Por: Marcela Valles
Como cada quién gasta su dinero de la mejor manera que le parece, y el dicho dice “que en cuestión de gustos se rompen géneros”, tratas de entender porque un espectáculo que tiene esos costos es una impostura de un cantante viejo y enfermo, quien ya no puede cantar, mucho menos ofrecer un espectáculo público de paga y realizar toda una gira.
Debo decir que fui invitada a un espectáculo musical por una amistad, quien tuvo la cortesía de pagar el costo. Yo, que nunca había visto al artista, quien debo de reconocer que no es de mi gusto, ni siquiera de mi época, acepté la invitación por educación y con la expectativa de divertirme.
Cuando el espectáculo terminó me entró irrefrenablemente el espíritu de la crítica, pero, como repito, fui invitada, tuve que pedirle la anuencia a quien tuvo la consideración de hacerlo y estuvo de acuerdo, así que dicho esto externo mi punto de vista sobre lo que yo vi y, de paso, lo que veo en las carteleras sobre espectáculos musicales y teatrales que se ofrecen en la ciudad. En la provincia para usar el lenguaje de los defeños.
Se trató del espectáculo musical de Miguel Bosé, un artista español muy conocido, que ha alcanzado su mayor fama allá, en el siglo pasado, hace por lo menos tres décadas o algo más.
Lo primero que me impresionó fueron los costos del espectáculo, que iban desde 8 mil pesos en área VIP; 6 mil, 4 mil y 2 mil 500 pesos en los tendidos de este recinto denominado Coliseo Centenario, que es realmente una plaza de toros techada, que, a falta de toros, se ha dedicado exclusivamente a la presentación de espectáculos musicales.
Ocho mil pesos son 400 dólares, menos de lo que pagué en Las Vegas, Nevada, por ver a Carlos Santana, quien tampoco es de mi época, pero es un músico mexicano genial; uno de los mejores guitarristas del mundo, quien tiene un espectáculo excelente.
Alrededor de las 10:30 de la noche salió al escenario Miguel Bosé, vestido todo él de blanco, con una ropa holgada sobre la que llevaba un saco muy largo, tipo hindú. Como es obligado, con mucho maquillaje, en fin, que usted ya lo conoce y lo debe de haber visto en muchísimas ocasiones. La misma fisonomía, solo que más viejo. Creo que debe estar por los 70 años.
Vestido pues de blanco inmaculado, muy delgado él, inició su espectáculo y comenzó a cantar parte de un repertorio de canciones, casi todas ellas viejas, allá de los años ochenta y noventa del siglo pasado. La gente se emociona y canta junto con él. El lugar está lleno y le caben miles de gentes. Hay muchas parejas de muy diversas edades.

La coreografía, para un espectáculo de este tipo, está bien; la iluminación cumple, nada más, lo mismo que el grupo de bailarines que le acompaña en el escenario.
Hasta aquí dices ¡Bueno, pues ya se pagó la entrada, hay que disfrutarlo! Pero de pronto, entre canción y canción, el señor comienza a hablar y te das cuenta de algo que te parece increíble: está enfermo y enfermo de algo delicado.
La piel está cubierta por el maquillaje, lo mismo que el contorno de los ojos, pero la voz en un enfermo es una manifestación inequívoca. Su voz es muy baja, inusualmente ronca y tiene dificultades para respirar con normalidad, y entonces te das cuenta que no está cantando él: todo lo que has escuchado es play back; una grabación que ha sido cuidadosamente preparada, y eso, por donde lo veas, es un fraude. Es como escuchar un CD pero con la actuación de mímica del cantante y el acompañamiento musical en vivo, más la coreografía.
Lo más desconcertante es que la mayoría de los asistentes parece no darse cuenta, o hace como que no se da cuenta, pues ya está ahí y lo que quiere es divertirse, porque su buen dinero le ha costado.
El espectáculo sigue. Se cambia el vestuario por uno amarillo y luego por uno rojo, al que le abrochan una cama gigantesca, que cubre la gradería que está colocada sobre el escenario. Se la quitan, pues siendo espectacular debe ser pesadísima para traerla encima y él, como dije, apenas puede respirar.
Por lo mismo del play back su interacción con el público es muy cuidadosa. Evita salirse de un repertorio que debe estar bien planeado, incluida las tres últimas canciones de “regalo” que al final le pide el público.
Como cada quién gasta su dinero de la mejor manera que le parece, y el dicho dice “que en cuestión de gustos se rompen géneros”, tratas de entender porque un espectáculo que tiene esos costos es una impostura de un cantante viejo y enfermo, quien ya no puede cantar, mucho menos ofrecer un espectáculo público de paga y realizar toda una gira.
¿Por qué los reporteros de espectáculos no consignan lo que cualquier persona con un mínimo de sentido de observación se dio cuenta? Vaya usted a saber como se las arreglan los organizadores del evento para lograr tapar algo así.
La última vez que había venido a este lugar, hace ya varios años, fue como invitada a un espectáculo del cantante argentino Leo Dan, quien ya entonces era un señor muy grande de edad, calvo, con una gran barriga, vestido con un traje de oficinista, pero sin corbata, con su grupo indispensable de músicos, nada de coreografía, nada de bailarines, apenas unas pocas luces escénicas, pero el señor tenía intacta su voz, además de ser una persona muy agradable; nada de poses y afectación. Mi mamá se divirtió en grande, lo mismo que mi papá y yo me la pase bastante bien. Si lo tenemos que decir era un anciano, pero un anciano con todas sus facultades, quien, por cierto, me enteré por la prensa no hace mucho, ya ha fallecido.
Como me ha entrado la comezón de la crítica, trataré de meter nariz en esto de los espectáculos tanto musicales como teatrales que se ofrecen en Torreón, a precios que me parecen muy altos y, por lo que pude ver, son muy concurridos por el sector de la población que tiene la capacidad económica para pagarlos.







