¿Es esto autopromoción descarada?

¿Es esto autopromoción descarada?

Por: Daniel Herrera

Qué cosa tan rara es presentar lo que uno escribe a los demás, después de escribir, reescribir, corregir y volver a corregir; luego de todo el trabajo sin cesar y pasar horas sentado frente a la laptop o frente al cuaderno o cómo sea que el escritor escriba. 

Es probable que para cuando aparezca esta columna en la red mi siguiente libro, El rugido de los ratones; publicado por Editorial Gato Blanco, esté ya a la venta. Es un librito de cuentos de más o menos 140 páginas con distintos cuentos que tienen un solo hilo conductor, algo que los hermana a todos, aunque quienes los han leído no encuentran tan claro esto. 

Qué cosa tan rara es presentar lo que uno escribe a los demás, después de escribir, reescribir, corregir y volver a corregir; luego de todo el trabajo sin cesar y pasar horas sentado frente a la laptop o frente al cuaderno o cómo sea que el escritor escriba. Cuando uno cree que tiene las ideas claras, los personajes definidos, las historias redondas, comienzan las dudas sobre la calidad del trabajo. Entonces viene la revisión obsesiva esperando encontrar los errores y las desgracias literarias. Si uno puede sortear todo esto y creer que se ha logrado algo importante, las dudas sobre si es posible comunicar a los demás nunca desaparecen. 

Entonces, cuando hay oportunidad de entablar un diálogo con algún lector, se descubre que cada quien le dio más importancia a elementos que uno como autor no quería explicitar o de plano que jamás los vio mientras escribía. 

La intención original de un escritor es entablar algún tipo de diálogo con el lector. La búsqueda es por lograr una comunicación. No estoy diciendo que eso es lo único que busca el autor. Estoy afirmando aquí que es una de las intenciones y no está peleada con las obsesiones personales, el uso de la técnica, la búsqueda de una voz propia o las sencillas ganas de contar algo. 

Quizá lo más sano es lanzar el libro al mercado, esperar que alguien lo compre y lo lea y ya, pero la curiosidad arruina todo lo bueno y ahí anda uno haciendo preguntas. 

El rugido de los ratones es un libro de cuentos que fui escribiendo a lo largo de diez años, más o menos. Mi obsesión era la clase media mexicana. La que dicen que no existe, pero siempre saca la cabeza en momentos importantes de la historia de este país. Esa que despreciamos tanto pero a la cual probablemente pertenecemos. Tan elemental, tan debilucha, tan endeble, pero ahí siempre. 

Cada historia que inventé para este libro salió de lo que observé durante los 15 años que trabajé en un bachillerato privado de mi ciudad. Cuando digo esto me refiero a que observé no tanto a los estudiantes sino lo que heredaban de sus padres. Todo el tiempo comprendí que eran un reflejo de su casa. Pero no sólo esto, también lo fui aderezando con lecturas sobre la clase media. Datos económicos y sociales que me iban saltando en la web o en libros. Y, muchas notas periodísticas con más anécdotas que análisis académicos. 

¿Cómo tratar a la clase media mexicana? Con lo que se merecen, una combinación entre simpatía y desprecio. Mucho desprecio, pero por momentos, empatía porque ahí estamos atrapados la mitad de la población de este país.

Antes de que alguien me explique que la clase media no existe, deseo dejar claro que sus datos económicos me los paso por acá. Lo mío es más un análisis cultural, un intento por compilar actitudes ante la vida diaria cuando la sobrevivencia está en juego todos los días. Vamos, que estoy haciendo literatura, no una tesis de posgrado. 

Cada cuento es, por lo tanto, los tristes intentos de un montón de personajes por sobresalir en ese mar de avena llamada clase media. Queda claro que no siento mucha simpatía por ninguno de ellos. Aunque a veces sí. No lo sé, siendo sincero.

He intentado explicar mis obsesiones a través de mis relatos. Es probable que esto sea la peor forma de hacerlo, pero no conozco otra más. Para mí, la literatura se puebla de personajes que deben hallarse a la vuelta de la esquina. Mientras más cercanos a mi vida diaria me es más fácil crear personajes. He sobre pasado el momento infantil literario de retratar a quienes conozco en mi literatura. Ahora tomo de aquí y de allá e invento un montón, pero intento siempre sostenerlos frente a la realidad y ver cómo reaccionarían en situaciones extraordinarias. 

Para este libro tuve distintos procesos creativos, es normal porque lo escribí durante diez años. Casi siempre intento escribir lo más rápido posible para evitar que las obsesiones sobre temas o personajes se diluyan; en este caso fue distinto porque estuve esperando a que cayera en mis manos cada historia o cada personaje. Cada cuento se tomó su tiempo, algunos tuvieron cuatro o cinco versiones, otros aparecieron de golpe y así quedaron, uno especialmente fue complicado, le hice tantos cambios que quedó irreconocible; intenté sostener la misma idea para cada uno, quise darle, de forma subrepticia, una característica que entiendo de la clase media que conozco; creo que casi pude lograrlo. 

¿Se puede comunicar las ideas dentro de la narrativa? No sé, mi apuesta es que sí, pero la literatura no funciona así. Cada lector encuentra y pone atención a lo que desea y no a lo que el escritor quiere. De todas formas, el autor debe seguir intentándolo aunque fracase una y otra vez. ¿No se trata de eso el arte? ¿De fracasar una y otra vez? ¿De fracasar mejor?

Por mientras, tengo toda mi fe puesta en El rugido de los ratones. Porque de eso se trata esto, de hacer lo mejor posible y tener fe. Ahí estará, a la venta, muy pronto.

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