Por: Rodrigo Tejeda
Donald Trump ha prometido a sus seguidores que “reindustrializará” nuevamente a los Estados Unidos, regresando los salarios bien remunerados que se han ido a México y Canadá, pero el problema es que esto no le conviene a los propios empresarios norteamericanos y a los consumidores.
¿Por qué las grandes empresas automotrices norteamericanas y de otros países del mundo producen sus automóviles en México? Lo primero fueron los salarios bajísimos; los problemas con los sindicatos y, a partir del TLC y el T-MEC la exportación libre de sus productos al mercado norteamericano. En pocas palabras, México pone la mano de obra barata y sindicatos blandos.
El resultado es que los norteamericanos tienen acceso a comprar automóviles a precios mucho más bajos y con financiamientos muy atractivos, pero, en la contraparte, han perdido una cantidad cada vez más grande del empleo industrial, que es el oficio preferido para quienes no han tenido acceso a realizar estudios universitarios.
Un trabajador industrial calificado gana en los EEUU un salario de 48.58 dólares por hora, lo que equivales a un promedio de 38,932 dólares al año, que a la paridad de hoy equivalen a 800 mil pesos mexicanos, es decir un promedio muy aproximado a los 70 mil pesos mensuales, pero a esto hay que añadir los incrementos por antigüedad, las horas extras y otras prestaciones, lo que puede ascender los ingresos hasta el equivalente a un millón de pesos anuales.
En México el salario industrial automotriz es de 75 pesos la hora, que al tipo de cambio vigente son apenas 3.75 dólares, aunque hay que considerar algunas prestaciones importantes, como lo son el aguinaldo, que puede ir de los 24 hasta los 31 días por año después de sumar 9 años de antigüedad, además de otras prestaciones menores.
Las diferencias son enormes, desmesuradas, pues en promedio un trabajador industrial automotriz gana 10 veces menos que un trabajador similar en los EEUU.
Sólo General Motors ocupa en México a más de 25 mil personas de manera directa.
Originalmente la industria automotriz norteamericana se encontraba concentrada regionalmente, pero esto motivó que las huelgas de los trabajadores afectaran, en cierto momento, a toda la producción, por lo que se optó por ir separando las plantas, pero aun así el poderoso sindicato de la UAW, United Auto Workers, siguió ejerciendo fuerte presión sobre los tres grandes productores: General Motors, Chrysler y Ford, los cuales optaron, a partir de finales de los años setentas, por buscar la reubicación de plantas en países emergentes, donde podían encontrar mano de obra más barata, sindicatos blandos controlados por el estado, beneficios fiscales y costos más bajos.
México fue uno de los destinos ideales, y de ahí surge la instalación de plantas armadoras y de motores en ciudades como Ramos Arizpe y Saltillo, Coahuila, entre varias ciudades más del país.

¿QUÉ QUIERE DONALD TRUMP?
La firma primero del TLC y luego la ratificación en el T-MEC tienen su origen en esta política que se denominó de globalización, por la cual las grandes firmas empresariales de manufactura en los Estados Unidos establecieron plantas de producción en muy diversos países del mundo, entre los que destacó China, el gigante asiático, con la diferencia de que este país absorbió las tecnologías y la experiencia industria y lanzó, de forma agresiva, su propio desarrollo, rompiendo el esquema que conocemos en México como “la maquila”, donde la aportación básica es la mano de obra no calificada y calificada.
Hoy una gran parte de las empresas de manufactura norteamericanas, desde las de alta tecnología, como la automotriz, hasta la de productos como ropa y zapatos deportivos, están ubicadas alrededor del mundo, lo que genera en el caso de algunos países, como China, Canadá o México, un déficit en la balanza comercial, es decir entre las importaciones que entran a los Estados Unidos y las exportaciones que este país realiza directamente.
Se trata de un déficit que en buena parte es ficticio, como en el caso de México, pues muchas de las empresas exportadoras son firmas norteamericanas ubicadas en otros países, que benefician al consumidor norteamericano, pero disminuye el empleo, aunque los EEUU no tienen un problema importante de empleo en todos sus sectores de la economía, pero si la disminución de salarios y una oferta menor en áreas como la automotriz y la del acero.
Donald Trump ha prometido a sus seguidores que “reindustrializará” nuevamente a los Estados Unidos, regresando los salarios bien remunerados que se han ido a México y Canadá, pero el problema es que esto no le conviene a los propios empresarios norteamericanos y a los consumidores.
En el caso de los automóviles, los norteamericanos consideran al automóvil como un bien indispensable y tienen acceso a él a precios que se pueden considerar bajos. Si se ponen aranceles a las importaciones de países como México y se regresan las plantas a los EEUU, los precios se incrementarán sensiblemente. Lo mismo sucedería con muchos otros bienes, como la ropa, el calzado, las televisiones, entre otros productos que son de consumo masivo y obligado para el norteamericano promedio.
El problema para México es que, a diferencia de China, no ha aprovechado el TLC, que fue firmado en 1992 y entró en vigor en 1994, hace ya 30 años, para impulsar un desarrollo industrial y tecnológico propio. Hay participación en proveeduría y en industria menor periférica, pero no en un desarrollo que le permita un crecimiento industrial manufacturero orientado al mercado interno y a la exportación a diferentes países, no solo a los Estados Unidos. La aportación básica sigue siendo la mano de obra barata y las condiciones que creó el TLC, la joya del llamado neoliberalismo, que detesta el nuevo partido en el poder, pero que, de perderse, pondrá en una seria crisis económica al país.

LOS MIGRANTES Y EL TRABAJO EN EEUU
Desde principios del siglo pasado, una de las válvulas del equilibrio social en México ha sido la migración a los EEUU, por parte de la población más pobre del medio rural y urbano, originalmente más del medio rural, pero en la última década la migración se ha extendido a la clase media baja e inclusive media, quienes buscan mejores niveles de ingresos y una mayor calidad de vida, algo que se les niega en México.
La economía norteamericana se ha expandido aceleradamente en el sector de los servicios y en el sector agrícola siempre ha demandado la mano de obra mexicana.
Se calcula que hay al menos 12 millones de migrantes indocumentados en los Estados Unidos, la mayoría de ellos mexicanos, pero hay una población hispana que ya supera los 30 millones de habitantes y está integrada a la sociedad norteamericana.
El salario mínimo en los EEUU varía por estados. En Texas es de 7.25 dólares por hora; en Utah de 7.5; en Vermont de 14.01 y en Virginia de 17.41, pero el salario mínimo promedio se ubica cerca de los 8 dólares por hora, en jornadas que van de las 8 a las 10 horas diarias, 6 días de la semana.
Un trabajador que perciba 8 dólares la hora y haga una jornada de 10 horas, lo que es muy común, ganará, sin considerar que la hora extra se incrementa, 80 dólares diarios; 480 dólares a la semana, lo que equivale a 9,600 pesos mexicanos al tipo de cambio de hoy, lo que hace 38 mil 400 pesos mensuales, tres veces lo que gana un profesionista promedio en el país.
En 2024 las remesas que los migrantes envían a sus familias en México alcanzaron los 64 mil 745 millones de dólares, de acuerdo al dato oficial del Banco de México, equivalentes a un billón 280 mil millones de pesos, esto es 1.5 veces todo el presupuesto que destina el gobierno federal a los llamados programas del bienestar, lo que da una referencia de la importancia estratégica que tiene ese flujo de dinero hacia el país, que además es dinero en efectivo y va directo a las familias, sin ningún tipo de impuesto.
No se trata de empleos calificados, pero si muchas veces de oficios y de trabajo muy pesado en áreas de la construcción, la agricultura y los servicios; trabajos que no desean desempeñar las nuevas generaciones de norteamericanos, sobre todo en el sector agrícola, de ahí la demanda de migrantes, aunque estos sean indocumentados.
Para la economía norteamericana es la explotación de mano de obra barata, pero para un trabajador mexicano es un ingreso que jamás podrían obtener en su país.
Desde el punto de vista laboral México puede verse golpeado desde dos flancos: la eliminación de empleos industriales por la reubicación de empresas extranjeras y por la expulsión de migrantes y el cierre de la frontera con los Estados Unidos. Si esto sucede nos estaríamos encaminando hacia un decrecimiento de la economía del país, que puede iniciar ya con una recesión a corto plazo.
El sexenio de Andrés Manuel López tuvo el crecimiento económico más bajo de los últimos treinta años, a la par de un crecimiento muy alto de la deuda gubernamental, originado en un muy fuerte déficit fiscal, así como niveles muy altos de inflación y una inversión pública desperdiciada en mega obras improductivas e improvisadas.
El país quedó en condiciones de mayor vulnerabilidad para poder enfrentar las políticas proteccionistas y absurdas de Donald Trump, el disfuncional nuevo presidente de los Estados Unidos, que puede originar una gran afectación a la economía mexicana, con una pérdida masiva de empleos en el sector industrial y manufacturero, lo que puede acarrear grandes presiones sociales, que se agravan con el bloqueo a la migración que es, como se mencionó anteriormente, la principal válvula que desahoga la presión social en México desde el siglo pasado.



