Una semana de silencio

Por: Rodrigo Tejeda 

Tenemos un presidente parlante; un homo verbal para el cual el acto de gobernar es fundamentalmente hablar, hablar y hablar.

Es un hombre que no aprecia el silencio, ni la enorme virtud de aprovechar las oportunidades que se le dan para permanecer callado; esas ocasiones en que no decir nada es un mensaje mucho más poderoso que pronunciar una banalidad. 

Después de año y medio de hablar durante horas casi todos los días, ha vaciado todo cuanto tenía que decir y se ha vuelto repetitivo. No hay sorpresa en su discurso, ni elemento nuevo, ni noticia importante, invariablemente es lo mismo.

Esto se vuelve mucho más difícil de sobrellevar cuando el hombre no es un gran orador y su voz tiene un tono y textura que tampoco ayudan.

Un carácter tan empecinado y refractario, que no escucha más voz que la propia y tiene un diccionario limitado a una docena de ideas fijas, no parece prudente que tenga semejante exposición mediática.

Es el heraldo de su propio gobierno, lo mismo en asuntos de cierta importancia que en nimiedades, pero si alguien se entrega a la tarea de seguir puntualmente semejante discurso tiene la obligación de verificar lo dicho, pues “él tiene otros datos”, pero además el tiene su propia realidad virtual, lo que implica un doble trabajo a los medios de comunicación que quieran informar con una objetividad, pero para un ciudadano común se vuelve cada vez más difícil el seguir su discurso.

Del grupo de periodistas que cubren sus conferencias, la mitad es un coro sacado de quien sabe que rincones de las redes sociales, que esta ahí para aplaudirlo y protegerlo de alguna pregunta incómoda; la otra mitad son los reporteros de los medios profesionales que cubren la fuente, pero muchos no son los más experimentados ni los mejores de su equipo, porque solo van a hacer presencia y a gravar lo que diga. No existen reporteros incómodos, incisivos, mucho menos provocativos o con algún sentido de sarcasmo o de humor, al menos para romper esa perorata diaria que luego se repite cientos de veces durante todo el día.

¿Sería mucho pedir una semana de silencio presidencial? Siete días de descanso verbal para destinarlos a la reflexión. Siete días sin esa narrativa demagógica en su mayor parte que puede ser adivinada antes de que sea siquiera pronunciada.

Siete días para que el país descanse y esperar que ocurra el milagro por el cual el presidente descubra que la sobriedad, la brevedad y la inteligencia son tal vez los elementos indispensables de los mensajes de un gobernante.

¿Son mucho pedir siete días para tener otra versión de esa cosa ambigua, nebulosa e indefinible que llaman la cuarta transformación? O sencillamente para disfrutar el silenció de un gobernante que tal vez necesita replantearse que la reflexión, el análisis y el consejo de los expertos son indispensables en la toma de decisiones para dirigir un país, mucho más cuando ese país atraviesa por una grave crisis y no está para plantearse grandiosidades históricas, lo que es ridículo, sino cosas mucho más modestas, como el salvar de la mejor manera los tiempos próximos que se nos vienen encima.

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