Los jóvenes abandonan la iglesia católica, hay un problema de credibilidad

Los jóvenes abandonan la iglesia católica, hay un problema de credibilidad

Por: Marcela Valles

En una sociedad del espectáculo, donde las redes sociales, la televisión y el culto al bienestar material han desplazado la opción religiosa, e incluso la existencia misma de Dios o de algo trascendente a la condición humana, más allá del bienestar y el placer, la iglesia católica se ve cada vez más como una estructura jerárquica obsoleta

La ausencia de jóvenes en los eventos litúrgicos de la iglesia católica se percibe como un fiel reflejo del abandono de las nuevas generaciones, no solo de la iglesia católica sino de la religiosidad, que se ha vuelto un mero evento social en casos como el matrimonio, por presión social de las familias, no por credibilidad. Esta tendencia apunta a una crisis mucho más severa al mediano y largo plazo, pero ante esto la jerarquía católica y la clase sacerdotal se muestran poco sensibles, inclusive indiferentes.

En una sociedad del espectáculo, donde las redes sociales, la televisión y el culto al bienestar material han desplazado la opción religiosa, e incluso la existencia misma de Dios o de algo trascendente a la condición humana, más allá del bienestar y el placer, la iglesia católica se ve cada vez más como una estructura jerárquica obsoleta, que no despierta interés y mucho menos mueve conciencias.

En teoría, de acuerdo a los censos oficiales, todavía más del 70% de los mexicanos se define como católico, pero en la práctica hay un abandono cada vez más pronunciado de la religión, tal como la propone en su liturgia la iglesia.

Y la jerarquía, que conforma una rígida estructura vertical, que administra el dogma, la liturgia y las prácticas, parece haberle dado la espalda a un mundo vertiginoso, que cambia día a día, y donde la clase sacerdotal ha perdido la mayor parte de su credibilidad, y la liturgia gran parte de su vigencia.

El último concilio vaticano se realizó en 1962, hace ya 64 años, para tratar de adaptar la iglesia al mundo moderno. Ya han transcurrido 26 años de este nuevo siglo y todo sigue sin cambiar. Un adulto que hoy tiene ya 70 años de edad ha recorrido toda su vida con las mismas prácticas y con la misma liturgia, mientras en su derredor todo ha cambiado.

Hay muchos aspectos que hoy deberían estarse discutiendo y cambiando. La misa, que es el centro de la práctica religiosa católica, con obligatoriedad dominical, se percibe hoy como un ritual desgastado, repetitivo y, con gran frecuencia, aburrido, es decir poco inspirador, por no usar la palabra motivador.

El sacerdote lo preside todo, detrás de un altar monumental, vestido con un ropaje especial y dotado de la facultad de interpretar las escrituras sagradas por medio de un discurso u homilía que, muchas veces, ni tan siquiera prepara como es debido.

La asamblea es masiva y es pasiva; se limita a responder oraciones escritas en el misal, no tiene voz y mucho menos interactúa entre sí. Lo más que hace en cierto momento es darle la mano al otro, en su saludo frío, pero terminado el evento cada quien toma su rumbo y vuelve a su vida cotidiana.

Según lo refieren historiadores prestigiosos de los orígenes del cristianismo, como Llorca, Garcìa Villoslada o Montalban, la iglesia original no tiene nada que ver con esto.

UN ORIGEN MUY DISTINTO

Una de las características de la iglesia primitiva es que era profundamente comunitaria. Era chica, comparada a los siglos que siguieron, y eso ayudaba, pero se trataba de una comunidad que se reunía para orar, no en base a un misal; que compartía su vida y destacaba en su piedad y una moral excepcional, que tuvo periodos inclusive de heroicidad. 

Cuando hablamos de piedad estamos hablando de compartir sus vidas con el otro, que era un verdadero hermano. Había una fraternidad profunda, que no hacía distingo de clases sociales o condiciones económicas, sino de un mensaje de amor. No existía una clase sacerdotal, mucho menos toda la estructura dogmática y orgánica que se desarrolló con el paso de los siglos.

El mensaje era básicamente evangélico, con poca influencia judaica, centrado en el amor al prójimo y una vida de testimonio: en su vida privada, en sus familias, en sus profesiones y en sus relaciones con la comunidad.

Esto hizo que los primeros cristianos aparecieran como gente muy distinta a las culturas y sociedades donde vivían, que era el imperio romano, plagadas de dioses por montones y de creencias de lo más diverso; un politeísmo saturado que parecía cada vez más desgastado e increíble, pero sobre todo aquel era un mundo con una moral que podía hacer la vida muy difícil. Quitando el romanticismo, la ciudad de Roma, por citar un ejemplo, era una urbe caótica, con mucho de sórdida y violenta, dominada por los intereses económicos y de poder político.

De ahí en buena parte el impacto de la sencillez y la contundencia del mensaje cristiano, que era necesariamente testimonial, y no como hoy lo conocemos. 

¿Qué va hacer la iglesia para mantenerse vigente en el mundo actual y evitar especialmente la pérdida de las nuevas generaciones? ¿Cómo rescatar la esencia de la iglesia original en una sociedad y cultura que promueve el hedonismo como máxima de vida y la religiosidad como una fantasía?

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