Por: Rodrigo Tejeda
En todos los casos la mentira es algo esencial, pero hay niveles, que van de lo inofensivo a lo siniestro o perverso
Los políticos tienen la obligación de resolver los problemas de una determinada sociedad, no todos, pero si la mayoría de los más importantes; ese es su quehacer cuando llegan al poder, pero ya en él, es de lo más frecuente que resuelvan poco de lo que prometieron, por lo cual recurren a la mentira para justificar su incapacidad o, sencillamente, la imposibilidad de hacerlo, creando un discurso donde todo marcha bien; un mundo feliz.
Así, para los políticos la problemática social siempre tiene un panorama dichoso y prometedor. Las cosas van bien, y si hay problemas que no pueden ocultar por lo obvio o escandaloso, prometen que lo resolverán de alguna manera.
Para los políticos que no están en el poder, es decir las llamadas oposiciones, la mentira es en sentido inverso: todo lo que puede estar mal está mal, comenzando con los gobiernos en funciones. No hay nada de provecho, todo son errores, mentiras o corrupción.
De esta manera las campañas electorales ofrecen discursos que están construidos con una gran cantidad de mentiras, de verdades a medias y de buenos propósitos, que deben de resultar lo más seductores posibles.
En todos los casos la mentira es algo esencial, pero hay niveles, que van de lo inofensivo a lo siniestro o perverso. Adolfo Hitler jamás le dijo a Alemania y al mundo lo que traía en mente cuando buscó el poder, el cual, increíblemente, obtuvo de una forma democrática.
Winston Churchill hizo algo muy raro en la historia de la política mundial: en su más célebre discurso dirigido a los ingleses antes de iniciar la guerra contra los nazis, en 1940, les ofreció “sangre, sudor y lágrimas”, no les mintió, como suelen hacer los generales antes de iniciar una guerra: la victoria y la gloria. Les dijo lo que realmente les esperaba, y triunfaron, por ello los ingleses consideraron, y consideran, a Churchill como “el Dios de la guerra”.

Pero regresemos al escenario actual.
Andrés Manuel López Obrador y su reducido círculo de confianza, nunca dijeron en su campaña electoral por la presidencia lo que realmente pensaban hacer con el poder, de la misma forma que ocultaron la mayor parte de sus relaciones y complicidades dentro y fuera del país.
Dijeron, sí, que combatirían la corrupción hasta sus últimas consecuencias y que gobernarían para el pueblo y por el pueblo, lo que tampoco especificaban fue de qué manera lo llevarían a cabo. Se confesaron demócratas y defensores del régimen de derecho y ofrecieron resolver el problema del crimen y la inseguridad en todo el país.
También ofrecieron un nuevo periodo de crecimiento y prosperidad económica, y, bajo ninguna circunstancia, incrementarían la deuda pública.
Nunca dijeron que pensaban instaurar un régimen populista y autoritario que tiene el propósito de perpetuarse en el poder, desmantelando las instituciones que soportan nuestra incipiente democracia, que buscaba consolidarse a partir de la transición iniciada en el año 2000.
La capacidad de mentir de López Obrador resultó asombrosa. Ningún presidente de la historia de México a perorado tanto como él en su púlpito diario de “las mañaneras”, y ninguno ha dominado como él el arte de la mentira.
Creó así la idea de un México nuevo, a través de lo que llamó la cuarta transformación, que era una transición histórica hacia la justicia, la libertad, la prosperidad y el desarrollo que nos ubicaba entre las grandes naciones del mundo.
Acaudillado por él, el país inauguraba una era nueva, fantástica. No más pobres, no más injusticia, no más fraudes electorales, no más neoliberalismo, no más dependencia de las potencias internacionales.
Fue tan hábil en el mentir que se despidió del poder como “el presidente más grande de la historia moderna de México”, según las palabras de su tutelada sucesora, Claudia Sheinbaum.
Y, con la distribución de dinero a través de los Programas del Bienestar, una parte importante de la población realmente cree que fue así de grande, y no un gobernante lleno de contradicciones y de mediocridad e irresponsabilidad en muchas de sus políticas, decisiones y obras de gobierno que emprendió.

A través de su sucesora conserva en gran medida la imagen, pero el problema es que, poco a poco, el barniz que colocaron sobre los grandes problemas del país se ha ido agrietando, y Claudia Sheinbaum no tiene ni a distancia el dominio del arte de la mentira, por lo que cada vez con más frecuencia prefiere eludir el hablar sobre los problemas que ha tenido crónicamente el país, los que le heredó AMLO y los que han surgido del nuevo entorno internacional que nos rodea.
La economía del país tiene problemas; la deuda pública creció casi al doble; los salarios han subido pero el empleo ha bajado; la pobreza disminuyó un poco, pero a base de repartir dinero que viene del endeudamiento; el sector salud está más deteriorado que en 2018; el sistema educativo tampoco ha salido de sus principales problemas; la corrupción nunca se combatió y aparecieron formas nuevas y más peligrosas, como el huachicol fiscal y la narcopolítica, que ya existían, pero ahora han pasado a manos de políticos e inclusive algunos militares; la división de poderes ha sido formalmente aniquilada, con lo que ha resurgido con más fuerza el presidencialismo; las obras magnas, cuyas cuentas permanecen ocultas, no caminan, por más que la publicidad oficial diga lo contrario; el crimen organizado está casi intacto y su infiltración a la política se ha profundizado. En fin, la cuarta transformación avanza en aguas turbulentas y con riesgo de que empeore la tormenta.
El optimismo sobre el mundo feliz prometido ha comenzado a descender, de manera lenta, porque tiene el soporte del reparto masivo de dinero, pero este año de 2026 es especialmente crítico.
En el mejor de los escenarios una buena renegociación del T-MEC, la joya del neoliberalismo, le daría oxígeno a la economía del país y a la 4T. Una negociación difícil nos situaría en una posición de crecimiento bajo, mediocre, que permitiría flotar hasta el final al gobierno de Claudia Sheinbaum, pero un desmantelamiento del T-MEC pondría a la economía del país en una situación muy, muy difícil, pues aparte de los beneficios implícitos de una buena negociación, a la economía del país le urge certeza, confianza en la inversión nacional y extranjera.
Habrá que reconocer que aquel que diga poder pronosticar lo que ocurrirá en la economía y la política del país en 2026 es un mentiroso.
Lo que no es mentira es que 2026 será el año en que se decidirá el destino del gobierno de Claudia Sheinbaum, y con el de la 4T.
La cuarta transformación nunca contempló el segundo periodo de Donald Trump, quien le ocultó a su país y al mundo muchas de sus ideas e intenciones, aunque sí fue brutal en algunos temas que está tratando de cumplir con fiereza, pero mintió de una manera siniestra sobre algunos de sus principales propósitos, que en su megalomanía sociópata y en los intereses más oscuros del gran capital, están trastornando el orden mundial tal como lo conocimos antes de su segundo mandato. El también, como AMLO, quiere pasar a la historia y en ese terrible propósito está.







