Los fieles al caudillo y la nueva mafia del poder

Los fieles al caudillo y la nueva mafia del poder

Por: Rodrigo Tejeda

Ahí están todos los hombres de AMLO en los puestos clave del nuevo gobierno. Las variantes solo se dan en algunas secretarías que requieren a técnicos o especialistas con una formación específica, y no en todas, solo en las indispensables, para que Claudia Sheinbaum pudiera colocar a una parte de su gente más cercana

Andrés Manuel López Obrador creó, en su discurso maniqueo, que había en México una “mafia del poder”, con lo cual echaba a andar el imaginario colectivo sobre un grupo de poderosos que, en la oscuridad, manejaban el país para sus intereses y se iban heredando gobiernos de manera sucesiva. Los oscuros, torvos e intocables hombres del poder, a la cabeza de los cuales estaría el expresidente Carlos Salinas de Gortari, la gran bestia negra que era casi innombrable.

Si se revisa el gobierno de Claudia Sheinbaum, comenzando por ella misma, aparece un grupo político que llegó al poder, pero no se fue en 2024, sino que se repitió para seguir manejando el nuevo gobierno, bajo la sombra del caudillo, quien dice estar en el retiro, alguien que nadie, con un mínimo de suspicacia, se lo cree. 

La propia presidenta, en su discurso de los primeros 100 días de gobierno, en un zócalo capitalino repleto de “acarreados”, se regocija de estar a la sombra del caudillo, y afirma que para eso la eligieron: para seguir con el proyecto de “la cuarta transformación”, el cual es una causa.

Su único argumento tangible son los programas del bienestar, pues fuera de ahí no tiene la “transformación” ningún argumento de peso, pero ella insiste en el discurso machacante de AMLO sobre el neoliberalismo, la lucha contra la corrupción, los conservadores y toda la parafernalia que han ido implantando en el lenguaje de sus seguidores, solo que ahora sin el toque carismático y el sabor popular de caudillo, en una personalidad como la Sheinbaum que es fría y mucho menos mediática.

Se ha vuelto ya un referente colectivo que la nueva presidenta está tutelada por AMLO, y ella contribuye cada vez más a que ello se confirme. 

Claudia Sheinbaum se expresa de AMLO no como su antecesor, como sucedía en el viejo PRI de la “dictadura perfecta”, sino a un personaje que idolatra, como lo haría cualquier integrante de una secta con el líder carismático, quien vive en olor de santidad, habitando en el nirvana o en cualquier otro paraíso. 

Es algo que sucedió en las penumbras de palacio nacional, pero mueve a la imaginación el tratar de reconstruir los diálogos y los rituales entre AMLO y Claudia. ¿Habría que imaginar una sesión masónica, con toda su decoración, donde Claudia juraba fidelidad al caudillo convertido en sacerdote del rito? O podemos imaginar algo menos cargado de símbolos, donde el caudillo planteaba el convertirla en presidenta de la república bajo el juramento de fidelidad y sumisión.

Los presidentes del viejo PRI elegían a su sucesor, pero había un pacto no escrito por el cual el emperador desaparecía para dar paso al nuevo elegido.

En este caso no. AMLO decide, personalmente, quien lo debía de suceder en la presidencia y tenía la capacidad de elegir a quien él quisiera, sin limitación alguna, y eligió la más controlable; la más sumisa a sus propósitos mesiánicos, porque el cree, de verdad, que está transformando la historia de México para llevarlo a la grandeza. 

Pero la sumisión no fue una promesa de palabra, sino la herencia de todo un grupo de políticos y personajes de su absoluta confianza colocados en los puestos claves, en el control del partido, en las cámaras y en las principales instituciones, de tal forma que la fidelidad y la sumisión quedan garantizadas no de buena voluntad sino por la fuerza.

LA CONTINUIDAD DE LA MAFIA O SECTA

Y ahí están todos los hombres de AMLO en los puestos clave del nuevo gobierno. Las variantes solo se dan en algunas secretarías que requieren a técnicos o especialistas con una formación específica, y no en todas, solo en las indispensables, para que Claudia Sheinbaum pudiera colocar a una parte de su gente más cercana.

El criterio de AMLO ya es bien conocido: 90% de fidelidad y un 10% de capacidad o, un 90% de fidelidad y ya si tienen capacidad es una ganancia.

Y ahí están Rosa Icela Rodríguez en Gobernación, una inepta ex secretaria de seguridad; Ariadna Montiel Reyes, para darle continuidad a los programas del bienestar; Rogelio Ramírez de la O, para que Hacienda siga atendiendo los propósitos políticos de la 4T; Mario Delgado Carrillo en la SEP, para pagarle su desempeño al frente de Morena y para usar el aparato educativo que ahora debe adoctrinar sobre la cuarta transformación; los hermanos Batres, Leticia para manejar la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Martí para manejar el ISSSTE, sin que conozca nada del área, pero es un fiel histórico; Jesús Ramírez Cuevas, quien manejaba la propaganda e intimidaba a los medios de comunicación, ahora como coordinador de asesores de la presidenta; Alejandro Gertz Manero se sigue como el fiscal de la república, visceral, inepto, senil, pero al servicio del caudillo; Octavio Romero Oropeza, el más inepto director que haya tenido Pemex, pero fidelísimo de la familia López, en el Infonavit, uno de los poquísimos fondos grandes de dinero que quedan para que los utilice el nuevo gobierno; Arturo Saldívar, un traidor de la vocación judicial, para manejar precisamente al poder judicial de acuerdo a los deseos presidenciales. Y la lista continúa con un Marcelo Ebrard, Adán Augusto López y Ricardo Monreal, sobre quienes no se requieren mayores comentarios, pues son ampliamente conocidos en sus perfiles y manejos. La cereza del pastel con Andrés Manuel López Beltrán para manejar el partido, que es invención y propiedad de los López, algo así como la empresa familiar, que la tienda de chocolates era para inventarse un empleo que justificara como es que obtenían el pan de todos los días.

Con este acomodo, no hay nada que transcurra al interior de palacio nacional que no sea del conocimiento inmediato de AMLO, como tampoco hay nada importante que se pueda decidir sin que él pueda emitir sus “sugerencias”. Todos los hilos del poder fluyen hacia el caudillo, quien está atento a su obra, aunque con la posibilidad de hacer siestas más largas y gozar de mayores entretenimientos. 

SIN REVISIÓN DE NADA

Cuando concluyó el escandaloso gobierno de José López Portillo, el más frívolo de los presidentes imperiales que tuvo el viejo PRI en la segunda mitad del siglo XX, el nuevo presidente, Miguel De la Madrid Hurtado, lanzó el lema de la “renovación moral”; sujetó el país a una austeridad draconiana y un crecimiento económico sumamente mediocre, pero nunca hizo un recuento ni una revisión del gobierno de su antecesor.

Claudia Sheinbaum está en una dinámica no solo parecida sino mucho más viciosa. No hace ninguna evaluación del gobierno de AMLO, que está plagado de excesos y errores, pero asume todos los costos, como una pesada lápida que tiene que cargar, pero además lo tiene que hacer elogiando al caudillo como el más grande presidente de México en el último siglo.

En una democracia sana eso sería imposible, pero en un “maximato” es perfectamente posible.

Estamos asumiendo, solo por citar el ejemplo más importante, un incremento de endeudamiento público federal de cerca de 7 billones de pesos, lo que genera un enorme déficit fiscal, que obliga a realizar brutales recortes al presupuesto y, en consecuencia, a la inversión pública, pero no hay problema, todo es parte de la gran transformación.

Tenemos así un escenario muy complicado, que se puede complicar aún más, pero tenemos una nueva mafia en el poder. Habrá que ver lo que hacen con las situaciones que se le pueden venir encima al país, muchas de las cuales ellos son los creadores.

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