La idea inhumana de humanizar a los perros

La idea inhumana de humanizar a los perros

Por: Álvaro González

Hay muchas razas de perros que han sido extraídos de su hábitat natural desde hace mucho tiempo, pero no por ello estos pierden su naturaleza original, aunque se vean forzados a vivir en condiciones completamente diferentes y, para ellos, atroces.

El albergue de perros es una instalación muy grande, que debe tener en custodia no menos de 60 perros, casi todos ellos de los llamados “mestizos”, que han sido recogidos de la calle o entregados por familias que ya no pueden tenerlos. Todos esperan ser adoptados, pero mientras tanto deben ser alimentados, cuidados, vacunados, esterilizadas las hembras y medicados algunos de ellos.

Este albergue, ubicado sobre el boulevard Constitución, es uno de varios que existen en Torreón, donde son cada vez más las personas que se dedican al rescate y cuidado de perros abandonados, a los que llaman “lomitos”. Tienen un cariño especial hacia ellos y hacen lo que pueden, porque en las calles de Torreón deambulan miles de perros callejeros: famélicos, enfermos muchos de ellos, sucios y en busca de cualquier cosa que tragar.

El tener un perro en casa se ha vuelto una costumbre sumamente común, ya sea para utilizarlo de guardián; para compañía de los niños o algo más especial, como una especie de compañero de vida.

Mucha gente quiere un perro y puede pagar una cantidad importante de dinero por uno “de raza”. En apariencia está de moda difundir una cultura de cuidado hacia los animales y ya existen leyes para castigar su maltrato, pero de fondo muy poca gente entiende la naturaleza de estos animales, lo que ha propiciado que se extienda cada vez más una intención, voluntaria o involuntaria, de “humanizar” a los perros, tratándolos no como animales que son, sino como personas.

Ruth es una mujer viuda de 65 años, quien vive sola y sostiene una mala relación con los pocos parientes que tiene en la región. El único hijo que tuvo vive con su familia en Guadalajara y mantiene con él una relación muy poco cordial, por diferencias con la nuera.

Pero Ruth tiene cinco perros, uno de ellos enfermizo, el cual es llevado con gran frecuencia al veterinario. El pobre animal ha recibido tantos medicamentos que ha desarrollado enfermedades diversas, por lo que es atiborrado de antibióticos.

El perro se llama Tino, duerme en la misma cama de Ruth y no puede dejarlo solo por mucho tiempo, porque el perro cae en una especie de depresión, deja de comer y deja de beber agua. En tiempo de calor debe estar en un lugar con aire acondicionado y en tiempo de frío usa suéter y una especie de botas tejidas y un gorro.

Tino pasa horas en brazos de Ruth viendo la televisión y se besan en la boca, lo que el veterinario no lo recomienda, pero ella no le presta mayor atención.

El veterinario le recomienda que trate a los perros sin tantos cuidados, que los lleve más seguido al parque, que les dé más espacio, que no son buenos tantos medicamentos, pero al final no insiste tanto, porque Ruth es una excelente cliente con sus cinco perros, que son todos atendidos en su clínica.

En el último año, Tino ha sido sujeto a tres ultrasonidos para monitorearle un padecimiento, algo que muy raras veces hace un humano.

Si Tino se enferma, Ruth está triste y preocupada, no le importa gastar en él la cantidad que sea necesaria, pues goza de dos pensiones como enfermera jubilada y una pensión que le heredó su difunto marido, quien también era enfermero. Su vida son sus cinco perros: Tino, Nico, Pancho, Polo y Lisa. 

 Entre los cinco se tragan un costal de croquetas cada semana, varios pollos, levadura de cerveza, “aserrín” (retacería de carne de res) y galletas especiales para perro que les compra como premio a las gracias que saben hacer cada uno de ellos.

PASTORES VIVIENDO EN PATIOS

La casa de Ruth, aun cuando se mantiene limpia, tiene un penetrante olor a perro, pues los perros tienen su cuarto especial para dormir, con sus respectivas camas y tazones, pero deambulan por toda la casa.

Ciertamente Ruth es un caso especial, pero lo que no es especial es esta tendencia de tratar de humanizar a los perros y de tener en casas medianas, pequeñas y algunas grandes, perros de razas que están clasificadas como pastores, perros de trabajo con una enorme energía, que viven en patios y en general en espacios pequeños como cocheras, jardines también chicos y lugares donde subsisten en la inactividad; ociosos, estresados, volviéndose cada vez más inútiles y atrofiados de sus cualidades originales.

Es algo muy común comprar perros de ciertas razas, como pastores belgas, dóberman y aún bull terrier como guardianes. Razas de una altísima energía que viven permanentemente encerrados y estresados, siempre en espera de algún extraño al cual morder. 

Recuerdo ahora una novela de Guillermo Arriaga, El Salvaje (Alfaguara), donde gran parte de la trama versa en torno a un perro que fue comprado como perro-lobo, pero en realidad es un lobo y su heredero se propone llevarlo desde la ciudad de México a Canadá y liberarlo, lo que finalmente hace.

La trama no es tan fantástica: está de moda comprar perros-lobo entre gente de clase alta o media alta que posee el dinero suficiente para adquirirlos. Hay anuncios de venta de perros-lobo de criaderos ubicados en Canadá. También hay anuncios de venta de perros-lobo de cruzas con lobo gris mexicano. Es una variedad de perro exótica, pero peligrosa, debido al temperamento nervioso de la misma, en opinión de los especialistas.

Hay muchas razas de perros que han sido extraídos de su hábitat natural desde hace mucho tiempo, pero no por ello estos pierden su naturaleza original, aunque se vean forzados a vivir en condiciones completamente diferentes y, para ellos, atroces.

Es común observar en nuestro medio a perros de razas como el husky siberiano, un hermoso animal que, de acuerdo a los nuevos estudios de ADN, está considerado como una de las razas más antiguas de perros que existen en el mundo, cuyos orígenes se remontan a 15 mil años de antigüedad.

Originalmente esta variedad de perro está destinada al trabajo pesado, a vivir en climas extremadamente fríos y a espacios abiertos de tundra y bosque siberiano.

Tener a este perro en climas como el de Torreón, en casas, con climas por encima de 40 grados centígrados durante una parte del año, es una atrocidad.

ROCKY Y LA HISTERIA COLECTIVA

Al parecer el Saltillo en que viví hace cosa de 40 años, ha cambiado muchísimo, y no lo digo solo por su economía, por el explosivo crecimiento poblacional, sino por el comportamiento de ciertos grupos sociales.

El caso de ‘Rocky’ un perro que fue cruelmente amarrado a una camioneta, arrastrado por kilómetros y atropellado hasta en tres ocasiones por su dueña, Liliana “N”, muestra un acto de violencia extrema contra un animal que es, por naturaleza, sumamente noble, al cual las revistas especializadas en razas caninas lo denominan como ‘los gigantes gentiles’, pues se trata de un ‘Gran Pirineo’.

Lo que sucedió después de su fallecimiento deja varias lecturas. La primera de ellas es el comportamiento anómalo de la dueña, quien, a partir de lo que hizo, evidencia un trastorno de la salud mental, que le toca analizar a los especialistas en el tema. La conclusión es que no cualquier persona está apta para tener un perro, y, como se dijo antes, no cualquier espacio es adecuado para tener muchos tipos de razas caninas.

En este caso Rocky, quien tenía ya 14 años de edad, era un anciano, de una raza enorme, que puede alcanzar los 80 centímetros de altura y hasta 70 kilos de peso, en el caso de los machos. Como el nombre lo indica, es originario de los Pirineos, de la parte de Francia y España; un perro de tarea usado para cuidar ganado, pero más recientemente, por su fortaleza física, en tareas de rescate y de terapia, esto último por su temperamento apacible.

Para su dueña, el pecado de Rocky fue no obedecerla y salirse a la calle, lo que comúnmente se da cuando los perros viven en espacios inadecuados. La pregunta es qué hace un ‘gigante de los pirineos’ en una casa habitación. Eso, por sí mismo, es una crueldad.

La segunda lectura es que el caso de Rocky desató una especie de histeria colectiva, originada en las redes sociales, la cual, por momentos, se salió de control, al tratar el fallecimiento del perro como si fuese un humano muy querido por su parentela y comunidad, cuando casi nadie lo conoció, salvo la dueña y algunos vecinos. 

Las cosas se desbordaron cuando apareció un influencer famoso de la ciudad de México, que incitó a la masa indignada contra el gobierno municipal y contra las autoridades en general, amenazando inclusive con crear un mitote de alcance nacional.

Esta muy bien que los ciudadanos sean sensibles a la violencia contra los animales, a los que ahora se ha denominado ‘seres sintientes’ (todos somos seres sintientes), pero eso no justifica el caer en la histeria colectiva y pretender el humanizar a ciertos animales, como los perros y los gatos.

Bajo la presión generada con el caso de Rocky, se ha anunciado la próxima creación de una  vicefiscalía especializada en delitos sobre maltrato a los ‘seres sintientes’, cuando en México tenemos un problema enorme de impartición de justicia; un altísimo índice de maltrato hacia la mujer; uno de los índices criminales más altos del mundo, lo mismo que de desaparecidos, por no referirnos al maltrato infantil, que es también alto.

Este tema específico de los perros es algo complejo y, de hecho, está todavía fuera de control. Por un lado, hay familias que tienen ‘perrhijos’, a los cuales tratan como un humano y los pasean en carreola en los centros comerciales, pero por otro lado hay miles y miles de perros callejeros vagando por nuestras ciudades: famélicos, hambrientos, enfermos. Los albergues hacen lo que pueden y recogen a unos pocos.

En el fondo está la ignorancia y la irresponsabilidad de tener perros en casa, sin conocer la naturaleza de estos animales, además de no responsabilizarse de su procreación. 

El año pasado una amistad, quien ya es una persona de la tercera edad, salió a regar su jardín y, de pronto, apareció un perro blanco enorme que se le echó encima. Era precisamente un Gran Pirineo que quería jugar, pero como pesa 70 kilos, diez más que la señora, la lanzó violentamente sobre la banqueta, con tan mala fortuna que le provocó doble fractura de cadera. La dueña, que paseaba al perro, pero no lo puede controlar por su fuerza, se mostró apenadísima ¿Pero la cadera rota y los enormes gastos hospitalarios?

Esto nos lleva a la conclusión final de la responsabilidad. Una persona que decide tener perro debe, antes que otra cosa, conocerlos, pero enseguida ser responsable de él en todo sentido, es decir alimentarlo, cuidarlo, darle espacios adecuados, ejercitarlo, evitando tener razas que, por su naturaleza misma, no pueden habitar en patios y en general en casas habitación.

Todo esto se puede legislar, con la ayuda de especialistas, así que podemos tener una ley sobre las obligaciones de los propietarios de mascotas, que puede ser muy específica, pues ahora solo se tipifica el maltrato animal, entendiendo este como el ejercicio de la violencia, pero esa no es la única forma de crueldad y de maltrato animal, tampoco de irresponsabilidad.

En el caso famoso de Rocky, la dueña debe enfrentar la sanción judicial que le corresponde, pero es obvio que la mujer necesita ir a terapia psicológica o atención psiquiátrica, lo que proceda, pero eso no está contemplado en la ley.     

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