Por: Marcela Valles
Para que el Paseo Morelos funcionara como fue pensado, se requerían de muchos y novedosos negocios, de buenos restaurantes de todo tipo, de antros y de algo muy difícil de lograr: la voluntad espontánea de la gente para animarse a ir a una zona que le ofreciera todos esos atractivos
Todos los domingos el llamado Paseo Colón se convierte en una zona de recreación agradable para muchos ciudadanos, que sacan a pasear a sus perros, almorzar en una privada que ha sido acondicionada confortablemente para el propósito y también recorrer un tianguis, pero principalmente pasear con la familia, en pareja o sin más compañía que el perro.
¿Cuánto se tuvo que invertir del dinero público para crear este paseo? Muy poco, y de lo poco que se ha invertido es en un equipamiento urbano que parece más estorbar que ayudar, como unos enormes macetones de metal en las esquinas de las calles, que nadie entiende qué función tienen, como no sea la mencionada de estorbar.
¿Pero por qué este paseo si funciona y otros no? La razón parece bien sencilla: originalmente fue convocado y a la gente, de manera espontánea, le gusto la idea y la secundó, lo que le fue arraigando y ahí está, domingo a domingo, lleno de paseantes, de perros de todas las razas, de recreación familiar; una idea sencilla, sin pretensiones, sin gastos públicos innecesarios.
Comparémoslo con el Paseo Morelos, una obra muy grande, que va desde la calle Colón hasta la Plaza de Armas, en la cual se invirtió mucho dinero público para crear toda una infraestructura, pero, en términos objetivos es un fracaso, pues solo dos de las cuadras se convirtieron en una zona de antros y lugares para beber alcohol por parte de una clientela joven, que con frecuencia protagoniza escándalos.

El Paseo Morelos se planteó como la columna vertebral para regenerar urbanísticamente el centro histórico de la ciudad, en una calle que ya era, por muchas décadas, un paseo que albergaba restaurantes, tiendas y los que eran considerados como los mejores hoteles de la ciudad.
El problema aparente es que entre el periodo de auge de la Morelos y las obras de lo que hoy se conoce como Paseo Morelos, se dio todo un proceso de deterioro y de degradación urbana, por el cual los grandes hoteles se vinieron a menos, cerraron muchos negocios y lo mismo le pasó a ciertos restaurantes. Entre los años setentas del siglo pasado y el 2017 la distribución urbana de la ciudad sufrió una transformación radical, caracterizada por un proceso de migración urbana.
Todo se deterioró en el centro y cobraron auge zonas como el boulevard Independencia, el norte de la mancha urbana y el oriente.
Se pensó, equivocadamente, que la creación del Paseo Morelos revertiría tendencias que ya se habían consumado hacía tiempo. La Morelos estaba comercialmente moribunda y toda su zona próxima mostraba edificios de departamentos y viviendas ruinosas, cuyos habitantes se habían mudado a otras zonas nuevas de la ciudad.
Para colmo, una vez que se concluyeron las obras, los propietarios de las fincas se hicieron a la idea de que podían incrementar las rentas, y se quedaron esperando inquilinos que nunca han llegado. Cuando trataron de moderar su avaricia ya parecía ser tarde.
Para que el Paseo Morelos funcionara como fue pensado, se requerían de muchos y novedosos negocios, de buenos restaurantes de todo tipo, de antros y de algo muy difícil de lograr: la voluntad espontánea de la gente para animarse a ir a una zona que le ofreciera todos esos atractivos, a cambio de la incomodidad de no encontrar fácilmente un lugar para estacionar su automóvil, y del temor de ser infraccionado en cualquier momento.
El proyecto como tal, hay que decirlo, falló. Aquello fue algo así como tratar de resucitar a un muerto, y eso ya se sabe que es un milagro divino.
¿Qué es lo que hubiera sido recomendable? Es difícil confiar en las adivinanzas, pero tal vez primero debió consensarse y escuchar la voz de expertos; de gente con una visión más objetiva de la realidad urbana del llamado centro histórico de Torreón, no de funcionarios públicos municipales entusiastas por gastar dinero y llevarse una buena parte de lo gastado.

Vamos a conceder que había buena voluntad en el gobierno que propuso y realizó la obra, pero en esto de los paseos públicos y las zonas peatonales se requiere mucho más que buena voluntad; se requiere conocimiento del tema, y la gente que realmente sabe de eso es muy escasa y, que sepamos, no está avecindada en Torreón y si hay algunos nunca se les invitó.
Hasta ahora no hay conocimiento de un estudio serio sobre las condiciones urbanistas y sociodemográficas de eso que se sigue llamando el centro histórico de Torreón, aunque a todos los ciudadanos se nos cobra un impuesto para su mantenimiento ¿No sería lo más lógico partir de cual es la situación, de donde estamos parados?
Hay aspectos donde se percibe una resistencia por reconocerlos, como el hecho de que el centro histórico tiene un patrimonio arquitectónico modestísimo, casi inexistente, pues la casi totalidad de lo que había fue destruida en los años cincuenta y sesenta.
Para quienes visitan por primera vez Torreón, la parte céntrica les resulta una zona “retro” deteriorada, sin atractivo, y todo indica que tienen razón.
Edificaciones como el Hotel Salvador ha vuelto a ser cubierto de establecimientos comerciales feos, pese a que es, o era, bien a bien ya no se sabe, propiedad de Hassan Manzur, uno de los empresarios más acaudalados de la región, pero en apariencia sin ningún interés cultural, así que se prefiere cobrar algunas rentas a quien sea, antes que preservar un edificio histórico.
Y es que el interés de invertir en la zona céntrica ha ido desapareciendo, lo cual es fatal para los propósitos de regeneración de la zona.
Muchos gobiernos hemos tenido que no han gastado un peso de lo que se recauda anualmente por el cobro de conservación del centro histórico. Ha habido inclusive desviación de esos recursos hacia otros gastos gubernamentales.
Si hubiera un proyecto de mediano y largo plazo y se invirtiera puntualmente lo que se recauda, ya habría un avance importante en la infraestructura urbana de esa parte de la ciudad.
Se han cometido errores verdaderamente aberrantes, como lo realizado en aquel gobierno del panista, hoy petista, José Ángel Pérez, quien violentó inclusive la normatividad, pero el INAH salió a denunciarlo a toro pasado, cuando ya se habían concluido las obras de cerrar calles para supuestamente reubicar vendedores ambulantes, los que están de nuevo en las banquetas de la calle Hidalgo, que se mantiene como la vía comercial de centro histórico, donde sí hay inversión para establecer comercios, principalmente por parte de los negocios de zapaterías y más zapaterías.
El Paseo Morelos ha seguido ahí desde su inauguración: casi en solitario y deteriorándose, con una enorme zona peatonal abandonada por los ciudadanos, una gran cantidad de locales cerrados y un tránsito vehicular bajo.
Los dueños de las fincas se quejan, pero no invierten, y mientras no haya inversión privada que le ponga atractivo al paseo, este seguirá solo, con excepción de los antros ya conocidos, que son unos cuantos.







