La política: de la búsqueda del bien común a la perversidad de la búsqueda del poder

La política: de la búsqueda del bien común a la perversidad de la búsqueda del poder

Por: Gerardo Lozano 

Llegar al poder se volvió un asunto retorcido y perverso y a eso se le llamó ‘hacer política’.

Aristóteles define a la política como la ciencia suprema que busca el bien común y la organización de la polis (ciudad-estado), por lo cual el de político es el oficio más noble que existe, debido a que el ser humano es un ‘animal político’ por naturaleza, que sólo puede alcanzar el bienestar y la felicidad en la vida comunitaria, que comienza con la familia y se extiende a la polis.

¿Cuándo fue entonces que la política se extravío hasta volverse un arte perverso que busca el poder por sí mismo? La cosa se torció cuando el primer hombre probó el poder y le gustó disfrutarlo para él. El asunto se repite en todas las culturas, al grado de que los gobernantes se las ingenian para convertirse en  ‘dioses vivientes’, y luego se inventan la historia de la sucesión hereditaria, por la cual se sucedían el poder de padres a hijos, todo por la gracia divina, hasta que alguien mataba al último heredero idiota y fundaba una nueva dinastía.

Llegar al poder se volvió un asunto retorcido y perverso y a eso se le llamó ‘hacer política’. Con el correr de los siglos surgieron teóricos de la política, o politólogos como les decimos hoy, entre ellos un señor llamado Nicolas Maquiavelo quien, en pleno renacimiento, escribió su obra El Príncipe, que más bien debería llamarse como llegar al poder y mantenerlo. En general es un manual de perversidades, mañas y de trucos que debe aplicar el príncipe, es decir el gobernante.

Solo a los griegos se les vino a la mente que la política la deberían hacer y decidir todos los integrantes de la polis, así que se inventaron la democracia, que hasta hoy ha resultado el menos malo de todos los sistemas para buscar el bien común y dirigir la organización de la polis.

Pero el poder es un demonio, el peor de todos los demonios que habitan en el hombre, por lo que la política siempre ha estado tentada por la perversidad y por todos los vicios humanos, y si no solo compare.

Un sátrapa de la antigüedad lo primero que deseaba era tener oro o fortuna, que la obtenía por medio de la imposición de tributos y de la guerra. Hoy es lo mismo, solo que los tributos, que llegaban a la crueldad, hoy se llaman impuestos y la guerra es la misma, solo con tecnologías nuevas.

Lo segundo que hacía era tener un ejército y rodearse de una corte de serviles lacayos. Hoy siguen teniendo ejército a su disposición o policías, que es lo mismo. La corte se cambió por una burocracia y los lacayos por ‘el grupo político’.

Lo tercero era ser adorados y alcanzar la gloria. Hoy siguen en lo mismo, solo que ahora lo hacen a través de un aparato de publicidad y el deseo de ‘dejar un legado histórico’.

Lo cuarto era rodearse de placeres, por lo que tenían su harem, que era un grupo de hermosas mujeres que, en el caso del Gran Kan del imperio chino, “deberían ser bellas, no despedir malos olores, tener un sueño apacible, ser graciosas y conocer algún arte de entretenimiento”. El harem no solo tenía mujeres; también debía incluir manjares exóticos, bebidas especiales y sustancias estimulantes. Hoy los hombres del poder siguen teniendo harem, ya sea que les gusten hombres o mujeres, o ambas cosas. Como son más ramplones se conforman con que las mujeres sean pasablemente guapas y no despidan malos olores. Con una carne asada está bien, un buen tequila, música de acordeón y unas líneas de coca bien cortada. Eso es todo, pero es suficiente para que asuman el poder rozagantes, y salgan de él llenos de achaques y notoriamente envejecidos. 

Ya no hay dinastías, que en China duraban hasta mil años, lo que estaba bastante triste para la movilidad de la clase política, pero, al menos en México, el poder si se hereda, y no falta quien se lo quiera heredar al hermano, al hijo o hasta a la esposa, siendo que nosotros no somos culpables de sus malos gustos conyugales.

En la época de oro de Atenas, al inicio del siglo cuarto antes de Cristo, surgió el más grande estadista y demócrata: Pericles, a quien los historiadores de la época lo describen como un hombre de excelente presencia física, un gran orador que tenía una formidable capacidad de persuasión; un visionario de la democracia, un gran militar, un político incorruptible y, por si le faltara algo: un amante de las artes y de la cultura.

Encarnaba la personalidad del político ideal para dirigir una democracia. ¿Cuántos políticos actuales conocemos que se aproximen siquiera a la figura de aquel gran Pericles? Buenos oradores, y con encanto en el hablar, hay poquísimos; incorruptibles, menos; visionarios de la democracia, escasísimos; de buena presencia física, pocos; amantes de las artes y la cultura, casi ninguno.

Corruptos, incultos, sin gracia en el hablar, cortos de visión y feos tenemos a puños, y esa parece ser nuestra desgracia, pero también la desgracia de la democracia en todo el mundo.

Imaginemos a Pericles, como lo describen sus contemporáneos y pongámoslo junto a nuestros ‘estadistas’ y encontraremos las razones de nuestras desgracias nacionales.

Si en algo nos puede servir de consuelo lo podríamos comparar con ese horrible personaje llamado Donald Trump, y la comparación no puede ser más infeliz, considerando que el monstruo de al lado dirige a la democracia más grande del mundo.

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