Una semana no muy santa

Una semana no muy santa

Por: Álvaro González

La Semana Mayor se está volviendo cada vez menos santa, en la medida que la clase media, la alta y una parte de la popular, toma estos días como vacaciones, aprovechando que muchas empresas conceden al menos del jueves al sábado como descanso y se incluye el domingo. El sistema educativo oficial y particular se toma toda la semana como vacaciones.

Lo que llamamos como la “semana santa”, que dentro de la liturgia de la Iglesia Católica corresponde a la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, es considerada como la celebración mayor, por encima de la natividad que se celebra cada mes de diciembre.

En los tiempos de nuestros padres toda la cuaresma, que en este año comenzó con el “miércoles de ceniza” el 19 de febrero, era un periodo de guardar, donde ordinariamente se practicaba algún tipo de penitencia o al menos de privación voluntaria de algún hábito o práctica que se considerara como no muy cristiana, pero además se acostumbraba a preparar cierto tipo de comida, como romeritos, torrejas, pescado, entre otros.

La semana santa, que es la culminación de la cuaresma, eran días de guardar; de recogimiento, con prácticas de oración, para llegar a los días santos, que era el jueves, viernes, sábado y domingo, considerados, respectivamente, la celebración de la pasión y muerte de Cristo, el luto, la resurrección y la gloria.

Pese al secularismo o pérdida del sentido religioso en gran parte de la población, la semana santa sigue siendo la celebración mayor del catolicismo y es una tradición milenaria, donde se realizan el viernes santo los llamados viacrucis, que es toda una representación de la pasión y muerte de Jesucristo.

En México hay miles de representaciones, algunas de ellas verdaderamente tumultuarias, como la de Iztapalapa en la ciudad de México. En Torreón se realiza en el cerro de las Noas y tiene una concurrencia masiva.

Son organizadas de forma espontánea por los vecinos, que suelen prepararlas durante todo el año, pues este todo un montaje  donde participan una gran cantidad de actores, entre los que lleva obviamente el papel principal el vecino que representa a Jesucristo, quien se prepara todo el año para desempeñar el papel, por lo cual debe privarse de vicios y costumbres disolutas para estar acorde, además de dejarse crecer el pelo y la barba y mantenerse en buena forma física, pues no se aceptan actores que sean obesos o demasiado corpulentos, sino más bien con cuerpos de preferencia delgados, ascéticos. 

Todo es bien conocido, pero el caso es que la semana santa se está volviendo cada vez menos santa, en la medida que la clase media, la alta y una parte de la popular, toma estos días como vacaciones, aprovechando que muchas empresas conceden al menos del jueves al sábado como descanso y se incluye el domingo. El sistema educativo oficial y particular se toma toda la semana como vacaciones.

Sucede entonces que hay que ir de vacaciones, de preferencia a un destino de playa, que se ponen a reventar, pero cualquier otro destino es bueno, todo está en el presupuesto o lo que se desee gastar.

Los Villarreal, una familia de clase media con tres hijos entre la adolescencia y la juventud, se ha comprado un paquete vacacional para ir a Mazatlán de miércoles a domingo de la semana santa, por un costo de 47 mil pesos, todo incluido para sus cinco integrantes, pagaderos a 9 meses sin intereses con su tarjeta de crédito.

El año pasado también lo hicieron. Fueron cinco días de comilona y borrachera, pues hay que desquitar el “todo incluido”.

El padre, que es alcohólico social, aunque no lo quiera reconocer, bebió tanto en los dos primeros días que el tercero tuvo una “cruda” espantosa, que lo mantuvo medio día tirado en un catre.

En el tercer día el hijo mayor secundó a su padre en la borrachera, y pese a las recomendaciones de seguridad, se fue de antro y apareció hasta el otro día por la mañana con una resaca de órdago, que lo mantuvo dormido casi todo el día.

La hermana, que es la segunda de edad, también se fue de antro con unas amigas y también, pese a las recomendaciones de seguridad, desapareció el cuarto día hasta las cuatro de la mañana, hora en que la fueron a llevar al hotel bastante descompuesta y ajetreada.

Para el tercer día la pareja del padre y la madre tuvieron una pelea, pues, a decir de ella, él “no la atendía” por estar en la borrachera.

Enojada, la señora se dedicó a comer con verdadero rencor todo lo que pudo, algo que no soportó su estómago y estuvo al menos un día con diarrea.

Para el domingo, que era el día de retorno, dieron la última comilona por la mañana, con un almuerzo pantagruélico, hicieron las paces por los pleitos que habían tenido, recordaron los momentos felices, se rieron mucho y emprendieron el viaje de regreso.

Durante nueve meses tendrán que pagar 5 mil pesos a la tarjeta de crédito, pero lo bebido, lo comido y lo bailado piensan que ya nadie se los quita. Esta fue su semana santa.

Son católicos y la esposa inclusive participa en un grupo parroquial, pero en esos días de vacaciones nadie se acordó, ni por accidente, de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Todo se fue, según el catálogo del padre Ripalda, en la gula, la ebriedad, la fornicación y la pereza, no fue pues una semana nada santa.

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