Por: Álvaro González
Anai Montoya Ramos pasó parte de su infancia en hospitales y tratamientos médicos, aferrada, en su inocencia, a la vida que le trataba de arrebatar una terrible enfermedad: la leucemia linfoblástica aguda, luchó de forma admirable, venció al terrible mal y volvió a su vida ordinaria
Hay seres humanos que están tocados con la gracia de la bonhomía y esta rige sus vidas y su destino. Anai Montoya Ramos es una de ellas.
Alta, de cuerpo grueso y rostro muy amable, sonriente, despacha en la tienda de abarrotes familiar; la única que existe en San Juan de Villanueva, un rancho o pequeño caserío perdido en el semidesierto lagunero, en el extremo norte del municipio de Viesca, donde ha pasado toda su vida.
Quienes llegan a comprar galletas, refrescos, frituras, chicharrones, latería, de todo, la mayoría desconoce que Anai es, milagrosamente, una sobreviviente. Para ellos es una vecina más del rancho; la muchacha de la tienda.
Desconocen que Anai pasó parte de su infancia en hospitales y tratamientos médicos, aferrada, en su inocencia, a la vida que le trataba de arrebatar una terrible enfermedad: la leucemia linfoblástica aguda, conocida ordinariamente como cáncer de sangre.
Luchó de forma admirable, venció al terrible mal y volvió a su vida ordinaria en este rancho donde impera la quietud, el silencio imperturbable y el sol despiadado que se deja sentir con ira en el caserío de colores vivos, chillantes y algunas fincas ruinosas.
Ya convertida en una joven, un buen día el rancho se despertó con la increíble noticia de que a un lado iban a construir una universidad, algo que la mayoría de los pocos habitantes tardó en tomárselo en serio, pues parecía una fantasía; una broma o chanza de algún ocurrente con un extraño sentido del humor. Pero no, era cierto: en unos meses, hace ya seis años, comenzaron los trabajos de construcción.
Si la noticia de la construcción era algo increíble, para Anai la sorpresa fue aún mayor cuando se enteró que la escuela o universidad ofrecería como única opción la licenciatura en enfermería y obstetricia, y ella había soñado siempre estudiar una carrera relacionada con la medicina, una vocación que surgió de su paso por los hospitales y su experiencia infantil.
Se inscribió en la segunda generación, una vez que terminó sus estudios de preparatoria, y hoy ha concluido su carrera y ha entrado en el periodo de prácticas. Para ella tener la beca gubernamental Jóvenes Escribiendo el Futuro, por la que le entregan 5,800 pesos bimestrales, es como un regalo adicional, pues el verdadero regalo es poder realizar su sueño de estudiar una carrera relacionada con la medicina, y eso ya lo ha logrado.
Anai finca su gran calidad humana y su poder de voluntad, que se podría interpretar superficialmente en la candidez que proyecta, en una arraigada religiosidad. De hecho, la religiosidad es parte íntima de este rancho, donde, no obstante lo pequeño, hay dos iglesias: una católica y otra cristiana. La mayoría, como Anai, opta por la catolicidad y es devoto creyente, en el caso de Anai con especial predilección por la virgen María, a quien se refiere como “nuestra madre”.
En su inocencia infantil Anai luchó como un guerrero para preservar el don de la vida y ahora, en su juventud, ha recibido otro regalo de vida.







