La ridícula nobleza europea

La ridícula nobleza europea

Por: Marcela Valles

Las monarquías europeas son una reliquia histórica que parece tener los días contados

¿Por qué muchos países europeos siguen manteniendo monarquías y “noblezas” que parecen resultar una antigüedad histórica, además de tener un costo muy alto para mantener sus vidas fastuosas?

Una primera razón, que se antoja la más importante, es la nostalgia de muchos países europeos por los tiempos en que fueron imperios y depredaban pueblos y civilizaciones en los cinco continentes, lo que les dio enormes riquezas por muchos siglos.

La otra razón parece estar relacionada con el hecho de que la nobleza está mezclada, íntimamente, con el jet set; con las familias más acaudaladas de Europa, y tener un título nobiliario es un símbolo de status social.

Todavía hace cosa de dos décadas, la revista española Hola, que se dedica exclusivamente a contar chismes de la nobleza y del jet set mundial, pero principalmente europeo, tenía tirajes superiores al millón de ejemplares, y se puede encontrar en México en casi todos los salones de belleza, estéticas y lugares de reunión de mujeres.

¿Pero en términos prácticos de qué sirven las monarquías que sobreviven? Para casi nada, como no sea esa nostalgia histórica de los tiempos pasados, aunque algunos países, como España, le dan al rey una participación política como jefe de estado, pero en la realidad sus funciones se reducen a ciertas actividades protocolarias, ya que se trata de una democracia parlamentaria, que es dirigida por el presidente, quien es el que realmente gobierna, con las leyes y disposiciones que son aprobadas por el parlamento.

Tiene el rey, como principal poder, una especie de voto de calidad moral, sobre todo en las relaciones internacionales, al menos en el caso del actual monarca Felipe VI.

El rey anterior, Juan Carlos I, resultó un pícaro, que tuvo ciertamente un papel muy importante en la transición democrática, pero luego, como casi toda la nobleza europea, se dedicó a la dulce vida, coqueto como era, dado a ciertos asuntos turbios con el dinero y la frivolidad, hasta que fue descubierto en África, realizando un safari, en el que tuvo un accidente y se vino a descubrir que iba acompañado por alguna de sus conquistas. Se hizo el escándalo y terminó exiliado en Arabia Saudita, donde sigue llevando vida de rey.

La monarquía inglesa, como la cultura de ese país, es más ceremoniosa y tiene, o tenía, mucho arraigo, el cual las nuevas generaciones encuentran cada vez menos justificado.

Es una monarquía riquísima, costosa, con muchos escándalos, inútil para el funcionamiento de su actual sistema político, que es democrático, pero además ha comenzado a ser patética. La familia real inglesa está compuesta por mujeres feas, de carácter frío, y algún guapo que suma como consorte, o guapa para que haga lucir a un inútil y desabrido príncipe, que pasa 50 años bajo las faldas de su mamá para convertirse en rey, con tan mala suerte que la beldad que le consiguieron para darle lustre se aburre, se va y muere trágicamente en un feo accidente de tráfico, en brazos de su amante; un multimillonario junior árabe.

Para su mala suerte, Carlos III, como se llama ahora el rey inglés, llega ya viejo al cargo y pronto se enferma de gravedad, no antes de que alguno de los príncipes se le revelen, huyendo del sofocante y ridículo protocolo de la familia real.

Muerta Lady Diana, la beldad que le vestía la imagen, Carlos III corre a casarse con su amante de toda la vida, una mujer tan vieja como él cuya fealdad está como para meterle un susto al londinense más frío y templado. Es difícil tener un monarca más patético, pero ahí está, en sus palacios, en sus ridículos protocolos y en las revistas del corazón, dando temas para chismes de consumo exclusivo de señoras sin mayores ocupaciones.

Hay una monarquía, que en su momento estaba rodeada de glamour, de escándalos y de picardía: el principado de Mónaco, un diminuto estado en la costa francesa, que se mantiene como una especie de curiosidad, pues su economía depende toda ella de un casino, del negocio financiero, del turismo y de ser un centro vacacional de la jet set europea.

El príncipe (Raniero) no se conformó con una noble fea y se casó con una estrella de cine, hermosa por supuesto, que le dio tres hijos: dos princesas y un príncipe. La mayor de ellas, Carolina, una belleza que se dedicó a la vida disipada desde muy joven, le dio durísimo a la dulce vida, como todos los de su familia, que han llevado una vida de lo más relajada, en medio de la jet set y del lujo, gracias a que el principado, que es de origen italiano desde el siglo XIII, es manejado como un gran negocio financiero, de juego y de turismo; un pequeño paraíso para multimillonarios, famosos y ociosos.

La gracia de los Grimaldi es que no engañan a nadie: ellos viven para la disipación, para el lujo y para hacer dinero, no tienen ninguna tradición histórica grandiosa que cuidar, ni que inventar, y eso, de alguna manera, se agradece.

Las monarquías europeas son una reliquia histórica que parece tener los días contados. Las nuevas generaciones de europeos ya no creen en reyes, reinas y princesas, les parecen, como al resto del mundo, algo anacrónico como institución y un despilfarro obsceno de dinero, y todo indica que les asiste con mucho la razón.

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