Sobrevivir la pandemia en la informalidad

Sobrevivir la pandemia en la informalidad

Por: Álvaro González

Una de la tarde, en la “cola” para entrar al Banco Santander ubicado en Paseo de la Rosita. La espera es tediosa, aunque a diferencias de los meses anteriores, el clima ayuda. Cada quien mata un poco de tiempo como puede: en el celular, revisando documentos, contemplando la nada o hasta platicando con el vecino, violentando la sana distancia, aunque con el cubre bocas colgando de las orejas.

De pronto llega un muchacho alto, robusto, con ropa deportiva de color negro y verde, llevando una bocina portátil con micrófono, o no sé si se llame amplificador; el caso es que se dirige al grupo que espera en las dos filas y nos suelta una pequeña perorata: es músico, está pasando las del nazareno con esto de la pandemia y nos va a deleitar con algunas canciones, que espera que nos gusten, para pasar después por nuestra cooperación voluntaria.

Para sorpresa de todos, que no esperábamos mayor cosa, el muchacho comienza a cantar con una muy bien entonada voz de barítono y se acompaña de su música electrónica que emite el aparato portátil. Canta cuatro o cinco canciones que gustan mucho a la improvisada concurrencia callejera y pasa por la cooperación, pero cuando ya va a terminar un hombre alto, de pelo entrecano, cuya cara no se ve por los lentes oscuros y el tapabocas, saca un billete de cien pesos y le pide que se “aviente” otra ronda.

El músico se ve notoriamente emocionado por el gesto del hombre y le comenta cuales canciones quiere. “Puras bonitas, como las primeras que cantaste, nomás que no sean de esa madre grupera de bandas. ¡Tu échale!”

El muchacho canta cuatro canciones más y da las gracias para poder retirarse, algunas mujeres le aplauden. “¡Échale ganas!”

Es músico o sólo cantante de algún grupo o solista, no se sabe. Estaba ese día recorriendo las sucursales bancarias del Paseo de la Rosita, donde veía gente para cantar y pedir cooperación, como una forma de obtener por lo menos una parte del dinero que no puede obtener al no tener trabajo y estar prohibidas las fiestas de cualquier tipo y los antros cerrados.

Otras bandas de músicos se han vuelto “esquineros”, en cruces importantes de bulevares, donde tocan a ciertas horas y uno de ellos pide cooperación serpenteando entre los coches y haciendo la competencia a franeleros, malabaristas y vendedores de chácharas.

Todo este año ha sido un desastre para los músicos profesionales y no se sabe para cuándo termine esto de la pandemia. En el mejor de los casos habrá que esperar hasta mediados del año próximo o más para que las cosas vuelvan a cierta “nueva” normalidad.

La pandemia se está volviendo más inclemente con el sector de la economía informal, en el cual trabaja la mitad de los mexicanos. Hay millones de desempleados y muchos oficios y negocios están parados.

“POR PURA NECESIDAD”

Doña Berta se ha dedicado toda su vida al negocio del tianguis, donde vende ropa que trae de la Ciudad de México, además de tener una pequeña boutique de ropa para dama en un local que construyó en lo que fuera la cochera de su casa.

Los tianguis fueron cerrados por meses y apenas comienzan a abrir, pero la clientela no es la misma, la mayoría de los mejores clientes, que son de clase media, sí se cuidan del coronavirus y todavía no se animan a ir al tianguis, por el amontonamiento que se hace de gente y por el temor de que todo mundo toca la ropa, la manipula y luego la vuelve a colgar.

“Las señoras le tienen miedo al coronavirus, y tienen razón, yo a mis 60 años también le tengo miedo; mucha gente no entiende y no guarda la distancia, luego me cae gente sin cubrebocas y les tengo que decir que se pongan uno y se enojan, mejor se van, pero lo que a mi me preocupa más son los viajes que tengo que hacer en camión a la ciudad de México”.

-¿Y por qué le preocupan?, le comento.

-Es que en los camiones en que vamos pues dejan dos asientos llenos y dos vacíos, pero los asientos están muy amontonados de cualquier forma y luego le sientan a uno al lado a otra gente, así que uno no sabe si esa persona anda bien o no, así como ella tampoco sabe como anda uno, y luego el aire del camión, va uno muy encerrado, son más de diez horas de ida y diez de vuelta, con una persona que vaya infectada y vaya tosiendo o no usen sus cubrebocas hay mucho riesgo.

Los temores de doña Berta aumentaron porque su hermana mayor, de 67 años, enfermó de coronavirus y murió en la clínica 71 del IMSS. Como ella, tenía mucho sobrepeso y era hipertensa.

Antonia, “Toñita” para todos sus conocidos, trabaja como empleada doméstica en dos diferentes casas, tres días por semana en cada una.

Marzo y abril la descansaron, pero sólo una de las empleadoras le dio su sueldo; la otra, que tiene recursos económicos para ello, no le pagó, así que tuvo que arreglárselas con la mitad de su salario, que es de 6 mil pesos mensuales.

En mayo y junio la situación siguió igual, en parte debido a que las personas para las que trabaja ya son de la tercera edad y el esposo de Toñita es chofer de un taxi, lo que les mete miedo debido a las posibilidades de contagio.

En julio, una de las dos familias decidió tomar medidas prácticas, tal vez cansada de llevar ella todo el trabajo de limpieza de la casa, así que convino con Toñita que iba a ajustarse a las medidas de protección, como cambiarse de ropa y zapatos al llegar a la casa, utilizar tapabocas en el interior de la casa y avisar en caso de que alguien cercana a ella se infectara o ella misma se sintiera mal. El trabajo se normalizó.

La otra empleadora, cuyo marido tiene un problema de salud, se resistió por más tiempo, además de seguir sin pagarle su sueldo, hasta que finalmente, por convencimiento de Toñita, adoptó las mismas medidas de sanidad que las de la otra casa y volvió a trabajar en agosto. Cinco meses tuvo que pasar con solo medio sueldo.

El esposo de Antonia, aunque trabaja, es un desastre como proveedor y resulta un misterio en qué gasta lo que gana como taxista, pues su aportación a la manutención de la familia es mínima. No lo han corrido porque amenaza que es dueño de la mitad de la casa. No se requiere de una bola de cristal para darse cuenta de que tiene otra relación de pareja, en donde gasta lo que gana. Lo toleran, pero Toñita advierte: “ya lo tengo en calidad de bulto nada más, en mi casa no come y no se le atiende en nada”.

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