La Ciudad de México se cansó

La Ciudad de México se cansó

Por: Álvaro González

Después de 23 años de gobiernos de izquierda, parecía tiempo más que suficiente para que la Ciudad de México se hubiera transformado y dejara atrás esa monstruosidad en la que se había convertido, por obra y gracia de décadas de malos gobiernos anteriores.

Harto de vivir en una gigantesca y caótica urbe, el ciudadano capitalino pareciera dispuesto a pasar por alto todo, con tal de que las cosas pudieran mejorar en el siguiente gobierno, y por la evidente repulsión de echar marcha atrás y regresar al pasado.

Es indiscutible que su tolerancia y su paciencia fue beatífica y pasaron por alto de todo: la tibieza anecdótica de Cuauhtémoc Cárdenas, dejando el primer gobierno de izquierda a la mitad para ir en busca de la presidencia; los “guardaditos” de Rosario Robles y sus carísimos amoríos con un bandido que saqueó el erario capitalino; la imagen obscena de René Bejarano llenando maletas de dinero y llevándose hasta las ligas para el financiamiento del partido; el ocultamiento del gasto de las obras del segundo piso del periférico; la corrupción rampante en las obras de la línea 12 del metro.

No parecía haber nada que cambiara las preferencias electorales, hasta que uno de los gobernadores capitalinos de izquierda alcanzó la presidencia y pensaron, esperanzados, que ahora sí vendría el gran cambio a una urbe próspera y progresista, moderna, que dejaría atrás los niveles precarios en la calidad de vida.

Pero vino la desilusión. La inseguridad empeoró, la pandemia hizo estragos y se cebó en las familias ante la indiferencia oficial; los grupos feministas y en general el movimiento fue gaseado y despreciado; los académicos, los maestros y los pequeños y microempresarios, tratados con la punta del pie; los cárteles del crimen organizado, empoderados, y la informalidad creciendo como principal alternativa de vida; el dinero de todas las organizaciones de la sociedad civil fue recortado o eliminado y, para remate, la línea 12 del metro se desploma dejando una estela de muertos, ante un gobierno que se tardó ocho horas en dar una repuesta.

Y como no hay aguante que no se venza, la sociedad civil se cansó y decidió ir a quitarle su voto a la izquierda, después de más de 20 años de esperar el cambio.

Nueve alcaldías de las 16 que conforman la Ciudad de México pasaron a manos de la oposición, golpeando el Sanctasanctórum del morenismo y de la izquierda, el santuario mismo de un gobierno que proyecta una sombra de autocracia y arrogancia.

La mismísima alcaldía Cuauhtémoc quedó en manos de la oposición y con ello el palacio nacional y el zócalo capitalino.

Como recompensa a un acto de voluntad ciudadana libre y democrática, la mitad de los habitantes de la Ciudad de México fueron objeto del insulto presidencial, de la inagotable capacidad de López Obrador para ofender y descalificar.

Lejos de encajar la derrota y agradecer que les tuvieron paciencia por más de 20 años, les llenaron de insultos, lo que no hará sino afirmar la convicción de que ejercieron su voluntad frente a un grupo político que no quiere ciudadanos pensantes sino súbditos y fanáticos sumisos, quienes reciben con mansedumbre la dádiva.

El santuario fue profanado y sus reliquias se han ido al suelo, lo mismo que sus ídolos.

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