Por: Álvaro González
El 30 de noviembre de 2019 por la mañana, Miguel Riquelme Solís rendía su segundo informe de gobierno en Saltillo. Al mismo tiempo un convoy siniestro de alrededor de 45 camionetas con no menos de 120 sicarios, salían de Nuevo Laredo, Tamaulipas, para perpetrar un atentado masivo en el poblado de Villa Unión, cabecera del municipio del mismo nombre, ubicado a 60 kilómetros de Piedras Negras. Una parte de ellos habían ejecutado, ocho años atrás, la masacre de Allende, uno de los sucesos más terribles de la llamada “Guerra Contra el Narcotráfico”.
Todos los sicarios iban vestidos con ropa militar, equipo táctico como chalecos antibalas, cascos, guantes negros, máscaras con imágenes de la muerte, portando rifles de asalto e inclusive ametralladoras montadas de calibre 50, un arma militar que puede reventar un cuerpo humano con una sola bala. Todas las camionetas tenían blindaje artesanal, que para efectos prácticos es semejante a un blindaje comercial de nivel cuatro.
Se trataba de “La Tropa del Infierno”, el brazo armado del Cártel del Noreste, la organización criminal que controla a Nuevo Laredo, Tamaulipas, una derivación de Los Zetas, formada por dos miembros originales de ese brutal cártel. El nombre no es solo para impresionar; se trata de verdaderos engendros; una máquina ultraviolenta formada con entrenamiento militar para matar, y hacerlo de una manera sanguinaria, demencial.
El segundo informe de gobierno de Miguel Riquelme transcurría con toda normalidad en Saltillo, mientras “La Tropa del Infierno” dejó la carretera rivereña, que corre de los límites de Coahuila a Nuevo Laredo, denominada popularmente como “la carretera de la muerte”, para internarse en las brechas y dirigirse hacia su objetivo.
Villa Unión es un pueblito norteño, tirado de panza al sol, con apenas 6 mil habitantes, que esa mañana de despertó, como todos los días, muy temprano y algo perezoso, pues era sábado y tenían todo un fin de semana para retozar a sus anchas.
Alrededor de las 11:30 de la mañana, el convoy de sicarios comenzó a entrar en el pueblo por la parte norte y, casi de inmediato, se comenzaron a escuchar detonaciones. Avanzaron entre las callejuelas hasta llegar al edificio de la Presidencia Municipal, el cual recibió una lluvia de plomo, que carcomió todo el frente y destruyó todo lo que se interpuso a su paso. Era una fortuna que ese día no laboraban los empleados municipales.
De la Presidencia Municipal se siguieron con la comandancia de policía y fueron a dar a la iglesia, contra la cual también escupieron fuego, al mismo tiempo que gritaban consignas feroces.
Los pocos lugareños que circulaban por las calles corrieron despavoridos a esconderse en sus casas, jamás habían visto algo así en sus vidas.

En ese momento solo estaban en el pueblo unos cuantos policías municipales y otros pocos agentes adscritos de la Fiscalía General del Estado, los que se atrincheraron como pudieron para defenderse y salvar la vida, lo que les permitió de inmediato pedir ayuda a las fuerzas de reacción inmediata del gobierno estatal.
Menos de diez minutos después sonó el teléfono privado del gobernador en Saltillo, había una emergencia en el norte, en Villa Unión, el problema era grave. De inmediato se formó el “cuarto de guerra”, dirigido por Miguel Riquelme, quien apenas tuvo tiempo de arrojar el saco y la corbata sobre un sillón, para poner en marcha un operativo que se había planeado y ensayado muchas veces para un ataque masivo de tales proporciones.
Los primeros en llegar a Villa Unión fueron un grupo de 15 policías estatales de reacción inmediata, pero eran muy pocos para enfrentar a “La Tropa del Infierno”. Cuatro de ellos morirían en la refriega de ese día.
Cinco vehículos ardían en las calles después de haber explotado, agregando al ambiente dantesco.
Lo que era un entretenimiento disparando como demonios contra edificios públicos, se convirtió en un escenario de guerra. A un alto costo los policías estatales resistieron. Hubieran sido liquidados todos, pero unos minutos después apareció un convoy del ejército y la Guardia Nacional.
Las dos fuerzas se encontraron en la calle General Francisco Naranjo y, ahí mismo, dio inicio una batalla que, todo indica, no había previsto “La Tropa del Infierno”.
Aquello era, literalmente, un infierno. Se disparaba desde todas las posiciones posibles, pero lo más eficaz fue hacerlo desde las azoteas de las casas. Se ganaba o se perdía terreno metro a metro. Los pobladores aterrorizados solo escuchaban el ensordecedor ruido de la metralla, escondidos en sus casas, los hombres callados; las mujeres rezando.
El enfrentamiento se prolongó por hora y media.

“La Tropa del Infierno” había llegado con el factor sorpresa, pero fueron sorprendidos por la reacción casi inmediata de las fuerzas coordinadas del ejército, la Guardia Nacional y la policía estatal de reacción inmediata, quienes eran apoyados por helicópteros, algunos camiones blindados ligeros y un plan eficaz de ataque.
Los sicarios confiaron en una fuerza aparentemente abrumadora, pero cometieron al menos tres errores graves: no previeron las proporciones de la reacción; no previeron que el pueblo se podía convertir en un laberinto; no previeron el tener que emprender una retirada. Para colmo, los dos guías de brechas que llevaban los colocaron en la línea de fuego y ambos murieron, alcanzados por la metralla.
Cuando tuvieron que gritar la retirada, lo hicieron en desorden. Como reacción desesperada secuestraron a cinco muchachos del pueblo para que los guiaran por las brechas, que son muchas. Se llevaron también como rehenes a dos bomberos y un empleado municipal.
Ellos pensaban que al abandonar precipitadamente el pueblo a través de las brechas habían logrado escapar, pero las órdenes superiores fueron tajantes: perseguirlos hasta detener o acabar con cada uno de los sicarios. Ese día la justicia no estaba para conceder indulgencias, porque, además, al menos para Miguel Riquelme, estaba pendiente lo de la masacre de Allende en el 2011.
Con la ayuda de al menos un helicóptero y de camiones blindados ligeros fueron por ellos. Entre la polvareda de las brechas la metralla siguió escupiendo fuego. Era buena hora, quedaban por lo menos cuatro horas de luz, antes de que cayera la noche.
“La Tropa del Infierno” hubiera deseado ser el Josué bíblico y poder pedirle al sol que desapareciera, pero el sol seguía un descenso parsimonioso, en aquella tarde de noviembre, donde ya soplaba el frío y se paseaba la muerte sobre los engendros del infierno.
Varias de las camionetas que huían llevaban heridos, los que habían sido arrojados dentro de las cajas. Nunca se sabrá si también llevaban muertos.
De los dos bomberos secuestrados y el empleado municipal, dos fueron arrojados muertos entre los matorrales.
Cuando el sol se ocultó detrás de las lomas, siete sicarios más habían muerto y varios de los vehículos habían sido abandonados entre terregales. También había detenidos.
Siempre pensaron que regresarían por la “Brecha del Gas”, pero fue la primera que les bloquearon.
Ya tarde, poco a poco fueron apareciendo los cinco muchachos que habían secuestrado como guías, quienes ese día volvieron a nacer.
Al realizarse el levantamiento, 16 sicarios de “La Tropa del Infierno” habían sido abatidos; 4 policías estatales habían muerto, entre ellos un mando y 2 civiles, de los tres que habían sido secuestrados, dos murieron asesinados. En total fallecieron 23 personas, fueron decomisadas alrededor 25 camionetas blindadas y una cantidad no especificada de armas y municiones.

El Cártel del Noreste había recibido el peor revés de su historia, pero las cosas no terminaron ahí: en los próximos días el número de detenidos ascendió a 28, quienes fueron puestos a disposición de las autoridades judiciales para su vinculación a proceso.
Al otro día, muy temprano, llegó Miguel Riquelme a Villa Unión, para ofrecer protección a la población e iniciar, de inmediato, los trabajos de restauración, visitar a las familias de los fallecidos y apoyar a la presidenta municipal, que había sufrido, con toda razón, una crisis nerviosa y ya no quería saber nada del cargo. Apoyada, reconsideró, volvió al cargo y terminó su periodo.
De los 28 procesados, quienes participaron de una u otra forma en el atentado, 9 fueron sentenciados a 113 años por terrorismo y 19 sentenciados a 137 años de prisión por el mismo delito de terrorismo, sentando un precedente histórico a nivel nacional.
El Cártel del Noreste, que está apoderado de Nuevo Laredo, el puerto terrestre más importante del país, por donde pasa el 36% del comercio México-americano, con un flujo diario de 19,800 camiones, más el flujo de dos vías ferroviarias, obtiene recursos multimillonarios por diversas actividades criminales, pero está empeñado en recuperar Coahuila como “su” territorio, algo que ocurrió durante el periodo gubernamental de Humberto Moreira.
Los ataques se han seguido presentando, sumando hasta 15 en un periodo de apenas dos años, pero se trata de ataques sorpresa con comandos reducidos, los que han provocado bajas entre agentes de la policía estatal como del Cártel del Noreste, que no ha podido volver a penetrar en Coahuila.
Además del frente con el Cártel del Noreste, Coahuila tiene que detener los intentos del Cártel de Sinaloa, que pretende infiltrar la región lagunera, a través de Torreón, principalmente.
El caso de Villa Unión tenía como principal propósito el intimidar al gobierno de Miguel Riquelme Solís, una vez que AMLO entró al poder y lanzó su lema de “abrazos, no balazos”, propiciando una escalada del crimen a nivel nacional, a la cual cedieron la mayoría de los gobernadores, lo que no sucedió en Coahuila, pero esto tiene un alto costo, tanto económico como del permanente desgaste al enfrentar a las poderosas organizaciones criminales.

LOS COSTOS DEL DEBER
Un solo descuido puede tener un costo altísimo. El 7 de septiembre de 2022, se dio una explosión en una casa de nivel residencial medio, en la parte norte de Saltillo. La explosión fue tan poderosa que la vivienda, de dos pisos, quedó completamente reducida a escombros, alcanzando la onda expansiva a varias viviendas próximas, dejando daños importantes.
En esta vivienda habitaba la guardia personal del Fiscal General del Estado, Gerardo Guevara Márquez, incluido su jefe de seguridad, pues debido a lo delicado de sus funciones cuidaban mantener a sus familias a la distancia.
En la explosión fallecieron 3 elementos y dos quedaron gravemente heridos. Se tuvieron que remover escombros para poder rescatar a dos de los agentes. Se puede considerar como providencial que dos de los cinco hayan salvado la vida, pero con lesiones muy importantes.
Casi de inmediato se manejó que la explosión había tenido su origen en una fuga de gas, pero nunca se dio información precisa de los peritajes. Es muy coincidente que una explosión de tales características se diera precisamente en la casa de seguridad que habitaba la guardia del Fiscal General del Estado. En estos asuntos tan delicados no hay coincidencias.
En 2010, fue asesinado el candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, junto con todo su equipo más cercano de campaña, por un comando criminal especializado, solo seis días antes de que se realizaran las elecciones, siendo, con mucho, el virtual ganador, de acuerdo a las encuestas.
Iba al aeropuerto de Ciudad Victoria, jamás llegaría. En el atentado fue ejecutado a mansalva junto con otras cinco personas, una de ellas diputado local. De emergencia el PRI lanzó a su hermano, Egidio como candidato, quien ganó la elección, pero nunca se hizo justicia.
El crimen organizado había concluido que Rodolfo Torre Cantú no negociaría con ellos.
Combatir a organizaciones criminales tan peligrosas y sanguinarias implica, para un gobernador, asumir costos personales y familiares. Él está en riesgo, pero su familia también, y no solo en su periodo gubernamental sino en los años que siguen.
La oposición afirma que combatir al crimen organizado es solo una obligación de los gobernadores, pero ¿Cuántos de los 32 gobernadores se comprometen con ese deber? No más de cuatro, y ninguno de ellos es de Morena, todos los demás o tienen deudas con los cárteles, sostienen relaciones con ellos o gobiernan cómodamente, adoptando una postura cobarde e irresponsable.




