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El inframundo hospitalario del IMSS

Especiales / Especiales Principal / Slider / 3 diciembre, 2021

Por: Álvaro González

La que hace 41 años fue una clínica moderna, con suficiente equipo, espacio y personal para la población destinada en ese tiempo, hoy es un hospital profundamente enfermo. Ir a la Clínica No.71 del IMSS, en Torreón, desde hace muchos años es un verdadero calvario, ya sea que se vaya por una urgencia, con cita, a donar sangre o en la interminable y funesta espera de un quirófano. Las condiciones de atención, tanto a pacientes como familiares, son mayormente indignas, y a pesar de todas las denuncias y la ya abundante cantidad de trabajos periodísticos al respecto, el servicio integral de la llamada Torre de Especialidades, no deja de ser cada vez más indigno.

Tirada sobre el piso, con tan solo una toalla vieja debajo de ella, la mujer se pega lo más que puede al angosto pasillo, a los pies de la cama donde trata de dormitar su hija. La ventilación alta, la frialdad del mármol del piso y los primeros fríos de noviembre le calan hasta los huesos, duerme sólo a ratos, cuando el cansancio la vence.

Lleva durmiendo en ese rincón cinco días y siente que se está enfermando, pero se aferra desesperadamente a su rosario de cuentas blancas, pidiendo a Dios por la salud de su hija, la cual tiene ya una semana en espera de un turno en quirófano para ser operada.

Reza en silencio: “Santa María, madre de Dios, ruega señora por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén”.

En medio de sus rezos se escucha la música grupera de los aparatos de sonido de las dos enfermeras que están de turno en el área, a quienes les importa un demonio un letrero viejo pegado a la pared que pide guardar silencio.

A Isabel le duele la espalda y logra quedarse dormida un rato, pero escucha la voz de su hija que le pide ir al baño y de inmediato se incorpora.

Para llevar a su hija al baño hay que levantarla de la cama con esfuerzos, tomar con un brazo el tubo del cual cuelgan la bolsa de suero y la máquina de conteo, un cuatripie al que le falta una rueda y las otras no le funcionan porque están atascadas por pelo, pelusas y otras basuras.

De la cama al baño hay no menos de veinticinco o treinta metros. Con una mano carga el pesado artefacto que no rueda; con la otra tiene que sostener fuertemente a su hija, que está inmovilizada de la mitad de su cuerpo. Es una travesía que tiene que realizar no menos de tres veces cada noche.

En los baños sucios y malolientes sólo funciona un excusado; el otro debe tener mucho tiempo descompuesto.

Regresa a acostarse en la toalla vieja tirada sobre el piso y vuelve a quedarse un rato dormida cuando la primera claridad del día comienza ya a reflejarse en los ventanales del fondo. Ha transcurrido una noche más en el cuarto piso de la Unidad Médica de Alta Especialidad, UMAE, conocida en Torreón como la Torre de Especialidades o Clínica No.71

FOTO: CRISANTA ESPINOSA AGUILAR /CUARTOSCURO.COM

“NO PUEDE METER NADA SEÑORA”

La hija de Isabel está en espera de un turno de quirófano para ser sometida a una operación de columna vertebral, como consecuencia de una delicada lesión que le compromete la región cervical y le ha paralizado ya la pierna y el brazo izquierdo, pero le puede provocar un daño mucho mayor.

Para lograr un turno en uno de los 10 quirófanos con que cuenta la clínica se tienen que esperar muchos días de internación, en ocasiones semanas y no hay garantía alguna de que finalmente se logre ingresar a quirófano, porque se realizan más de 30 cirugías diarias de todo tipo de especialidades, para pacientes de Coahuila, Chihuahua, Zacatecas y Durango.

Para lograr ser programado para una cirugía se tiene que esperar hasta cuatro meses, pero eso sin tomar en cuenta que van llegando pacientes con emergencias graves, de la región y de los otros tres estados vecinos.

A diferencia de un hospital privado, aquí un enfermo no es atendido en ciertos aspectos básicos por las enfermeras, como son las evacuaciones, surtir medicamentos que no hay en la farmacia, tampoco hay ayuda alguna para ir al baño o para bañarse, aunque el enfermo esté imposibilitado, todo ello lo debe realizar algún familiar, pero desde su diseño las instalaciones sólo cuentan con camas en áreas compartidas, nadie pensó, ni piensa en el único familiar al que se le permite acompañar al paciente.

Si ya antes del COVID-19 los guardias eran implacables, ahora lo son más. No se puede ingresar nada a la clínica, ni una pequeña cobija, una pequeña almohada, nada de alimentos ni bebidas, de ningún tipo. El guardia esculca inclusive las bolsas de mano, como si se tratara de una revisión carcelaria.

UN TEMPLO DEL DOLOR

Cada habitación o área, como se le quiera decir, tiene cuatro camas y las habitaciones se separan para hombres y mujeres.

Ningún hospital, por más lujoso que sea, es un sitio agradable sino un templo del dolor, del miedo, de la desesperación frecuente; de un sufrimiento que puede ser prolongado o corto, dependiendo de la enfermedad y, penosamente también es un sitio de muerte. Bien podría ser la traducción del purgatorio que evoca la figura religiosa, pero aquí, por las condiciones, los sufrimientos se multiplican.

De las cuatro enfermas internadas en la habitación, la que parece tener mayor fortuna es precisamente la hija de Isabel, quien, a los ocho días de internada logra entrar a cirugía, en buena medida gracias al apoyo del jefe del área de neurocirugía de la clínica, el doctor José Antonio Candelas, quien accedió, en un gran gesto profesional, a operarla personalmente en un día sábado, aprovechando un espacio que dejó libre uno de los quirófanos, pero él mismo opina que esto fue un hecho afortunado.

En la segunda cama yace una jovencita de tan solo 18 años, quien padece un terrible tumor en su rostro que le está invadiendo ya varios órganos y pone en grave peligro su vida. Ella es lagunera, de Gómez Palacio, y logra turno en el quirófano a sólo tres días de estar internada, pero ello debido a su gravedad, porque la rapidez es sumamente extraña en este lugar. Su pronóstico es muy delicado, debido a que su diagnóstico ha sido tardío, después de pasar por toda la burocracia médica del IMSS y por la agresividad de su padecimiento.

En la tercera cama tiene dos semanas de internación una mujer ya mayor, de aproximados 70 años, quien dormita casi todo el tiempo. Es la tercera vez que se interna para ser operada y no ha logrado un turno en alguno de los quirófanos. Es originaria de Parral, Chihuahua, y el ser foráneo hace mucho más penosa y difícil la internación. Para estar en Torreón el IMSS le proporciona a uno de los parientes viáticos, pero estos son una cantidad irrisoria, que apenas alcanza para mal comer en una fonda.

La señora, de nombre Susana, está en espera de una cirugía a corazón abierto y sus parientes están ya desesperados, extenuados, su enojo es adormecido por el cansancio y el sufrimiento de velar a su madre. No hay más que seguir en la espera.

La última cama es ocupada por Rocío, una mujer de apariencia muy humilde, de aproximados 55 años. Ella sufre de un extraño padecimiento que le está generando un crecimiento óseo en una de las cuencas de sus ojos y poniéndola en peligro de perderlo.

Es también originaria de un pueblo de Chihuahua, tiene una semana y media internada, pero al día siguiente se retirará para regresar a su pueblo. De momento en la clínica no se cuenta con el aparato quirúrgico necesario para practicarle la operación y no se sabe, con certeza, cuándo estará disponible. Se habla de meses y ella se irá con la angustia del riesgo inminente de perder uno de sus ojos.

En el módulo o habitación ubicado enfrente y destinado a hombres, una mujer que debe tener alrededor de 65 años llora con desesperación, pero trata de tragar sus propios sollozos para no hacer ruido y por la vergüenza de externar su dolor.

Después de una larga espera han logrado que su marido sea operado de la columna vertebral, pero son originarios de Ciudad Juárez, Chihuahua, y no hay ambulancia para su traslado, pues la explicación es que se encuentra descompuesta y el traslado se tardará hasta un mes, un mes que tendrá que pasar internado y ella ya se siente agotada.

“¡Yo le digo a mi Dios que nos ayude, ya estoy muy cansada y también mi hija que me ayuda, que ha tenido que dejar el trabajo que tenía para venir a Torreón! Estamos muy gastados, lo poco que habíamos juntado ya lo gastamos, si tuviera uno dinero para poder contratar una ambulancia y poder llevárnoslo, pero con qué si ya no traemos nada. Él también ya está muy cansado y otro mes. ¡imagínese!

Alicia se siente feliz, relajada después de semanas de dormir en el piso, de comer en una mala fonda, del tedio de pasar incontables horas muertas. Mientras se seca cara y su pelo con una toalla vieja y percudida en uno de los lavabos del baño de visitas, dice:

“Nosotros somos de Parral, trajimos a mi marido, que tiene 57 años, para que le hicieran una operación de cateterismo, pero no me lo va a creer: ¡es la cuarta vez que lo internábamos y nada que lo operaban cuando ya le habían dado dos infartos en los últimos meses!

”En esta cuarta vez que venimos a internarlo nos querían volver a regresar y yo me le planté al médico y le dije: ¡discúlpeme pero ahora sí me lo va a tener que operar, porque si le da otro infarto no lo va a resistir! Y bendito Dios lo operaron y hoy nos dieron de alta y mañana nos vamos, no se imagina usted qué descanso.

“SE TRABAJA CON LO QUE SE TIENE”

La Clínica 71 fue inaugurada en 1982, hace ya 41 años, como un hospital de alta especialidad médica, pero para darle servicio a la región lagunera y a los estados vecinos de Durango, Zacatecas y Chihuahua.

En estos 41 años la población del área que la clínica cubre se ha duplicado y con ella la demanda de servicios especializados, por lo que existe una muy fuerte saturación.

En estos mismos 41 años los sindicatos de trabajadores del IMSS se han ido viciando y empoderando, hasta convertirse en uno de los gremios mejor pagados y con mayores prestaciones del país, pero, como recompensa son intocables.

La calidad del servicio ha dejado de disminuir; las instalaciones se han envejecido; gran parte de los médicos no tienen ya la misma vocación de servicio; los internos, que cubren gran parte del servicio, provienen de escuelas de medicina con niveles académicos cada vez más bajos, y los buenos especialistas están limitados.

“Aquí no te queda otra sino trabajar con lo que se tiene; es difícil sólo imaginarse que todos los días se hacen hasta 35 cirugías, muchas de ellas de alta complejidad, que te pueden llevar cuatro, cinco y hasta más horas de quirófano y el número de éstos es limitado”, comenta uno de los médicos especialistas que accedió con dificultad a ser entrevistado.

“Hay que entender que desgraciadamente esto no es un hospital privado; sólo hay lo indispensable, nada más, en ciertas especialidades hay equipamiento de vanguardia, eso hay que decirlo, pero un hospital como éste es una organización compleja, y hay que reconocer que muchas cosas no andan bien y han sido descuidadas.

”Aunque sea una situación de gravedad yo no puedo decidir si un paciente entra o no a quirófano, ni puedo cambiar el servicio de enfermería o las políticas que fija la dirección, mucho menos me puedo meter con el hecho de que todo el personal está sindicalizado.

”Es una lástima lo que pasa con muchos pacientes y tampoco somos indiferentes a las condiciones que tienen que pasar los familiares de los enfermos, y no puedo ignorarlo porque yo también opero en hospitales privados y puedo comparar que estamos en dos mundos diferentes. Una disculpa, me están llamando, que tenga suerte en su trabajo; no sé cómo te dejaron entrar, pero suerte.”

Un sistema hospitalario que fue de vanguardia hace más de cuarenta años, hoy está completamente rebasado; las inversiones son mínimas; la política se ha infiltrado, como una peste que va carcomiendo todo, y en lugar de mejorar, las nuevas medidas de los mismos políticos que deciden a nivel nacional hacen prever que esto empeorará, para darle prioridad a otros sistemas completamente improvisados.

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