Alejandro “Alito” Moreno: una bendición para Morena

Alejandro “Alito” Moreno: una bendición para Morena

Por: Gerardo Lozano

El dirigente del PRI es una joya invaluable para los intereses de la 4T. Es posible que termine por irse, si le da su gana, o si finalmente le aprietan la soga que lleva atada al cuello, pero ya todo el daño que podía hacer lo hizo.

Andrés Manuel López Obrador estaba muy resentido porque no llegó a la presidencia en 2006, porque entonces era 12 años más joven y no cargaba un costal de enfermedades y achaques, pero observando todo lo que ha pasado en los últimos ocho años, ha sido un político de los más afortunados, pues, para sus propósitos, llegó en un momento inmejorable, a grado tal que pareciera haber planeado el peor momento de sus adversarios, a los que él denomina como enemigos.

Si llega en 2006 se hubiera encontrado con un PAN fuerte, competitivo, y un PRI viejo y cansado, pero sin el gobierno de Enrique Peña Nieto, tan inepto como desleal a su partido, que le abono estupendamente el terreno e hizo un pacto de traición, a cambio de la impunidad, y de un autoexilio dorado.

Fue tal la fortuna de López Obrador que llegó a la dirigencia del PRI un personaje como Alejandro “Alito” Moreno, al cual pudo haber destruido, porque tenía todos los elementos para ello, pero pronto entendió que era una bendición. Debe ser hasta gozoso tener un enemigo así: rupestre, brabucón, con una inteligencia política primitiva. Mover los hilos para quitarlo sería un gran error.

Dicen que cuando la diosa fortuna da, no se anda con tacañerías; es espléndida. Y debe ser cierto porque llegó a la dirigencia nacional del PAN Marko Cortés, una especie de “Gutierritos” de la política, mediocre por el lado que se le viera. Si el PAN ha sobrevivido es por los grupos regionales que operan por su cuenta, como en Querétaro, Guanajuato, Aguascalientes y Chihuahua.

Tanta fue la fortuna del momento político, que a López Obrador le tocó un Donald Trump mucho más contenido, y solo por dos años; los otros cuatro le tocó Joe Biden, un político senil e irresponsable, con un embajador bobalicón que comía en su mano.

Nadie niega que López Obrador es, como animal político, un personaje fuera de serie, aunque como estadista resultó una desgracia, lo que no le quita que era un experto en demolición política y gubernamental, pero todo eso no lo hubiera podido hacer si llega a la presidencia de la república en 2006. Contra lo que él mismo pensaba, 2018 fue un año ideal para su ascenso al poder.

“Alito” Moreno es una joya invaluable para los intereses de la 4T. Es posible que termine por irse, si le da su gana, o si finalmente le aprietan la soga que lleva atada al cuello, pero ya todo el daño que podía hacer lo hizo. Del PRI solo queda Coahuila, todo lo demás es tierra quemada. Deberían de darle las gracias y recompensarlo de alguna manera, como lo hicieron con muchos gobernadores priistas, quienes fueron recompensados con embajadas e impunidad, después de haber entregado sus estados al control gubernamental de Morena.

El problema principal parece ser que a nadie, por lo menos a nadie de talento, le interesa la dirigencia nacional del PRI, porque además de cerrar las puertas desde fuera, ya casi nada queda por hacer, con lo que ha sido el partido más poderoso de nuestra historia, que, al parecer, tendrá una muerte más penosa que la del mismísimo Porfirio Díaz, quien murió de tristeza y de olvido, habitando la eternidad en una tumba perdida de un viejo panteón de París, con un océano de por medio.

Lo último de “Alito” ha sido ir a los Estados Unidos a solicitar medidas en contra de los narco-políticos morenistas, un acto tan torpe que se convierte en sospechoso, pues está apuntalando el nuevo discurso de Morena: la injerencia norteamericana como bandera de mantener la polarización política en México, y preparar terreno por si se ofrece manipular las elecciones de gobernadores y diputados federales en 2027.

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