Es perverso dividir al país

Es perverso dividir al país

EDITORIAL MARZO 2022

En el cuarto año de gobierno de la llamada Cuarta Transformación, el discurso oficial se ha ido radicalizando y, progresivamente, ha mostrado parte del verdadero pensamiento de una reducida camarilla política, dominada, con mano autoritaria, por un solo hombre.

Este discurso está inspirado en la dialéctica marxista de la lucha de clases; el enfrentamiento entre pobre y ricos; la lucha de los contrarios; el enfrentamiento entre el capital y el trabajo; todo ello fomentado desde el poder, en nombre del “pueblo”, de los más pobres.

Es un discurso de odio que va a la cacería de supuestos enemigos del país, los cuales son la bestia negra que se opone a “un nuevo proyecto de nación”, que es realmente el proyecto político de un grupo que busca desmantelar el insipiente sistema democrático mexicano.

Todo lo que sea confrontación y que mueve el resentimiento de un determinado grupo social hacia otro es útil.

Hay que hurgar en la historia para resucitar muertos y agravios, que aviven el odio, para lo cual hay que reinventar inclusive la misma historia o explotar sus periodos más dolorosos; que haya agravio; que “el pueblo” se encienda. Así que hay que sacar de su tumba la conquista de México y alentar el resentimiento hacia España; hay que vengar, a 500 años de distancia, la muerte de millones de indígenas y no hay que permitir “que nos sigan saqueando”.

Todo el que se oponga es enemigo y es corrupto: está en contra de “nuestro proyecto de nación”.

¿Y cuál es ese proyecto de nación? Es un proyecto muy sencillo y fácil de entender: la voluntad del supremo en el poder, lo que se le ocurra en el día a día.

Si esto sigue así, el país terminará dividido, polarizado, enfrentados unos contra otros. ¿Para qué? Para que un nuevo grupo en el poder aniquile a las instituciones, domine a todos los demás poderes y vuelva el viejo régimen autoritario, sólo que ahora con una máscara de izquierda que no se atreve a asumir públicamente.

China, la dictadura comunista más grande y poderosa del mundo, cuya doctrina de Estado es el marxismo, hace décadas que, en la práctica, eliminó la dialéctica marxista de la lucha de clases, porque entendió que ese no era el camino hacia el progreso y mucho menos hacia la disminución de la pobreza. Sólo algunos dictadores bananeros latinoamericanos siguen aferrándose a ese discurso momificado, que ha llevado sus países al desastre.

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