Por: Eduardo Rodríguez
El fútbol es un espectáculo popular, muy popular, al cual tenía acceso casi toda la población en México. Así fue todavía en el mundial de 1986, ya no se diga en el de 1970.
La FIFA, esa hermética, poderosa y extraña organización, ha decidido que este mundial sea el más caro de la historia; un negocio gigantesco cuyas ganancias no está claro a donde van a parar finalmente, sin que ninguna instancia gubernamental de los tres países sede pueda moderar los precios de los boletos de entrada a los estadios, los costos de transmisión y los cobros por derechos, que contemplan absolutamente todo, desde los souvenirs hasta las pantallas de transmisión de los restaurantes.
El fútbol es un espectáculo popular, muy popular, al cual tenía acceso casi toda la población en México. Así fue todavía en el mundial de 1986, ya no se diga en el de 1970.
En este mundial de 2026 un boleto de entrada al estadio para ver a la selección nacional es carísimo, imposible para la economía de una familia de clase media y mucho menos popular. Los precios reales van de los 70 mil a los 135 mil pesos, más los costos del viaje para aquellos que no viven en las tres ciudades sede que hay en México.
Ciento treinta y cinco mil pesos es el salario anual de gran parte de los trabajadores y empleados en México. Con esa cantidad de dinero se pueden comprar 10 televisores de gran formato, con tecnología de última generación.
De pronto el entrar a un estadio y ver el espectáculo en vivo se convirtió en un privilegio de élite, al cual solo tienen acceso muy poca gente, o fanáticos que pueden endeudarse de una manera que excede por completo su economía real.

Las grandes masas han optado por las calles, las plazas públicas, los restaurantes o sitios con servicio de televisión. La mayoría se queda en casa y disfruta ahí el espectáculo. Si desea ver cualquiera de los partidos tiene que pagar derechos por cerca de dos mil pesos, sino limitarse a los 32 partidos que serán transmitidos por televisión abierta.
Los comentaristas profesionales de deportes pronosticaban una baja en la afluencia a los estadios, pero no ha sido así. Casi todos los partidos se han jugado hasta ahora con estadios llenos.
La idea de hacer el mundial de los Estados Unidos y compartir una parte menor a México y Canadá, parece una estrategia de mercadotecnia bastante bien planeada. Estados Unidos concentra el 36% de la riqueza mundial, y tiene el mayor porcentaje de población con alto poder adquisitivo. Canadá es también un país rico y en México el fútbol es una especie de religión.
Difícil de reconocerlo, pero nada mueve en México más el sentido de nacionalismo como el fútbol, que permea en todos los estratos sociales de la misma manera, sin diferencia alguna de clases sociales, credos e idiosincrasias. Todos con el tri, extasiados de emoción.
Se antoja que es tiempo que alguien le ponga límites a la FIFA. Es demasiado poder concentrado en un reducido grupo de individuos que casi nadie conoce, ni cómo operan y en base a que toman decisiones que influyen en el ánimo internacional.
Esto ha dejado de ser solo futbol y se ha convertido en un negocio obsceno, que explota el deporte más popular del mundo, Pura mercadotecnia, en su más feroz expresión, donde lo mismo van países ricos, que medianos y pobres, a todos se les saca beneficio por igual.
Con los precedentes asentados en este mundial ¿Qué se puede esperar en los mundiales sucesivos? Si en este ya dispararon los precios a niveles inaccesibles para el ciudadano promedio, que se puede esperar en el futuro próximo. La FIFA no es un Dios y alguien la debe moderar.



