Por: Gerardo Lozano
Para muchos, que no quieren ver todo un escenario que lo demuestra, la presencia de López Obrador es una ficción: él está en Palenque escribiendo su siguiente libro, entregado a una vida bucólica.
Ya se habían dado varias señales que evidenciaban que en el Senado y en la Cámara de Diputados, los operadores de Morena: Adán Augusto López y Ricardo Monreal, estaban tomando decisiones que no eran tan siquiera informadas a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien en sus conferencias de prensa manifestaba no tener conocimiento de ellas. Este fue el caso de algunas medidas radicales propuestas sobre el Comité de Evaluación de candidatos a jueces y magistrados, ya de por sí aberrante, y otros aspectos relacionados con la llamada Supremacía Constitucional, también aberrante.
Como las de Morena no son bancadas sino manadas de senadores y diputados, no van a ningún lado si antes no reciben línea e indicaciones precisas, las que siguen con una disciplina prusiana, vergonzante, por lo que todo cuanto ocurre tiene una mano que mece la cuna, y esa no es la de Adán Augusto ni la de Ricardo Monreal, sino la de palacio nacional, pero si no es la de palacio nacional solo hay otra mano que puede hacerlo: la de Andrés Manuel López Obrador.
Para muchos, que no quieren ver todo un escenario que lo demuestra, la presencia de López Obrador es una ficción: él está en Palenque escribiendo su siguiente libro, entregado a una vida bucólica.
Pero lo que ha sucedido el pasado 12 de noviembre con el nombramiento de Rosario Piedra Ibarra, quien fue reelegida como presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, ha puesto en duda hasta a los más ingenuos y crédulos. Hubo tal tensión que las bancadas de Morena estuvieron a un paso del rompimiento; de la partición del voto, por lo absurdo y empecinado del nombramiento de reelección.
Se tuvo que imponer una disciplina a la fuerza, pero Rosario Piedra no era la candidata de la presidenta Claudia Sheinbaum. Eso estaba bien claro. Piedra Ibarra ha sido una funcionaria inepta, la peor evaluada de todas las aspirantes, e inclusive ya descartada, pero de pronto llegó la línea de eliminar a la segunda mejor evaluada y meter en la terna a Rosario Piedra.
Este hecho fue interpretado por todos los medios, sin excepción, como la presencia de Andrés Manuel López Obrador en el gobierno de Claudia Sheinbaum, algo que se ha manejado desde las precampañas presidenciales por parte de la oposición y de todos los analistas políticos.
Hay la consigna radical de sacar adelante todas las reformas constitucionales propuestas por AMLO y este, empecinado como es y con el apoyo de los radicales de Morena, no quiere cambios de ninguna naturaleza, por más aberrantes que resulten las propuestas, pero tampoco quiere cambios en ciertas políticas públicas.
La consigna evidente de tener a una presidenta como Rosario Ibarra en la CNDH es darle campo abierto a la Guardia Nacional, al ejército y a la marina, pero Rosario Ibarra es tan inepta que no sabe tan siquiera de sutilezas, de guardar ciertas apariencias, y, por lo menos, desempeñar su tarea para con la sociedad civil en casos y asuntos que son necesarios, inevitables en cualquier gobierno que quiera cubrir, de forma elemental, una política básica de protección de los derechos humanos. Y conste que esto se da en un partido que se dice de izquierdas, y una presidenta que presume, públicamente, que proviene de un movimiento universitario de protesta
Se pudo, con otra persona más calificada e inteligente, cubrir las exigencias de las fuerzas armadas, que han adquirido un enorme poder y ya imponen condiciones, pero darle un mínimo de eficiencia a la institución, que Piedra Ibarra dejó en el más completo descrédito, lo que suponemos era el propósito de Claudia Sheinbaum, pero estaba la consigna de imponer a Rosario Piedra con mano autoritaria, irracional.
Si se partiera de que la consigna fue de la presidenta, entonces el escenario es aún peor, pero esto no explicaría la resistencia de una parte importante de los senadores y diputados, a quienes el nombramiento les pareció algo excesivo, indigerible. De ahí que todos concluyan que la mano fue de López Obrador.
En la misma reunión, un coro de diputados morenistas le cantó “las mañanitas” a López Obrador, a quien le siguen llamando presidente, pues muy casualmente era el día de su cumpleaños número 71.
Desde la conformación del actual gobierno, y aún antes, López Obrador se ha comportado como el jefe máximo, imponiendo al menos a la mitad del gabinete, controlando el partido, estableciendo candados, manejando toda su influencia en el poder legislativo y exigiendo con términos duros, inclusive amenazantes, el cumplimiento de sus consignas.
Hoy es el vigilante activo de que se cumpla su proyecto de “la cuarta transformación”, azuzado por el fantasma histórico del expresidente Lázaro Cárdenas, quien realizó una reforma social, pero dejó en la presidencia a Manuel Ávila Camacho, todavía un militar, pero de línea moderada. Claudia Sheinbaum fue nombrada presidenta, bajo el juramento de continuidad y de docilidad, pero aparentemente no de sumisión.
El vicecoordinador de la bancada de Morena en la Cámara de Diputados, Alfonso Ramírez Cuellar, muy allegado a la presidenta, ha lanzado un movimiento denominado Construyendo el Segundo Piso, que está buscando la agrupación de sindicatos, organizaciones sociales y empresarios ajenos a la militancia de Morena, para apoyar el gobierno de Claudia Sheinbaum, “sin rupturas, sin partidismos”. Por algo será.
En el tercer mes del nuevo gobierno se comienza a notar tensión, y todavía no entra en funciones Donald Trump y su escuadrón de halcones, quienes le pueden cambiar el rumbo a esta historia. De entrada, ya mandaron llamar a Kent Salazar y le han corregido el discurso, para lanzarse sobre el manejo de la seguridad, donde López Obrador es indefendible, eso solo para comenzar a poner a tono el discurso con las políticas que vienen.
La presidenta, en su conferencia mañanera, casi de inmediato exhibió y reprendió públicamente a Ricardo Monreal, coordinador de los diputados, por el uso de un helicóptero privado para transportarse. Podría haberlo justificado, porque a los miembros del círculo rojo morenista se les justifica todo y hasta se les defiende, pero a Ricardo Monreal lo exhibió y lo reprendió. Por algo será.
Al otro día Monreal salió a pedir disculpas y a mostrarse humilde, sumiso. Por algo será.







