Por: Eduardo Rodríguez
El PAN ha mostrado, casi desde sus orígenes, que carece de un proyecto de país sólido, pero también una incapacidad para realizar cambios sociales de gran calado
Con la caída del PRI y su ascenso a la presidencia de la república en el año 2000, el PAN debió convertirse en un partido fuerte, con una clientela sólida que represente a sectores muy amplios de la sociedad mexicana que, contra lo que hoy se dice, sigue siendo una sociedad muy conservadora y, en su mayoría de centro-derecha, incluidas las nuevas generaciones que, aunque no se manifiesten políticamente de forma masiva, tienen un estilo de vida y una idiosincrasia que se identifica con las corrientes de centro-derecha.
Lejos de consolidarse como partido político, el PAN, que logró muchas gubernaturas e importantes gobiernos municipales, además de la presidencia de la república, terminó muy debilitado al término del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa quien, al igual que Vicente Fox, el presidente de la transición democrática, resultaron dos gobiernos tan pobres que permitieron un resurgimiento del PRI, que llevó al poder a Enrique Peña Nieto, un modelo acabado de mediocridad y de ineficiencia política.
El PAN ha mostrado, casi desde sus orígenes, que carece de un proyecto de país sólido, pero también una incapacidad para realizar cambios sociales de gran calado. Todavía más: carece de un proyecto económico y de desarrollo propio, lo que demostró en los doce años que ocupó la presidencia de la república.
El grueso de los principales cuadros del PAN, como lo demuestra el caso de Torreón y de Coahuila, se conformó por camarillas de jóvenes de clase media, quienes se dedicaron a enriquecerse en lugar de buscar un cambio sustancial del sistema político mexicano.
Uno puede estar a favor o en contra de Morena y de esa figura ambigua llamada la 4T, pero tiene que reconocer que hay en ellos voluntad de poder; determinación para tomar decisiones que intentan, desgraciadamente de una manera muy cuestionable, crear un régimen político nuevo.

El PAN nunca se atrevió a desmantelar al PRI y al viejo régimen, y eso le costó perder gran parte del apoyo social que había logrado con la transición, que abrió un periodo de esperanza en el cambio, el cual nunca llegó. La tibieza o incluso la complicidad fue la tónica ante muchos de los problemas más críticos del país. Fueron la continuidad, no la diferencia.
La consecuencia fue una estrepitosa caída electoral, que le permitió a Andrés Manuel López Obrador y su movimiento, alcanzar el poder y, ya en él, hacer lo que les ha venido en gana, sin que exista un solo partido de oposición que haga contrapeso, algo que sí sucede en países como Brasil y Argentina, donde la izquierda no puede actuar a su antojo y debe equilibrar sus decisiones ante la influencia de partidos o movimientos efectivos de centro-derecha.
Contra lo que intentan vender los morenistas, en México no existe una extrema derecha como fuerza política: toda la oposición que sobrevive está inscrita en una corriente de centro y de centro-derecha. Un Eduardo Verástegui y su diminuto movimiento, solo representa un chiste de mal gusto, no una fuerza política real.
Aun teniendo ahora un gobierno que se dice de izquierda, e inclusive una presidenta de la república que familiarmente hereda tendencias comunistas (su padre fue militante del pequeño Partido Comunista Mexicano, aunque poco comprometido en movimientos reales), el grueso de los mexicanos no tienen una identificación ideológica con la izquierda, y esto vale lo mismo para la mayoría pobre que para las clases medias y por supuesto la alta, esta última muy reducida debido a la concentración de la riqueza del país.
En México los pobres buscan la prosperidad a través de vías económicas capitalistas. Los Estados Unidos es un referente para las clases populares, que han estado emigrando por millones en busca del sueño norteamericano, desde las primeras décadas del siglo pasado, en tal proporción que hoy los migrantes originales y su descendencia que habitan en los EEUU, equivalen a un terció de la población que habita en México.

Las remesas de los migrantes representaban, hasta el año pasado, cerca de un billón de pesos, algo que se acerca a la mitad del presupuesto disponible de todo el gobierno federal, después del reparto a los estados y los compromisos fijos que se tienen que cubrir presupuestalmente.
Los más pobres en México son, en una abrumadora mayoría, católicos y sostienen, aunque no la lleven al pie de la letra, una moral cristiana, es decir esta doctrina es su referente moral, con todos los permisos y contradicciones que se quieran, pero hasta el propio AMLO se ha declarado públicamente como cristiano, no católico, pero sí cristiano y le ha dado cabida en su movimiento a pastores y ministros religiosos, a través del partido denominado Encuentro Social.
Volviendo al PAN, por su trayectoria histórica debería, con las características reales del país, ser un partido muy fuerte y arraigado y no, como ha sido en la práctica, un club social con membresía, cerrado a una militancia masiva. Hoy dicen querer abrir las puertas, pero es difícil saber si ya es demasiado tarde.
Por más aberrante que nos parezca, Donald Trump existe porque, en principio, representaba a una parte muy amplia de la sociedad norteamericana más conservadora y reaccionaria; a una idiosincrasia que sobrevive en la sociedad norteamericana profunda, y ha tenido éxito porque tiene una voluntad de poder apabullante, que ahora se ha desbordado en un radicalismo de extrema derecha delirante, esquizoide y muy peligroso, no solo para los propios norteamericanos sino para todo el mundo.
El PAN ha propuesto una apertura, a través de su nuevo dirigente Jorge Romero Herrera, un miembro de la camarilla de Ricardo Anaya; un grupo de jóvenes clasemedieros que están manchados por la corrupción y la incoherencia.
¿Qué propone el nuevo dirigente del PAN que sea atractivo para la sociedad mexicana? Básicamente propone apertura: cualquier ciudadano puede ser candidato por el partido a un cargo de elección popular, pero falta ver si esto es real y despierta algún interés en cuadros de jóvenes que tengan talento político.
Hasta ahora el liderazgo de Jorge Romero ha tenido la marca de la casa: la mediocridad. No ha tenido la capacidad de convertirse en una figura política nacional, y su discurso, que está basado principalmente en la crítica hacia los gobiernos de la 4T, lo cual es de esperarse en un líder de oposición, está muy lejos de resultar lo suficientemente incisivo y atractivo para el grueso de la sociedad mexicana.
El pecado más grande del PAN es que cuando pudo no lo hizo, y eso es todavía algo muy reciente en la mente del electorado, que le dio dos oportunidades de gobierno y ambas se perdieron en gobierno tibios y continuistas, no en el cambio profundo que estaba necesitando el país.
Pese a todo, las condiciones para el éxito de un partido de centro-derecha siguen vigentes en México, aun con toda la millonaria clientela comprada con los Programas del Bienestar.







