¡Que viva México! ¿Pero qué es la mexicanidad?

¡Que viva México! ¿Pero qué es la mexicanidad?

Por: Álvaro González

Todo lo que hoy identificamos como mexicano es producto del mestizaje español e indígena: la charrería, el mariachi, la religión, la comida, la arquitectura, todo. 

En medio de las fiestas patrias surge un fervor nacionalista: todo mundo nos sentimos orgullosos de ser mexicanos, pero hay un asunto de fondo que casi nadie se plantea: ¿Qué es la mexicanidad?

Resolver la interrogante no es nada fácil, porque venimos de una mezcolanza de culturas y de razas muy compleja.

Venimos de la civilización antigua más rica y fascinante de todo el continente, que se remonta por lo menos cuatro milenios atrás.

Pero, chocarreramente, como suele ser la historia, nos tocó que la llegada de los españoles, es decir la cultura europea, se diera justo cuando estaba en su apogeo el imperio mexica; un imperio con tintes macabros, que se tomó prestadas otras culturas mucho más avanzadas, utilizándolas para crear una cultura de la muerte, de la guerra y del fanatismo religioso, no importando lo maravillosa que fuera la herencia recibida de las culturas del altiplano.

La capital mexica era México-Tenochtitlan. Después de derrotarlos, Hernán Cortés se puso a construir encima de Tenochtitlan una gran ciudad, a la que comenzó a denominar, alrededor de 1530, como México, la que se convertiría en la capital del Virreinato de la Nueva España, por tres siglos.

¿Pero quiénes eran estos mexicas que crearon todo un imperio y nos endilgaron el nombre del país y el gentilicio de mexicanos?

Para no aburrir, pongamos las cosas en términos sencillos pero ilustrativos. Eran una tribu chichimeca de cazadores y recolectores salidos de algún lugar al norte de lo que hoy llamamos el centro de México. ¿Exactamente de dónde? Eso es un misterio que no se ha podido resolver.

Debieron ser buenísimos flechadores, feroces como guerreros y físicamente algo más altos que otras etnias indígenas, que eran de bajos a muy pequeños, como los mayas. Tenían una cultura muy pobre y rudimentaria, y tenían mucha hambre y muchas ganas de ser parte de las grandes culturas del altiplano.

Cuando fueron poderosos se inventaron toda una mitología, donde aparecen como un pueblo predestinado a la grandeza, que comienza un recorrido en busca de la tierra prometida partiendo de un lugar llamado Aztlán, pero como era mitológico, nunca dijeron dónde quedaba. ¿Le suena el parecido con la historia bíblica?

Arribaron al valle de México y le gustó muchísimo el lago de Texcoco, solo que todo el contorno de este maravilloso lugar ya tenía dueños, que eran superiores en cultura, pero sobre todo en las artes de la guerra.

Sobrevivieron por ahí arrinconados, pasando hambre y humillaciones, engordando el rencor y la envidia, porque no tenían ni permiso de pescar en el lago, pero eran como los búhos: hacían poco ruido, pero se fijaban en todo, lo que les hizo absorber cuanto podían de los señoríos y reinos que habitaban en el altiplano, pero seguían alimentando sus rencores y ambiciones.

La historia documentada dice que en el 1325 después de Cristo, se apiadaron de ellos y les cedieron un islote rodeado de lodazales en la laguna de Texcoco, y ahí fundaron México-Tenochtitlan. 

Luego se inventaron que su dios Huitzilopochtli, también llamado Mexitli, que era originalmente un diosecillo más que no curaba ni un catarro, les había dado la señal de establecerse donde encontraran un águila sobre un nopal, devorando una serpiente; símbolo que fue a parar justo en el centro de nuestra actual bandera nacional.

Así que el nombre de la patria se lo tomó el conquistador Hernán Cortés de los derrotados mexicas, se lo puso a la hermosa ciudad que construyó, sobre lo que debió ser otra hermosa ciudad de Tenochtitlán. 

Estos mexicas, ya empoderados y convertidos en imperio, tenían muchas cosas buenas, todas ellas prestadas de otras grandes culturas prehispánicas, pero muchas otras cosas terribles.

Era tremendamente supersticiosos; cualquier tontería se convertía en señal divina, ya sea de buen o mal augurio; tenían una estructura social más clasista que un reino europeo medieval; era una devoción sacrificar a su dios víctimas humanas, pero el dios solo se quedaba con el corazón; los sacerdotes con la piel, después de desollar al muerto y ponérsela como capa; todo lo demás se disfrutaba en banquetes y comilonas en forma de pozole verde, pues eran caníbales.

El cuerpo de las mujeres era más apreciado que el de los hombres, porque tenía más grasa y la carne era más suave, una delicia, según ellos. Era una lástima que se sacrificaran mujeres, y pocas, solo dos veces al año.

Aquella era una sociedad horriblemente machista, donde la mujer no tenía más utilidad que en metate o en el petate. 

Se practicaba masivamente la esclavitud y un esclavo se podía vender para engordarlo y ofrecerlo como sacrificio sagrado.

El canibalismo era una práctica muy extendida entre los señoríos y reinos de lo que hoy es el valle de México.

Como fueron el último imperio grande y la Nueva España se construyó a partir del valle de México, la cultura mexicana tiene un gran ingrediente mexica pero, como se dijo, todo era prestado por las culturas más desarrolladas del altiplano.

De esa cultura de los pueblos prehispánicos del altiplano heredamos buena parte de nuestra genética y cultura, para formar lo que hoy llamamos la mexicanidad.

Solo por citar la comida, la lista de lo heredado es amplísima: maíz, y todo lo que se hace con este, como tortillas, tamales, pozole, elotes, atole, pinole, gorditas, tacos. En resumen, gran parte de la cocina que se conoce como mexicana de ahí viene.

Dentro del paquete venían otros asuntos sumamente importantes: una exacerbada religiosidad; una cultura de la sumisión y de las castas, y un gran gusto por la violencia.

LA HERENCIA HISPANA

En 1517 llegó a lo que hoy es España un muchacho de 17 años, cargado de títulos nobiliarios, procedente de Flandes, lo que hoy es Bélgica. Por primera vez todo el territorio de la península ibérica, que estaba dividido en los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, se integró bajo un soberano, que no hablaba el español de la época y jamás había pisado esas tierras. Era Carlos V, quien pronto sería además emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

La península ibérica tenía ya una historia de lo más compleja.

Las tribus originales, que hablaban diferentes lenguas, eran bastante belicosas. Cuando no se estaban peleando con un enemigo común, les daba por pelearse entre ellos mismos. 

Los primeros en aparecer por ahí con propósitos de conquista fueron los cartagineses, pero después de las guerras con Roma fueron borrados de la faz de la tierra, lo que permitió que los romanos entraran a la conquista, pero se tardaron cerca de 200 años en someter a los pueblos ibéricos, lo que rindió frutos, pues Hispania se convirtió en la provincia más estable y una de las más ricas del imperio romano, hasta bien entrado el siglo V después de Cristo. Importantes emperadores romanos fueron originarios de Hispania.

Apenas estaban respirando a su gusto los hispanos, que ya tenían un altísimo componente de italianos, cuando aparecieron los temibles germanos y visigodos, y de pasada algunas hordas de vikingos, quienes además de desolar por ahí dejaron plantados sus genes, aunque en una proporción mucho más pequeña que los romanos.

Nuevamente estaban en el intento de darse un respiro, cuando cayeron sobre la península, en el 711 después de Cristo, los árabes, al grito de conquista, y no los pudieron expulsar completamente hasta 1492, justo el año del descubrimiento de América. El sur de la península se quedó con un fuerte componente morisco.

Entre naturales, cartagineses, romanos, germanos, visigodos, árabes y flamencos integraron la cultura y la genética hispana. Una mescolanza que no podía ser más compleja y se remontaba por lo menos a 5 mil años antes de Cristo.

Cuando tenía apenas 21 años, Carlos V recibe la primera carta (en realidad era la segunda, pero el correo funcionaba dificultosamente) de un tal Hernán Cortés, socio y compadre del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, donde le cuenta su encuentro con los mexicas y su rey Moctezuma. La carta debió de ser para Carlos V como un cuento de fábula, sobre un mundo exótico y apenas creíble. 

En 1522 le manda la segunda carta, con la novedad de que ya había derrotado a los mexicas, y era su más fiel súbdito. Claro que le añadió mucha grandilocuencia a sus logros y méritos, para presentarlos de la manera más grandiosa posible, pero tonto sería si no lo hiciera. Entre muchas otras cosas era escritor, y no necesitaba mayor imaginación, pues lo que hizo es, objetivamente, una de las historias épicas más grandes de todos los tiempos.

EL VIRREINATO, LA FUSIÓN

Con la cultura europea llegó un mundo tan fascinante como para los indígenas eran los europeos, pues estaban descubriendo algo que ni siquiera sabían que existía, ajeno y aislado por completo de lo que se conocía como ‘el mundo civilizado’.

Con Hernán Cortés nace el Virreinato de la Nueva España, y es a partir del virreinato que se comienza a integrar la mexicanidad, lo que llevó siglos, mucha imaginación y muchos desencuentros y dificultades que pueden considerarse espantosas.

El encuentro de las dos civilizaciones comenzó con una hecatombe poblacional, que se desató ya antes de la conquista. Los europeos trajeron la viruela, el sarampión, el tifus y ciertas variedades de gripe, para lo cual los naturales no tenían anticuerpos, lo que provocó una mortandad terrible.

En diferentes momentos del siglo XVI, como 1520, 1545 y 1576, se dieron mortandades que casi exterminan a la población prehispánica, de la cual se estima que quedó solamente entre un 10 y un 15%, al morir entre 12 y 15 millones de indígenas. Es un cálculo muy arriesgado por la falta de censos e información confiable, pero lo cierto es que murió la mayor parte de la población indígena.

Esta mortandad y la destrucción que le siguió, cambió por completo el rumbo de la colonización que siguió a la conquista.

La guerra y el hambre completaron la destrucción del mundo prehispánico, que se volvió un caos.

Fue un desastre natural que sumió a los pueblos indígenas en un pesimismo profundo. Su mundo había desaparecido; los dioses se habían ensañado con ellos. Los españoles tampoco se esperaban eso, pues veían en los pueblos indígenas una fuerza de trabajo para construir una nueva economía, donde ellos, por supuesto, llevaban la tajada del león.

Pero junto a la hecatombe, llegó la cultura europea, que se fusiona con la prehispánica que sobrevivió. Llega una nueva religión; nuevo sistema de gobierno, una tecnología y ciencia mucho más avanzada; una variedad de animales y plantas completamente desconocidos. En resumen, lo que llamamos la civilización occidental.

Nunca en la historia de la humanidad se había dado un encuentro similar de civilizaciones.

EL SINCRETISMO RELIGIOSO

La tarea principal de la colonización fue la de convertir a la religión católica a todos los naturales, quienes, como se dijo, eran sumamente religiosos., quienes tenían algunos dioses principales y cualquier cantidad de dioses menores para todas las cosas imaginables. Ya se dijo que eran tremendamente supersticiosos; les fascinaba lo mágico y la fantasía.

Si había una tarea difícil era la conversión religiosa, pero los frailes del siglo XVI se aplicaron, y le pusieron bastante ingenio a la tarea.

La iglesia mando lo mejor que tenía en aquellos tiempos: los frailes franciscanos, los dominicos, los agustinos y al final los jesuitas, a quienes les tocó el norte.

A diferencia de la casta sacerdotal prehispánica, que principalmente inspiraba miedo, los frailes fueron vistos como figuras paternales y protectoras, de ahí el sobrenombre de ‘padre’ que se le da a los sacerdotes católicos.

Cristo, el nuevo dios, no era Quetzalcóatl, pero al igual que este era humano y dios al mismo tiempo, proféticamente se esperaba su llegada, más o menos igual que en la biblia, lo que ayudó bastante. Era además un dios clavado en una cruz y martirizado, lo que también ayudó. La prédica fue rindiendo frutos poco a poco.

En 1531 se dio la genialidad de la aparición de la Virgen de Guadalupe, una representación hermosa, pero morena de la virgen María, lo que fue de gran utilidad.

En lugar de la multitud de dioses prehispánicos, la iglesia católica tenía muchos santos que, como los dioses menores indígenas, eran buenísimos para todo mal y para toda ocasión, como hoy lo siguen siendo.

 

EL MESTIZAJE Y LA COLONIA

Para no cansar, el mestizaje y la mexicanidad se forman a lo largo de los tres siglos del periodo colonial, que en los delirios de los actuales políticos en el poder parecen no haber existido.

Es un periodo muy largo y complejo, contra la idea simplista que se ha difundido hoy. Solo por citar un elemento fundamental: la población indígena se fue recuperando de la catástrofe que siguió a la conquista. Para el año de 1700, la población indígena ya era el 60% de toda la población de la Nueva España. 

Para 1793, de acuerdo al Censo de Revillagigedo, había en el país algo más de 4 millones de habitantes, de los cuales más de 2 millones eran indígenas. Los españoles, contando a los criollos y peninsulares, sumaban apenas 370 mil y el resto eran mestizos. Los afroamericanos que habían sido traídos como esclavos al inicio del siglo XVI, ya se habían mezclado, casi en su totalidad. Eran un componente muy pequeño y formaban parte de lo que se denominaba como las castas.

Todo lo que hoy identificamos como mexicano es producto del mestizaje español e indígena: la charrería, el mariachi, la religión, la comida, la arquitectura, todo. 

Esto se dio en los tres siglos de la colonia, ya sea que le guste o no a ciertos historiadores y políticos

Para llegar al jubiloso grito de ¡Viva México! Que lanzamos hoy, hubo mucho sufrimiento, muchas desgracias y una lenta pero sólida integración de varias razas y de dos culturas completamente diferentes que parieron el mestizaje. 

Como en todo parto hubo mucho llanto y dolor; sangre y, finalmente, alegría al generarse una de las identidades nacionales más ricas del mundo, la cual, por cierto, está siendo invadida agresivamente, sobre todo en las últimas décadas, por la cultura norteamericana.

Solo la ignorancia y la mala voluntad hacen difundir la idea que la mexicanidad nació con la guerra de independencia, que por cierto fue un verdadero caos, que se extendió hasta la cuarta parte del siglo XIX, donde, por poco, terminamos desintegrados como país, pero esa es otra historia.  

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