Por: LuzMa
Hay momentos en los que la vida se siente distinta, en donde el tiempo parece transcurrir de manera más lenta y taciturna, con tardes adormiladas y brisas que
cambian su aroma. Como si en esta época del año, los vientos trajeran consigo un aura más nostálgica que mística.
La llegada del otoño viene acompañada de fiesta y folklor. Entre los colores del papel picado y los pétalos de cempaxúchitl, honramos a los fieles difuntos con su fotografía ante un altar, recordando que el mexicano no llora ante la muerte, la celebra. Sin embargo, podemos interpretar este festejo, como un acto de rebeldía más que de ironía, puesto que uno no se rehúsa a morir, sino a ser olvidado y rezagado de la memoria.
En un ejercicio de imaginación, invito al lector a acompañarme a hacer una visita a un lugar donde el olvido adquiere un significado tangible.
Camino por los límites de algún Camposanto, frente a mi tengo una puerta de hojalata que se alza imponente ante un triste atardecer. Me detengo a analizar el lugar y observo las lapidas cuyo deterioro es palpable a simple vista.
De repente, escucho la voz de un hombre: “Buenas tardes ¿Qué se le ofrece?”- Me doy un momento para observarlo, es de mediana estatura, las canas en su bigote y cabello me dan más o menos una idea de su edad -” ha de tener unos 60 años”- pienso. Su postura, aunque encorvada y enjuta, se mantiene firme bajo su sombrero ranchero. Y me mira con unos ojos penetrantes, de esos que pueden asustar al miedo. – “Buenas tardes”- contesto.
“¿Usted trabaja aquí?” -pregunto- “Si, ¿qué andaba buscando?”- me contesta. “Ando buscando respuestas, soy periodista y quisiera conocer un poco respecto a su oficio ¿es usted sepulturero?” – Me observa por un momento y me responde- “Si soy, nomás que ahorita ya me voy”.
Los minutos transcurren en una plática que, aunque de prisa, alimenta mi curiosidad por el personaje que tengo enfrente. Nos coordinamos y me confirma una cita al día siguiente – “Mañana hay dos muertitos en la mañana y al mediodía, usted vengase a las 4”- me contesta.
Cuando me despido, me doy cuenta de que no conozco el nombre del señor, “Me llamo Nacho” – me responde.
Al día siguiente me encontraba puntual para mi cita. Llego en el momento justo en que los rayos de sol acarician suavemente los cerros que se observan a espaldas
del viejo panteón.
“Siempre si vino” me exalto un poco por el saludo inesperado y me volteo para descubrir a Don Nacho, quien camina hacia mí.
Justo la noche anterior, llegando a mi casa, le platiqué a mi madre sobre mi encuentro con aquel hombre. Se quedó pensando y dijo “A lo mejor lo que viste fue un alma en pena”. Sin embargo, al estrechar su mano me doy cuenta de que está vivito y coleando.
“Usted dirá pa qué soy bueno” – me dice – “¿Cómo ve si me da un recorrido? – le contesto. Don nacho asiente con la cabeza y nos adentramos en el lugar.
Caminando entre lápidas desgastadas y epitafios que datan fechas de casi un siglo, Don Nacho me platica un poco de su día a día en el panteón. “Llego temprano, si se va a sepultar arrimamos las carretillas, echamos las placas y la arena. Mi recorrido es todo esto, casi llegando al cerro. Hago una fosa al día”.
Don Nacho camina casi siempre adelante de mí, conforme la marcha, va señalando las distintas secciones del cementerio, “Para allá hay todavía mucho espacio” “Allá se encuentran los que tienen más tiempo”. Durante el recorrido analizo el entorno y hay un pensamiento que no para de rondar por mi cabeza “¿Oiga no está muy solo?” pregunto. “Aquí casi siempre está así, solo para cuando se acerca el día 2 de noviembre, empiezan a venir, o cuando recién entierran a la persona, vienen un mes, dos meses y luego se olvidan del muertito, ya ve es como dice el dicho, el muerto al pozo y el vivo al gozo”.
Conforme el recorrido, Don Nacho me platica un poco de su labor diaria en el panteón. “Se hace el pozo y luego el gabetero, que es en dónde entra el difunto, normalmente es de tres, arriba se hacen dos gavetas más, ya llenándose el pozo, se vuelve vaciar. Los huesitos que salen se meten más para abajo. Pero nunca los retiramos porque el terreno es comprado, es la última casa que queda aquí.”
Contrario a lo que se podría creer, este lugar tiene una quietud sombría, casi lóbrega. Su vibra me remonta a los escritos de Juan Ruflo. Con la plática de mi guía y los susurros que gritan en silencio entre las tumbas arrumbadas, me siento Juan Preciado en Comala.
“Pasa el tiempo, vienen otra vez a buscar al difunto y al último ya no hallan más que pura tierra, y ahí anda uno buscando que el archivo, que los papeles. Y se enojan, pero yo les digo si ustedes que es su terreno no saben, pues uno menos” – me dice Don Nacho.
Dicen que el pasado queda como testigo de los hechos presentes, no podemos negar que la riqueza cultural de la comarca se construyó de la mano de los migrantes y mi guía confirmó eso durante el recorrido – “Mas para allá se encuentran los chinos, también hay españoles e israelitas”.
Mientras escucho a Don Nacho hablar de las distintas secciones del cementerio, me pregunto cuántas historias habrá conocido durante todo este tiempo. “Y usted cómo llegó a trabajar aquí?” le pregunto.
“Empecé escarbando pozos y agujeros para los difuntos, yo antes era yesero, pero se acabó ese trabajo, me vine aquí, hice amigos y pues aquí me gustó, yo pensaba
que me iba a quedar poquito tiempo y mire, ya llevo aquí 25 años, yo creo que ya me voy a quedar hasta que me muera”.
“¿Y qué días descansa usted Don Nacho?” -averiguo- “Pues mire le voy a decir la verdad, si yo me quedo en la casa a mí me empieza a doler la cintura, me desespero, yo tengo que estar aquí” como que me atrae, nomás estoy pensando en el panteón, que, si habrá un muertito, nomás estoy pensando en los difuntos. Luego mi esposa me dice, no vayas, y le digo mija pues si el muerto no espera. Tiene uno que estar aquí para darle su sepultura.
Cuando llegamos a la sección de los extranjeros, me doy cuenta de que la piedra también es testigo de la fusión cultural que tiene nuestra región, primero con los
israelitas y luego con los chinos, entre estrellas de David y caracteres orientales grabados en las lapidas. Una tumba con inscripciones en hebreo tiene adornos de
cempaxúchitl y monedas para acompañar al difunto. Mientras que los nombres de los chinos se mezclan con los propios “Felipe Wong” “Alfredo Lee” son algunos de los que recuerdo.
Mientras recorremos el panteón, Don Nacho comienza a hablarme de la muerte. Lo hace con una familiaridad peculiar, como si después de tantos años de convivir con ella hubiera terminado por reconocerla como una presencia cotidiana.
“La muerte es una persona que tiene que hacer su trabajo, ella pide y manda, dice ahora quiero a este ahora a este. y le diré que yo pienso que uno trabaja su muerte, uno decide si obra bien o mal y esta es bien traicionera, porque luego se lleva gente que no se debe de llevar. Yo le he dicho que el día que me lleve, yo me voy a dar un tiro con la muerte, porque me debe varias.
“¿Y por qué le debe Don Nacho?”- indago- “Pues porque a veces se lleva a la gente que no debe” “yo aquí tengo amigos y tengo hasta a mi hijo. Tenía un soplo en el
corazón, lo operaron, pero a las 3 semanas lo llevamos al seguro, pero ya no salió.”
Por un momento, el recorrido parece detenerse. Aquella deuda que Don Nacho le reclama a la muerte cobra un sentido distinto. Un Hombre que se niega a olvidar a los que ya han sido olvidados, un guardián de la muerte entre los vivos.
«Lo bueno que aquí estoy para poderlos ver. Ando con ellos y ellos andan conmigo».















