anteriormente había rechazado la parte proporcional del dinero que genera el teleférico y que le es entregado a la diócesis, porque se consideró que el Santuario del Cerro de las Noas se ha convertido en algo turístico, y eso en gran parte es cierto, pero el turismo religioso es parte ancestral de la iglesia católica en México. Solo habrá que ver las festividades de la virgen de Guadalupe y de la virgen de San Juan de los Lagos, o el santo niño de Atocha. Los ricos van a Roma, al Vaticano, pero también van de turistas. Se lo pensó bien y terminaron recibiendo el dinero.

Si al obispo no le gustan los políticos que van a los viacrucis, pues sería muy interesante que expusiera lo que opina de la ética política, para orientar a su grey y ponerla al resguardo de semejantes lobos.

Si nos ponemos rigurosos, todos los eventos y festejos religiosos son una mezcla del sincretismo de los sagrado con lo profano, si no que hacen los matachines en las peregrinaciones a la virgen de Guadalupe, no se diga de los festejos de San Judas Tadeo, que están arraigadísimos en La Laguna y son más una comilona que un evento religioso, con el reparto de la reliquia de asado y sopas, los matachines contratados para bailar horas y toda la milagrería en torno a este santo, que cuenta entre sus más fieles devotos a delincuentes y mafiosos.

El caso es que Martín Luis Barraza no ha hecho mucho, al menos hasta hoy, para convertirse en el líder espiritual que debe ser; una figura inspiradora para su grey. Es poco menos que un obispo invisible, al que casi nadie conoce entre la sociedad lagunera.

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