Por: Álvaro González
La Revolución no fue romántica, ni fue por la democracia y la justicia social: fue una matanza dantesca de campesinos. La mayoría de los generales revolucionarios eran matones, algo que no aparece en los libros oficiales de historia
La nueva serie mexicana de Netflix, Mal de Amores, basada en el libro del mismo nombre escrito por Ángeles Mastretta, ha resultado un gran éxito, que podría explicarse por la alta calidad de su producción y en que es una historia romántica, pero esa sería una lectura muy superficial de la obra, que tiene como fondo la revolución mexicana, de la cual hace una fuerte crítica.
Emilia Sauri, el personaje principal, nace y crece en una familia liberal en la ciudad de Puebla, que era entonces una sociedad sumamente conservadora, la cual queda retratada en varios personajes y muchos diálogos, como lo es, por ejemplo, la amiga íntima de Emilia, hija y esposa de hacendado.
Esta familia liberal, en el sentido serio del término para los finales del siglo XIX, está cansada, y preocupada, por una dictadura porfiriana ya en franca decadencia, que se sostiene por medio de la represión, pero su visión es realista y plural. Son conscientes de que puede venir una guerra y el caos, salvo Daniel Cuenca, el amor de Emilia, que es un idealista y romántico de la política, quien cree a ciegas en la democracia y la justicia social, lo que le llevará a la desgracia.
Todos creen en Francisco I. Madero, pero algunos tienen dudas sobre su capacidad de controlar el caos que se puede desatar. La caída del dictador y la llegada de Francisco I.Madero es un festejo; una primavera democrática que se traduce en una fiesta cívica, pero la desilusión llega demasiado pronto y con ella los nubarrones de la tormenta que se acerca.
En boca del apasionado Daniel, Madero comete errores graves de visión política y de capacidad de gobierno. Simplemente parece no darse cuenta del tigre que ha desatado y de los demonios que están al acecho. ‘El chaparrito’, como le dicen, simplemente no sabe qué hacer con el gobierno que acaba de asumir, y eso lo lleva directo a su asesinato, algo que por supuesto no enseñan los libros oficiales de historia.
Como el propio Porfirio Díaz y como Venustiano Carranza, surge la predicción de que lo van a matar, como sucedió.
Empieza entonces el caos; el sufrimiento de todos, pero más de los principales protagonistas de la guerra: los pobres, los campesinos y las comunidades rurales, en un México que era entonces un 80% rural.

Surge el dilema de qué hacer ante la guerra, que se convertirá en una terrible guerra civil, de campesinos contra campesinos. Daniel Cuenca decide sumarse a la guerra, en busca de la democracia y la justicia social, Emilia Sauri, por amor, lo acompaña hasta el infierno, pero Antonio Zavalza, un joven médico que acaba de llegar de Francia, donde estudió, ha visto mucho mundo y ha absorbido un pensamiento progresista, pero asume una posición serena e inteligente: todo el bien que puede hacer es ejerciendo su profesión, curando enfermos, sin importar su posición social.
A través de Emilia y Antonio, quien es nada menos que sobrino del arzobispo de Puebla, Mastretta hace una dura crítica a la Iglesia Católica, con diálogos breves pero muy contundentes. “Defender las causas de los más necesitados nunca ha sido el fuerte de la institución”, le dice Antonio a su tío, el arzobispo, quien ofendido se retira de la comida familiar.
Emilia, además de ser una joven mujer transgresora de los usos y costumbres de una sociedad terriblemente machista, un discurso que recorre toda la obra de Ángeles Mastretta, tiene como segunda pasión la medicina, y la usa como una labor social en medio de la violencia y la destrucción que provoca la revolución entre los más humildes.
Daniel apuesta originalmente por los zapatistas, pero sufre la agresión brutal de un nuevo cacique rural y sale huyendo hacia el norte, en busca de los villistas, perdiéndose en los desiertos de Chihuahua.
Emilia, atrapada por el amor pasional hacia Daniel, encuentra un amor sereno, adulto, en Antonio, quien le da mucho más que besos y sexo, reforzando su pasión por la medicina y alentándola a estudiar, lo que va con el discurso de emancipación de la mujer, que, en esos años, no podía estudiar medicina, por lo menos no en Puebla, lo que le manda al extranjero, a Chicago.

GENERALES MATONES
Informada de que Daniel se ha perdido en Chihuahua y muy probablemente esté muerto, Emilia deja los estudios de medicina en Chicago y regresa al escenario de la revolución, que ahora es mucho más brutal. Comienza una búsqueda desesperada en medio del desierto norteño.
Aparece entonces la escena más cruda de toda la serie. Emilia es llevada a un barranco por una campesina, donde se apila una multitud de cadáveres recién ejecutados por un bando revolucionario. En medio de ese escenario macabro, Emilia hurga entre los cadáveres, rogando no encontrar a su amado.
La revolución no es romántica, ni es por la democracia y la justicia social: se ha vuelto una matanza dantesca de campesinos. La mayoría de los generales revolucionarios son matones. Eso tampoco aparece en los libros oficiales de historia.
Daniel ha salvado milagrosamente la vida, está herido, pero quiere ir a la ciudad de México, que se ha vuelto un hervidero político de todas las facciones. Se van en la única forma que había en la época: el tren, lo que no es casual, porque la revolución se hizo en tren ¿Pero qué pasaba en los trenes de los revolucionarios? Con una extraordinaria recreación, Emilia y Daniel se vuelven parte de la vida revolucionaria: ella curando enfermos y él escribiendo cartas para los campesinos y soldados analfabetos.
Toda la obra muestra un retrato fiel del México profundo, que queda atrapado en la revolución, especialmente las mujeres y los niños. Los mexicanos eran en su mayoría analfabetos. No sabían leer y escribir cerca del 73% de la población, lo que era aún más alto en las mujeres. Las pocas escuelas se concentraban en las ciudades.
Los ejércitos revolucionarios eran reclutados en el medio rural, así que eran masas de campesinos-soldados analfabetas.
Ya antes de la revolución los servicios de salud eran muy deficientes y limitados a las ciudades, pero durante la revolución las condiciones sanitarias se volvieron terribles, no solo por las balas, sino también por el hambre y las enfermedades, al destruirse la economía rural por el saqueo y las levas forzosas, a lo que se sumó la ‘Peste Española’ a partir de 1918, una de las peores epidemias que ha sufrido el mundo.
No casualmente Emilia Sauri se convierte en médico y se dedica a curar campesinos, en condiciones sumamente precarias. Tampoco es casual que Antonio Zavalza, el segundo amor de Emilia, sea médico y funde un hospital.
No se pueden tener cálculos exactos, pero en la revolución perdieron la vida al menos un millón y medio de mexicanos, a lo que habrá que sumar los huérfanos y las viudas, que también hacen su aparición en la novela y en la serie.
En el desenlace, Daniel es repudiado por todas las facciones revolucionarias, lo que le pone en inminente peligro de muerte y tiene que ser enviado al exilio. Un muchacho idealista, que sostiene principios democráticos y de justicia social no cabe en el reparto final de la revolución. Los caudillos se asesinan unos a otros. Solo sobrevive un siniestro matón: Plutarco Elías Calles, quien hace todavía más cruel la revolución, cerrándola con una guerra religiosa de 1926 a 1929, la cual no puede ganar y recurre a la traición de los jerarcas de la iglesia católica, en uno de los episodios más vergonzosos de la historia de México, que son muchos.
La familia Sauri se pregunta constantemente ¿Qué cosa buena ha salido de todo este caos? El padre amoroso concluye que lo único bueno que ha salido es Emilia, quien se convierte en médico, cuando las mujeres no ejercían ese oficio, adquiere la madurez a través de experiencias durísimas y termina abrazando a su segundo amor, renunciando a un amor pasional que la llevó hasta el agotamiento.
Los Sauri celebran finalmente el haber sobrevivido a la revolución y a la muerte, lo que no pasó con una parte de su círculo íntimo de amistades y conocidos. Festejan la vida y ven esperanzados al México que salió de la guerra.



