Por: Gerardo Lozano
En el viejo régimen priista, el presidente era el todopoderoso, pero tampoco era un mesías envuelto en santidad, y la norma irrompible era que el poder duraba hasta que se elegía al sucesor, ni un día más
Morena, como el nuevo partido en el poder, está resucitando el monstruo del centralismo, pero además le está añadiendo elementos que lo hacen más aberrante, en perjuicio del modelo federalista que permita el desarrollo de los estados, y un poder federal más funcional y eficiente.
En el viejo régimen priista, de la presidencia imperial, el centralismo era el modelo funcional de la estructura gubernamental del país, pero había ciertas reglas y formas, que, aun no siendo propias de un régimen federalista, como el que marca la constitución, sí moderaban algunos aspectos que daban margen a los estados y al mismo gabinete federal.
El presidente era el todopoderoso, pero tampoco era un mesías envuelto en santidad, y la norma irrompible era que el poder duraba hasta que se elegía al sucesor, ni un día más.
Los ministros se debían al presidente, pero tenía su margen de maniobra y podían ser figuras relevantes, que tenían vida política propia, de otra manera no se explican figuras como la de un Jesús Reyes Heroles o un Alfonso Martínez Domínguez, entre una larga lista de ministros y gobernadores que fueron políticos destacados, con un prestigio propio.
Por sentido común, un presidente de la república no lo puede decidir todo, no puede saber todo, no puede hablar de todo, pues para eso está un gabinete donde cada figura atiende su cartera e informa al presidente, lo mismo que los gobernadores, quienes son electos para gobernar su entidad y atender a detalle sus problemas.
Todavía más, cada municipio requiere la atención personal del presidente municipal, a quien acompaña un equipo de trabajo, más en municipios grandes y complejos.

Hoy se ha impuesto un modelo absurdo e ineficiente, por el cual la república entera tiene que pasar todos los días por el embudo de “las mañaneras”, donde supuestamente la presidenta de la república habla de todo, hasta de asuntos que son verdaderas tonterías, aún para un ministro o gobernador, ya no digamos para una presidenta de la república.
Los secretarios de estado se convierten así en figuras grises y sumisas, que acuden a la tribuna de “las mañaneras”, para informar o emitir su opinión sobre temas de su cartera, pero bajo la vigilancia y la mirada inquisitiva de la presidenta, lo cual debe ser demasiado incómodo.
Vivimos una época de una mediocridad política penosa, que abarca al gabinete completo, a la mayoría de los gobernadores, a las dirigencias de los partidos políticos y a los poderes legislativo y ahora al judicial. Estados plagados de una clase política de lo más mediocre que se tenga registrado en la historia política moderna del país.
Gran parte del éxito vertiginoso de Morena se debe a la ausencia de figuras de liderazgo entre la clase política en general, que muestra un nivel de talento vergonzoso. Que un Gerardo Fernández Noroña ocupe la presidencia del Senado de la República es un insulto al talento, lo mismo que un Alejandro “Alito” Morena sea el cacique del PRI o que una Rosa Icela Rodríguez sea Secretaría de Gobernación, el cargo más estratégico del gabinete después de la presidencia.
Tiempos de políticos grises y de una indiferencia ciudadana pasmosa, ya sea por hartazgo o como parte de una subcultura que ha degradado la vida política del país.
Una Luisa Alcalde Luján; una cara bonita (era la modelo de los anuncios televisivos de Morena), quien llega a Secretaria del Trabajo a los treinta años de edad, sin ninguna experiencia, solo con el aval de su mamá, Bertha Lujan Uranga, amiga muy cercana de AMLO, y a quien su papá le hacía la tarea ministerial, ahora precoz dirigente nacional del partido oficial, en compañía de Andrés Manuel López Beltrán (“No me llamen Andy”), un par de juniors del círculo dorado de la 4T y orgullos del nepotismo.
El estado más industrializado y rico de todo el norte de México, Nuevo León, en manos de Samuel Garcia, un influencer y miembro de una familia de factureros y lavadores de dinero de tan solo 34 años se convierte en gobernador, y apenas entrando se propone como candidato a la presidencia de la república por Movimiento Ciudadano. Solo dos años después la prensa regional lo exhibe como un gobernante con actos de enriquecimiento inexplicable, pero él, arrogante y megalómano, sigue aferrado a las redes sociales, como su principal fuente de poder, mientras su popularidad se desploma.
Ahora la presidenta Claudia Sheinbaum, después de haber cumplido la consigna de AMLO de desmantelar el poder judicial y bajar el nivel de los ministros de la SCJN a estándares vergonzosos, se lanza a proponer una reforma electoral que los pequeños partidos aliados, quienes han sido los enanos que animan el circo de Morena, le rechazan, lanza el Plan B, desviando su atención hacia los estados y los municipios, a los cuales ahora les ha impuesto de que tamaño deben ser los cabildos de los gobiernos locales y como deben de ser los Congresos estatales-
Del control y sumisión de los tres poderes de la federación, se pasa ahora a ostentar el poder sobre los gobernadores, y se ingiere en los municipios, en los estados y en los institutos electorales de las entidades, para ahorrar ¡Cuatro mil millones de pesos! Cuando la deuda de PEMEX sólo con proveedores es de ¡24 mil millones de dólares! Y las empresas norteamericanas les están exigiendo el pago inmediato de 2,500 millones de dólares que les adeuda. Por los intereses de la deuda general de la federación, que la 4T casi ha duplicado, se paga cerca del billón de pesos.
De las 24 gubernaturas que controla Morena, 20 gobernadores se apresuraron a aprobar el Plan B en sus Congresos, que se maneja como una victoria, cuando la propuesta de reforma general fracasó, pero hay que darle el gusto a la presidenta, no faltaba más.



