Por: Eugenia Rodríguez
El caso del atentado en el ejido La Unión, en Torreón, ha tomado por sorpresa a la sociedad regional. Es la primera vez que se da en la historia de Coahuila un suceso de esta naturaleza, pero lo más desconcertante es que parecen haber pocas respuestas y sobran los cuestionamientos. Como dos muchachos de 18 años, en apariencia inofensivos, de acuerdo a la narrativa que conocemos hasta el día de hoy, cometieron un atentado brutal, utilizando machetes, un arma que, en la opinión de criminalistas calificados, implica odio, mucho odio.
De muchas maneras es un caso para la reflexión de lo que está pasando hoy con muchos jóvenes, no solo en México sino en todo el mundo.
¿En concreto qué sabemos y qué explicación nos puede dar?
Sabemos que son exalumnos de esa escuela secundaria, quienes dejaron inconclusos sus estudios, ya cerca de terminarlos.
Sabemos que, al menos uno de ellos, tuvo algunos problemas disciplinarios y en alguna ocasión fue castigado.
Sabemos que a partir de su salida de la secundaria se recluyeron en su casa, donde pasaban casi todo el día, viendo televisión y recorriendo la internet en sus teléfonos celulares.
Sabemos que no socializaban con nadie, siendo adolescentes.
Sabemos que la familia estaba compuesta por una madre soltera, los dos gemelos, dos hermanos menores y los abuelos maternos, lo que no es especialmente anómalo.
Sabemos que la madre trabajaba de noche como camarera en un motel, dormía toda la mañana y era el sostén de la familia.
Sabemos que uno de ellos fue internado en un Centro de Rehabilitación.
Sabemos que los estudios forenses indican que no emplearon ningún tipo de drogas.
Sabemos que en sus cuartos hay escritas leyendas de odio y depresión.
Sabemos que iniciaron el atentado gritando una consigna en contra de las mujeres, pero igual agredieron con saña a quien estuvo a su paso. Fueron especialmente agresivos con la subdirectora.
Sabemos, por las evidencias que hasta hoy se conocen, que prepararon con mucha anticipación el atentado, comprando todo lo necesario, como los machetes, las máscaras y el material para preparar las bombas molotov y los petardos.
Sabemos que les fue confiscada una playera o camiseta estampada con los rostros de autores de atentados en varios países, a quienes suele denominárseles como “mask killers”, los cuales utilizaron máscaras, vestían de negro y la mayoría utilizó armas blancas.
Sabemos que, de los 12 rostros impresos en la playera, han sido identificados nueve, que corresponden a personajes que realizaron atentados en México, USA, Brasil, Chile y Rusia.
Sabemos que los dos hermanos, como los “mask killers”, publicaron un día antes fotografías, mostrando las máscaras, la ropa oscura, las armas utilizadas en el atentado.
Sabemos que la dinámica empleada por la mayoría de los personajes que aparecen en la playera es muy coincidente con la empleada por los hermanos.
Sabemos que los hermanos mostraban mucho interés en incorporarse a grupos de internet que son fanáticos de “mask killers”.
Sabemos que en sus primeras declaraciones los dos hermanos manifestaron que se inspiraron en personajes que han seguido a través de la internet.
Sabemos que la madre de los hermanos y el abuelo declararon a los medios, pero ya habían sido aleccionados por los abogados defensores.
Sabemos que a la madre le fueron retirados los dos hermanos menores, de 9 y 11 años, por falta de cuidados.
Sabemos que algunos familiares han manifestado que los hermanos gemelos, desde pequeños mostraban comportamientos de desorden en su conducta, por lo cual en las fiestas familiares muchos evitaban ir si ellos estaban presentes, por lo cual la abuela materna tenía la necesidad de justificar sus conductas ante la familia.
Sabemos que quien realmente se encargó de su crianza fue la abuela materna.
Sabemos que desde pequeños los hermanos gemelos no recibieron una disciplina para orientar su comportamiento social.
¿Pero cuánto no sabemos?
No sabemos por qué uno de ellos fue internado en un Centro de Rehabilitación.
No sabemos qué tipos de contenidos veían en la televisión y en la internet.
No sabemos qué pertenencias fueron incautadas por las autoridades policiacas.
No sabemos qué rol jugaba el abuelo, única referencia paterna de la familia.
No sabemos con detalle cómo era la economía de la familia.
No sabemos cómo era su interrelación con los demás miembros de la familia.
No sabemos cómo era su comportamiento el tiempo que estuvieron cursando la secundaria, en el plantel que atacaron.
No sabemos con quienes, específicamente, interactuaban a través de la internet.
No sabemos específicamente qué sitios de internet visitaban habitualmente.
No sabemos cómo resolvían sus necesidades económicas, pues ni estudiaban ni trabajaban.

VARIOS FACTORES PARA EL CRIMEN
¿Qué podemos concluir a partir de lo que conocemos y desconocemos?
El atentado fue brutal, sanguinario, utilizando cada uno de ellos un machete, con los cuales mataron a la subdirectora, que, en apariencia, era su objetivo principal, pero también realizaron todo el daño posible, agrediendo a 4 personas, dos maestros, un alumno y una mujer de la colonia, dos de ellos de gravedad.
Al inicio del atentado se gritó una consigna de odio en contra de las mujeres, un componente de misoginia de nivel patológico.
El patrón del atentado, en el tipo de armas, vestimenta, máscaras y consignas de odio está copiado, a través de la internet, de los llamados “mask killers”, lo único distinto es el uso de petardos para provocar confusión y caos, algo que también pudo ser tomado de atentados observados en la internet.
La familia muestra disfuncionalidad severa, ya que la madre, según los estudios periciales posteriores, no ejercía cuidados sobre los hijos, y menos aún autoridad y disciplina, limitándose a proporcionar la manutención.
El abuelo, única figura masculina de autoridad en la familia, no ejercía como tal, limitándose a un rol pasivo.
Los dos hermanos vivieron en aislamiento social hasta cuatro años, lo que es una anomalía del comportamiento. Su única convivencia era el intercambio con las plataformas de la internet, algunas de las cuales están denominadas como “internet profunda”, a las cuales tuvieron acceso durante años.
Por las leyendas encontradas en sus habitaciones, las declaraciones posteriores al atentado y la manifestación de que tenían intención de suicidarse después de los crímenes, muestran que habían perdido toda esperanza vital y vivían dentro de una depresión crónica, pero la desatención de los adultos de la familia, como la madre y la abuela, quien había llevado su crianza, no pudieron detectar el problema y menos atenderlo.
El atentado sólo puede explicarse por un desorden grave de la personalidad, que cae dentro de una psicosis que solo puede ser estudiada y explicada por un experto psiquiátrico.
La ausencia de la figura paterna no explica necesariamente la patología de los hermanos, sino la grave disfuncionalidad de la familia, tal como esta se desenvolvía.
El rasgo más notorio de enfermedad psicótica es la ausencia de culpabilidad ante los hechos cometidos, lo que muestra la falta de conciencia y razonamiento social, un desorden de la personalidad que pudo haberse desarrollado gradualmente, pero disparado por los contenidos absorbidos a través de las redes sociales y la ausencia de la más elemental formación moral, algo que se ha vuelto común en ciertos medios sociales.
Los mensajes de odio a través a través de la llamada “internet profunda” pueden hacer un daño enorme en la personalidad de adolescentes y jóvenes vulnerables, que están encubando desórdenes de la personalidad, debido a la disfuncionalidad de sus familias, a corrientes culturales y sociales, también disfuncionales e insanas, que fomentan el discurso de odio y el vacío existencial.
En una hipotética línea del tiempo, los dos hermanos dejaron la secundaria inconclusa a los 15 años de edad y nadie les pidió retomar los estudios. Vivieron más de tres años y medio en aislamiento, sin ninguna relación afectiva importante; sin ningún intercambio de socialización. En apariencia su retiro de la secundaria produjo un resentimiento, pero también se fue desarrollando una depresión crónica, perdiendo todo horizonte de vida (“odio al mundo”, decía una leyenda) y motivación positiva.
Al convivir gran parte del día con la internet durante más de tres años, de acuerdo al manejo de los algoritmos, fueron cayendo en relaciones que los condujeron a grupos de odio, y ellos eran un terreno demasiado fértil.
Uno de esos grupos, o varios, eran seguidores de los “mask killers” y de ahí surge la motivación de perpetrar el atentado, lo que es posible debido a sus problemas de salud mental, que fueron desarrollando en los años de su pubertad y primera adolescencia, un periodo clave en el desarrollo de la personalidad.



