Por: Eugenia Rodríguez
Más de dos décadas es lo que arrastra esta problemática que parece no tener una solución real de fondo
El problema del ambulantaje en el Centro Histórico de Torreón es un fenómeno complejo, donde se mezcla la marginación social, la lucha por espacios de sobrevivencia, pero también la ambición de un grupo de familias, muchas de ellas de origen indígena otomí y mazahua, del estado de Hidalgo y, como ingrediente principal, la ineficiencia y corrupción de algunos gobiernos municipales.
El problema de la vendimia en forma de ambulantaje siempre ha existido en Torreón, desde sus mismos orígenes, pero en el Torreón actual ha cambiado notoriamente, generando una pugna permanente entre los comerciantes establecidos del Centro Histórico de Torreón, y un muy numeroso grupo de vendedores que invaden las banquetas y se apropian de espacios públicos.
El problema tomó un giro más acelerado cuando aparecieron en Torreón, procedentes del estado de Hidalgo, una familia de origen otomí y mazahua, que, debido a las condiciones de pobreza extrema y a la condición cada vez más precaria de la agricultura de sobrevivencia, comenzaron a migrar hacia diferentes ciudades del centro, bajío y norte del país, entre ellas Torreón.
Esa familia, que originalmente vendía semillas tostadas, dulces y rudimentarias artesanías, era liderada por una indígena de nombre Tomasa. Se establecieron colocando mantas en algunas banquetas del centro de Torreón, principalmente en la calle Hidalgo. Vendían por la mañana y las tardes y, con la llegada de la oscuridad, levantaban sus mantas y se iban, para reaparecer al día siguientes.
Lo mismo hicieron otros vendedores ambulantes y puestos de comida.
El problema parecía inofensivo hasta que comenzó a crecer cada vez más. De ser unos pocos pasaron a sumar cientos, la mayoría de los cuales prefirieron la calle Hidalgo y el sector Alianza, por ser los de mayor tráfico peatonal. Ya no les tocó el auge de la calle Morelos.
En 2007, el alcalde panista José Ángel Pérez, se encontró con que los ambulantes en el Centro Histórico se habían vuelto todo un problema, pues de acuerdo a un censo que se realizó, su número había ascendido a cerca de 350.
Ya no se trataba de los vendedores de semillas, tostadas, dulces y artesanía rústica. Eso había quedado en el pasado. Ahora eran vendedores de lo que se denomina como ‘fayuca’, lo que abarca todo tipo de artículos de procedencia china, que se consiguen de contrabando en lugares como la ciudad de México.
La familia de Tomasa ya no era pobre; había prosperado, construido viviendas, mejorado muchísimo su nivel socio-económico y transportaba su mercancía en camionetas caras, pero ya no eran una sola familia sino muchas, y todas dedicadas a lo mismo. El poder de liderazgo de Tomasa estaba respaldado por cientos de vendedores.

LAS BARBARIDADES DE JOSÉ ÁNGEL PÉREZ
José Ángel Pérez decidió solucionar el problema, pero lo hizo de una manera desastrosa. Para ello ideó la creación de lo que se denominó como Paseos Peatonales Cepeda y Valdés Carrillo, que consistió en tomar dos de las calles más céntricas de Torreón y crear dos enormes tianguis, que iban desde la calle Juárez hasta el boulevard Revolución.
No solo tomó esos espacios, sin la autorización del INAH, que se mostró completamente inepto para proteger el patrimonio arquitectónico y cultural, sino que el diseño de los paseos o tianguis fue aberrante, pues consistió en enormes estructuras metálicas, que pretendían crear una sombra y, debajo de ellas, se colocaron locales muy grandes, todos ellos de acero inoxidable. Un pésimo diseño, que, ya en el peor de los casos, debió por lo menos ser mucho más sencillo y funcional, pensando en la visibilidad, la circulación y la estética.
El proyecto costó 160 millones de los de 2008, pero, además, como los comerciantes opusieron resistencia, les ofrecieron toda una serie de canonjías, como becas, apoyos de diversos tipos a través de Desarrollo Social, y se tuvo que comprar a los líderes, a quienes se ofreció una ubicación preferente y se les dieron sumas importantes de dinero.
Finalmente, los comerciantes se trasladaron a ambos tianguis, pero el gusto gubernamental duró muy poco tiempo.
En 2019, once años después, el gobierno de Jorge Zermeño Infante, también panista, encontró que al menos la mitad de los tianguis de la Cepeda y Valdés Carrillo estaban abandonados. De acuerdo al censo y a la inspección realizada, quedaban solo 20 vendedores, en los tramos de las calles Presidente Carranza al boulevard Revolución.
Con el abandono, muchos locales se habían convertido en sanitarios públicos, lo que provocaba una fuerte pestilencia en el lugar, pero además por las noches eran guarida de vagabundos y viciosos, lo que les convertía en un problema de seguridad, por lo que se decidió desmontarlos y reabrir a la circulación vehicular y peatonal ambas calles, en los tramos referidos.
A valor presente, se habían tirado a la basura más de 100 millones de pesos del erario público de la ciudad.

OTRA VEZ EL MISMO PROBLEMA
Al iniciar el primer gobierno de Román Alberto Cepeda, en 2022, la Dirección de Plazas y Mercados se encontró que había al menos 200 comerciantes informales, quienes se amparaban en permisos provisionales, otorgados, en muchas ocasiones, de manera incluso verbal, por diferentes gremios u organizaciones de comerciantes ‘fijos y semifijos’, pero con el disimulo de los inspectores de Plazas y Mercados.
También encontraron que una parte de los locales de los tianguis de Cepeda y Valdés Carrillo eran usados, por los mismos comerciantes, como bodegas, lo que contraviene el reglamento municipal.
Las cosas parecieron empezar de donde estaban hacia 22 o 25 años atrás. Las banquetas de las calles Hidalgo y Juárez estaban nuevamente invadidas de comerciantes ambulantes, y se expuso, nuevamente, la idea de ‘reordenar el ambulantaje en el Centro Histórico’.
Después de perder el tiempo en negociaciones con los gremios de ambulantes, fue hasta junio de 2025, ya en el segundo gobierno de Román Alberto Cepeda, que se decidió retirar los llamados permisos provisionales. Se informó, oficialmente, que no se renovarían al menos 160 permisos, lo que no significó que la mayoría de los ambulantes se retiraran.
En 2026, ante la aparente insistencia de las autoridades municipales, decenas de comerciantes ambulantes recurrieron al amparo, pues tienen recursos para contratar abogados.
El problema original, que tenía como ingrediente la marginación social y la pobreza extrema en ciertos lugares del centro del país con poblaciones indígenas, ya no es válido. Ahora se trata, en sentido más estricto, de grupos de comerciantes que encuentran en el ambulantaje y la informalidad una forma de hacer negocios.
Aquella líder que se inició a finales del siglo pasado, Tomasa, vio crecer a sus hijos, quienes se integraron al negocio, y ahora tiene nietos, muchos de los cuales también se han integrado al negocio. Compran grandes cantidades de mercancía china, introducidas al país por organizaciones de la ciudad de México, sin pago de impuestos y a través de redes mafiosas. Ahí se abastecen muchos miles de comerciantes de todo el país, quienes tampoco pagan impuestos, se autoemplean, emplean a la familia, con la ventaja de que no tienen que pagar rentas, servicios y todos los molestos trámites administrativos del comercio formal. Lo ganado va directamente al bolsillo.

El problema de fondo, desde el inicio, ha sido la incompetencia y la corrupción gubernamental, pues el comercio informal está ya por toda la ciudad y es parte de la economía local. Los últimos censos son bastante ilustrativos: el comercio formal genera alrededor de 208 mil plazas de trabajo, se supone que con prestaciones sociales, pero no necesariamente, lo que sí es un hecho es que existen muy bajos salarios y explotación laboral. Los grandes comercios del llamado Centro Histórico y de toda la zona metropolitana, no son ningún modelo de responsabilidad social.
El comercio informal genera, solo en Torreón, la impresionante cantidad de 140 mil plazas de trabajo, donde no hay prestaciones sociales, porque en la mayoría de los casos se trata de familias que se autoemplean, quienes tienen ingresos muy superiores a los que se perciben a través de empleos formales.
Casi toda la economía del llamado Centro Histórico de Torreón está dirigida a una clientela de ingresos bajos a medio bajos. La diferencia es que una parte de la economía es formal y la otra informal.
En medio del desorden de la informalidad en Torreón, hay una parte del ‘tianguismo’ que funciona con orden, como los grandes tianguis de ‘La Rosita’, ‘El Fovisste’, también conocido como ‘garrerías’, solo por citar dos de muchos, quienes se instalan en calles y avenidas ciertos días de la semana. Montan sus puestos y lonas, trabajan todo el día y por la tarde se retiran, desmontando todo, se realiza limpieza y las avenidas y calles funcionan como siempre el resto de la semana. Los comerciantes se organizan entre ellos para asignar lugares y pagan una cuota, más bien modesta, a Plazas y Mercados.
Otro ejemplo es el ‘mercadito navideño’, que se instala en el mes de diciembre, y se levanta terminando la temporada.
Después del 2008, con los tianguis de la Cepeda y Valdés Carrillo, que implicaron un enorme gasto gubernamental, tomando en cuenta las obras y el gran reparto de canonjías, los comerciantes ambulantes ya no debieron volver a las banquetas de las calles Hidalgo, Juárez y sector Alianza. Si lo hicieron fue por la corrupción gubernamental.
Lo que hoy se hace ya no tiene justificación en la marginación y la pobreza extrema, eso fue al inicio; lo de ahora es chantaje, abuso y corrupción.



