La corrupción está en las entrañas de MORENA

La corrupción está en las entrañas de MORENA

Por: Álvaro González

La corrupción está así en las entrañas mismas del partido; en su gestación como un espectacular movimiento que recorrió, en cortísimo tiempo, la marcha hacia el poder

Morena se formó de manera vertiginosa: en tan solo seis años pasó de ser un movimiento incipiente a la presidencia de la república, y solo le bastaron tres años en el poder para apoderarse de más de 20 gobiernos estatales, todo ello en torno a un caudillo que ya había fracasado dos veces en su intento por llegar a presidente de la república ¿Cómo logró tanto en tan corto tiempo? Un pragmatismo rampante y la corrupción explican en gran medida un salto tan espectacular al poder, destruyendo al mismo tiempo al viejo y enfermo partido que había gobernado el país desde principios del siglo XX.

Morena no es un partido sólido, fincado en una plataforma ideológica clara y coherente, tampoco es una estructura orgánica sólida con liderazgos fuertes y probados en una marcha difícil hacia el poder, para vencer, y destruir, a uno de los regímenes autoritarios más viejos del mundo, emergido de una revolución armada con niveles epopéyicos, legendarios no solo en la historia mexicana sino mundial.

Es claro que la principal cualidad del caudillo, Andrés Manuel López Obrador, era su voluntad de poder, pero esa voluntad, consciente de que se encontraba ante su última oportunidad, se dispuso a pasar por alto la coherencia y la más indispensable ética en el ejercicio de la política, lo que no era nada difícil es una cultura heredada por el viejo régimen, que fincó su longevidad precisamente en el pragmatismo, donde cabían todos y de todo, y en la corrupción de las clases dirigentes, no solo políticas sino también empresariales, intelectuales y religiosas, a quien hacía justicia la revolución con una manga bastante ancha.

En medio del viejo régimen se incrustó un nuevo actor sumamente poderoso a partir de los años ochenta del siglo pasado: el narcotráfico y su posterior transformación en poderosas organizaciones o cárteles del crimen organizado, quienes infiltraron la política y la actividad empresarial, para después pactar con los organismos militares y policiacos del país.

La fusión de este nuevo actor tuvo tal empuje que para los inicios de este siglo estaba ya financiando una parte de la política y se movía, como pez en el agua, en los medios empresariales del país.

Para llegar al poder, Andrés Manuel López Obrador formó una amalgama que le dio cabida a todo tipo de políticos y personajes, desde tránsfugas del PRI, del PAN, del PRD, al cual desmanteló en buena medida, de empresarios que apostaron por hacer un buen negocio, ministros de cultos religiosos y, según se revelaría posteriormente, de alguna manera pactó con algunas facciones de los cárteles del crimen.

Ya en el poder, se dispuso a concretar una segunda tarea en su periodo sexenal: destruir al PRI quitándole el control de las gubernaturas que ostentaba, para lo cual recurrió a dos procedimientos: el aprovechamiento de la corrupción de los gobernadores, a quienes se les ofreció la impunidad a cambio de traicionar al partido que los había llevado al poder y, segundo, la compra de otro grupo de gobernadores ofreciéndoles canonjías, como embajadas, a cambio de hacerse a un lado en las elecciones estatales y municipales.

En el paquete iban los diputados federales y senadores, para formar una mayoría no simple en la Cámara de Diputados y el Senado, sino una mayoría calificada que le permitiera modificar a su antojo la constitución, como efectivamente lo hizo.

Con la ayuda de los gobernadores y un INE manipulado al salir Lorenzo Córdova, a quien nunca pudo corromper, se logró la sobre representación y con ello la mayoría calificada, que anula por completo a todos los partidos de la oposición.

Para lograr ventaja en los procesos electorales y en esa sobrerrepresentación, se formó una alianza de Morena con el PVEM y el PT; un par de aliados plagados de prácticas de corrupción y de acrobacia política, por medio de la cual el PVEM ha hecho alianza con todos los partidos posibles, según el beneficio que le reporten las mismas. 

La cereza del pastel, para asegurarse su respaldo incondicional, fue cooptar al ejército, a la marina y militarizar la policía federal, otorgándole el manejo de las obras más importantes del sexenio, bajo una figura ilegal de clasificarlas como de “interés nacional”, lo que les exenta de rendir cuentas y de ser auditados por los organismos fiscalizadores del gasto público. 

Los llenó de canonjías que extralimitan sus funciones constitucionales, lo que fue un camino hacia la corrupción, como se ha demostrado en el inicio del nuevo gobierno en puertos y aduanas.

El pragmatismo alcanzó niveles increíbles, como el entregar la CFE a Manuel Barttlet, artífice del gran fraude electoral en la elección presidencial de 1988, que fue ganada por Cuauhtémoc Cárdenas, lo que significó una traición a lo más rescatable del PRD, el partido que le había dado al propio AMLO dos oportunidades de competir por la presidencia de la república. ¿A cambió de que se sumó a este torvo personaje? Hasta hoy las razones siguen guardadas en el pecho del caudillo tabasqueño.

PARA LOS FIELES: IMPUNIDAD

Desde el inicio del gobierno de AMLO se estableció una máxima que él mismo impuso: 10% de capacidad y un 90% de fidelidad para todos sus colaboradores y allegados, pero la fidelidad llevaba el premio de la impunidad.

Esta impunidad alcanzó a beneficiar al gobierno de Enrique Peña Nieto, quien la pactó a cambio de dejar a su suerte al priismo en la elección de 2018, lo que le valió el poder trasladarse a España y establecer en Madrid un retiro dorado, sin que se le molestara a él ni a ninguno de los integrantes de su camarilla política. Nunca se dio el prometido combate a la corrupción, que se ofreció como una de las principales promesas electorales.

La corrupción está así en las entrañas mismas de Morena; en su gestación como un espectacular movimiento que recorrió, en cortísimo tiempo, la marcha hacia el poder.

En el discurso presidencial, ahora de Claudia Sheinbaum, sigue siendo una bandera la lucha en contra de la corrupción y la narrativa propagandística de que ellos son diferentes, es decir que no tienen corrupción y son la cuarta transformación del país, al cual están en el empeño fallido de reinventar.

Cuando ha saltado a los medios el caso de Adán Augusto López, exgobernador de Tabasco, exsecretario de gobernación y exprecandidato presidencial, se puso en el escenario político un caso de corrupción escandaloso, criminal, y pese a todo ello el personaje es intocable por el apoyo de AMLO y los compromisos contraídos por Claudia Sheinbaum. Sigue inamovible en su cargo de señor todopoderoso en el Senado de la República, porque sigue siendo fiel al caudillo, de quien ha comprado nada más 17 mil ejemplares de su último libro Grandeza, para regalarlos a todo aquel que quiera leerlo, solo como un gesto de su fidelidad y agradecimiento de su impunidad.

Para mantener el contento y la admiración de una enorme clientela electoral cautiva, se inventaron los programas del bienestar, que regalan dinero en efectivo de manera puntual y eficiente, con un costo al erario de un billón de pesos, que se llevan la mitad del gasto real disponible de todo el gobierno federal. Una invención fabulosa ¿En un país con nuestro nivel de educación y de cultura cívica puede haber algo más eficaz que regalar dinero en efectivo a un tercio de la población? No, por supuesto que no, el recurso es infalible, abrumador.

Así Morena, a quien luego se ha llamado la 4T, se cocinó políticamente llevando como uno de sus elementos esenciales el pragmatismo y la corrupción ¿Cómo se le puede pedir entonces que termine con el principal mal que sufre la cultura política del país?

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