Por: Eduardo Rodríguez
Lo más delicado es que muchos de los políticos que “chapulinean” ocupan cargos de elección popular, es decir fueron propuestos por un determinado partido y el elector les dio su voto para representarlos, por lo cual el “chaqueteo” es, literalmente, una traición a los electores que le dieron su confianza.
El sistema político mexicano ha caído en la partidocracia, donde reducidas camarillas políticas controlan las organizaciones partidistas, autorizadas y financiadas por la ley electoral, a través del INE y de los institutos electorales estatales.
Tener un partido político es un gran negocio; a tal grado que se convierte en un mercado, donde se compra y se vende.
Ya sucedía, pero en el actual gobierno de López Obrador el llamado “chapulineo”, “chaquetazo” o brinco de un partido a otro se ha vuelto un espectáculo masivo y obsceno. AMLO ha llenado a Morena de priistas, panistas y de otros partidos, desplegando una gran capacidad corruptora y un pragmatismo aberrante.
Lo más delicado es que muchos de los políticos que “chapulinean” ocupan cargos de elección popular, es decir fueron propuestos por un determinado partido y el elector les dio su voto para representarlos, por lo cual el “chaqueteo” es, literalmente, una traición a los electores que le dieron su confianza.
La ley que rige a los partidos y a los procesos electorales requiere de muchos cambios, que eliminen toda una serie de vicios que se han ido creando en el manejo de los partidos y de los políticos que los integran, pues, aunque se ha perdido por completo la noción de ello, se trata de instituciones públicas, pagadas con dinero del erario, es decir de todos los contribuyentes.
Parece indispensable una disposición que prohíba a un político, en el ejercicio de un cargo de elección popular, pasarse a otro partido distinto, en tanto no termine el periodo para el cual fue electo.
En Coahuila, y en la mayoría de los estados del país, el partido oficial se ha llenado de políticos que dieron el “chaquetazo”, ya sea por iniciativa propia o por una labor corruptora de Morena, que inclusive negocia con ellos canonjías, como cargos públicos, cuotas de poder y algo bastante tentador: la impunidad sobre sus corruptelas.
Todo esto lo podemos ver en Torreón y el espectáculo es realmente obsceno, apesta. Políticos como Luis Fernando Salazar Fernández se pasó a Morena siendo diputado electo por el PAN, y lo hizo negociando la candidatura a la presidencia municipal, la que perdió. Hoy es senador electo por Morena. Se trata de un junior ambicioso y sin escrúpulo alguno, pues toda su precoz carrera se la debía a los panistas. Es miembro de una familia rica y vive en la lujosa colonia residencial Las Villas, en una casa valuada en un millón de dólares, pero eso no parece importarle a nadie.
Shamir Fernández, quien acaba de perder como candidato a la presidencia municipal, se pasó súbitamente a Morena, cuando hasta la camisa que trae puesta se la debe al PRI, del cual era diputado federal electo en funciones, pero además había explotado como pocos su condición de priista, al grado de tener como canonjía adicional una Notaría Pública, pero está obsesionado con ser presidente municipal.
Para pasarse a Morena, cuando inclusive había sido dirigente municipal del PRI en Torreón, negoció el ser candidato a la presidencia municipal, pero todavía más: que su esposa, Pily Aguinaga, fuera candidata a una diputación local, y efectivamente fue candidata, pero perdió de una manera abrumadora.
Jorge Luis Morán, quien fue presidente municipal interino de Torreón y, como último cargo, titular de la oficina de inteligencia financiera del estado, pues mantenía una muy estrecha relación de amistad con Miguel Riquelme Solís, todavía el año pasado gobernador del estado, repentinamente se pasó a Morena, para sumarse a la campaña de Armando Guadiana Tijerina; cuando es un político con graves antecedentes de corrupción, pretendía ser nuevamente presidente municipal. En sus actos de proselitismo se presentaba, increíblemente, como un modelo de honestidad y criticaba a quienes, meses atrás, lo habían apoyado incondicionalmente, al grado de ponerse a ventilar hasta la vida privada de figuras como la de Miguel Riquelme Solís, sobre lo cual daba inclusive detalles de tipo íntimo, lo que es bastante coherente con la calidad moral del personaje; una verdadera ave de pantano.
Si la dirigencia de Morena quiere recoger toda la basura política que quiera es su problema y su incoherencia, pero un político que ha sido electo por el voto ciudadano para un cargo de representación no debería, por elemental ética, poder “chaquetear” y pasarse a otro partido político, no importa el que sea, porque se debe, mientras dure el cargo, a quienes le eligieron en las urnas.







