Texto y Fotos: Luz Ma
Dicen que la magia se encuentra en los pequeños detalles, esos que se pierden en el caos de la rutina diaria, que asumimos como un hecho ordinario y que raramente nos detenemos a contemplar para dar una pausa a la reflexión.
Camino por las calles del centro de Torreón, entre Cepeda y Avenida Juárez para ser más exactos, los rayos de sol pegan como una caricia que le da a la tarde esa tonalidad cálida que caracteriza a nuestra comarca. Hoy es uno de esos días en los que se activan los sentidos para captar detalles, las postales de gente deambulando sin rumbo, el bullicio de los autos que se mezcla con la música de la Plaza de Armas y los viejecitos que bailan al ritmo.
Durante mi recorrido, escucho el sonido del tranvía que se detiene y deja al guía para hablar ante el micrófono “A su lado derecho se encuentra el Hotel Galicia”. Giro la cabeza y contemplo una edificación que se alza imponente ante mí.

El Hotel Galicia, ubicado en el cruce de Cepeda y Avenida Juárez, a unos metros de la Plaza de Armas, es uno de los edificios emblemáticos del Centro Histórico de Torreón.
Construido a inicios de la década de 1930 por el arquitecto español Fernando Rodríguez Rincón, destacó por su arquitectura de influencia diversa, con elementos art déco, nouveau y detalles arabescos, reflejando la modernidad y elegancia de la época.

A lo largo de los años, fue escenario de celebraciones, encuentros políticos y visitas de personajes destacados, convirtiéndose en testigo de una época de gran actividad y transformación en Torreón.
Aprovechando el momento, analizo el lugar y me percato de los detalles que componen al edificio, la piedra blanca desgastada por el paso de los años y la puerta principal que tiene al lado el número doscientos sesenta tres, desgastada y casi cayéndose.

Me quedo contemplando el lugar y me pregunto ¿cómo habrán sido aquellos años de esplendor? Gente entrando y saliendo, asomándose por sus balcones y subiendo por sus escaleras. ¿cómo habría sido? ¿cómo sería hoy en día?
Perdida en mis pensamientos, me doy cuenta de que yo sí conocía el lugar, ¿Cuántas veces no había pasado por los negocios que se encuentran en su parte baja? ¿cuántas veces no había pagado el parquímetro? ¿O me habría detenido a comprar un helado?

Sigo mi camino y conforme avanza mi recorrido, me encuentro de frente con gente de todo tipo, mujeres, niños, viejecitos con el estilo característico de los ranchos y los ejidos, otros con sombrero de bombín que remontan a los años de esplendor del viejo Centro Histórico y hacen volar tu imaginación a aquellos tiempos.
Arribo a la esquina de Zaragoza e Hidalgo, con mi cámara en mano voy captando pequeños momentos de cotidianidad que llaman mi atención. Entre los negocios, distingo una tienda de maquillaje, una boutique y una farmacia.

Cruzo la calle para tener una mejor perspectiva del lugar y me percato que encima de aquellos negocios se alza una edificación majestuosa de color gris. En su fachada se puede leer “Hotel Salvador”.
Se dice que fue uno de los primeros grandes edificios de la ciudad, construido cuando aún era la Villa del Torreón.
Propiedad del coronel Carlos González, destacó por su arquitectura de estilo francés y por contar con modernas comodidades para su época, como luz eléctrica, timbres, elevador hidráulico y servicios de primer nivel.

‘Un verdadero palacio’ así lo llamaban sus visitantes, hoy forma parte del patrimonio histórico y arquitectónico de Torreón.
Con mi cámara, apunto a los detalles de su arquitectura ya casi muerta. Hacia una ventana sucia y desgastada, apunto, enfoco y disparo. Hacia las letras oxidadas que adornan la fachada, apunto, enfoco y disparo.
A mis espaldas escucho una voz “Tómelas desde el otro lado, le va a lucir más en la fotografía” veo a un señor al lado de un carrito de papas fritas, lo saludo y tomo la sugerencia.

Al momento que encuadro mi toma, entiendo por qué el hombre aprecia la vista mejor desde ese lado, el sol pega directamente a la fachada y parece que por un momento ha recuperado la vida.
Cruzo nuevamente la calle y lo reconozco como un igual, uno que también ve los pequeños detalles de las cosas. Y es que ¿cómo no hacerlo? solo alguien con un ojo agudo encontraría belleza en este hotel que se cae a ruinas.
Conforme me voy acercando, el hombre me mira y pronuncia “¿Verdad que se mira bien bonito desde allá?” “Sí” le contesto. “¿Usted lo llegó a ver antes?” le pregunto. “Sí, hace muchos años, pero tendrá como unos diez que llegaron los negocios, antes mucha gente se hospedaba aquí, pero como que se fue cayendo”.

Mi curiosidad se alimenta por la fascinación del hombre al hablar “¿Usted siempre está aquí?” pregunto. “Sí, yo siempre estoy aquí enfrente, a veces veo gente que se asoma por las ventanas del hotel, como fantasmas, yo creo que por eso ya no se quieren quedar en él”.
Me despido del hombre y doy una última mirada al edificio, quizá aquellos fantasmas de los que hablaba, sean solo un reflejo del miedo que inspira el lugar casi en ruinas. Quizá sea lo único que lo resalta perdido entre locales y mares de gente que no saben lo importante que un día fue.



