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La corrupción policiaca; el daño a la sociedad

Análisis Político y Social / Especiales / Slider / 31 marzo, 2024

Por: Eduardo Rodríguez

Burocracia, sobornos y chantajes, son solo algunas de las peripecias a las que se enfrenta la ciudadanía cuando busca asesoría y justicia.

Voy manejando con cierta prisa; tengo que llegar puntual a una cita de trabajo. Cruzo el periférico y me interno en las inmediaciones del cuartel de la policía municipal. De pronto, por descuido, asomo mi vehículo de más en una de las calles y un vehículo tipo van, manejado por una joven señora que va de prisa y circulando en el carril derecho, rosa el mío, golpeando la esquina izquierda, nada importante: un poco de daño en la moldura de mi vehículo y un rayón en la puerta derecha del suyo.

Ingenuo, yo pensaba que uno se arreglaba, en estos casos, como antes, a través de los ajustadores de sus respectivos seguros de los vehículos, pues los daños eran menores, nadie había sufrido algún tipo de lesión y yo me estaba responsabilizando del hecho.

En esa charla estábamos la señora y yo cuando llegó al lugar una patrulla de la policía municipal, que hacen rondines en la zona, y los dos oficiales se acercaron a preguntar. Se les indicó que ya habíamos llegado a un arreglo y estábamos a la espera de los ajustadores de seguros.

Para sorpresa mía y de la señora, uno de los oficiales comentó que le tenían que hablar a los peritos de tránsito, porque era su obligación, pero enseguida insinuó que podíamos llegar a un arreglo a cambio de 500 pesos. Me molestó el cinismo y el abuso y se le indicó que no habría tales 500 pesos y no eran necesarios los peritos. Molestos se retiraron y, apenas alejándose un poco para que no se les tomara el número de patrulla, le hablaron a los peritos de tránsito, quienes aparecieron cerca de media hora después, cuando ya los ajustadores de seguros casi habían terminado su trabajo.

Comenzó entonces una pesadilla. Un individuo bajo, panzón, con el uniforme de peritos, se acercó prepotente e indicó que había que llevar los dos vehículos al edificio de los tribunales administrativos, frente al auditorio municipal. Se le indicó que no era necesario, y entonces insinuó que podía haber un “arreglo” con una “propina” de mil pesos, lo que parecía un despropósito.

Como era la primera vez que chocaba pensé que no habría mayor problema, aunque había perdido ya el evento al que me dirigía. Ni traía los mil pesos, ni estaba en la disposición de darlos.

Para abreviar, llegando al edificio municipal me quitaron las llaves de mi vehículo, el cual quedó en posesión de los oficiales, lo cual me parece, en un caso como este, ilegal. Siguió un laberinto burocrático completamente absurdo, el cual se prolongó hasta las dos y media de la tarde, es decir más de cuatro horas.

La señora y yo fuimos sujetos a un supuesto examen médico obligatorio por un jovencísimo pasante de medicina. Luego hubo que pasar por otra instancia, previa revisión de si todos mis papeles estaban en orden, después había que hacer una cola de espera para ser recibidos por un supuesto juez, que en ese momento había salido no se sabe a qué asunto.

Dos horas después nos recibió el señor juez; un muchacho joven y bajito, repleto de tatuajes que medio ocultaba debajo de su camisa blanca, quien tenía en su poder las llaves de los vehículos.

De ahí a firmar una serie de documentos de responsiva, de conformidad y otros, y una cuenta de más de 4 mil pesos, casi tres mil de ellos solo por el concepto de haber chocado, cuando en ninguna de las dos calles había ningún tipo de señalamiento vial. En toda la zona no hay señalamientos viales. Había que pagar los dos exámenes médicos más otros conceptos menores.

“Le salió barato”, me dijo mi ajustador de seguros, “hay gente que le meten multas de 5 mil, 6 mil y hasta 7 mil pesos”. ¿Y qué pasa si no tienes para pagarla en este momento? “Pues se llevan el vehículo a uno de los corralones y le cobran la grúa, un cargo por cada día que pase, y casi siempre se pierde algo en el corralón, y al final le hacen una cuenta por no menos de 7 mil pesos?.

Lamentablemente piensan entonces ¿Por qué no le di al policía corrupto los 500 pesos que me pedía? No hubiera perdido toda la mañana y pagado al final más de 4 mil pesos.

Y ese es el grave problema, que la burocracia se vuelve cada vez más compleja, bajo la justificación de una aparente modernización, y todo tiene, finalmente, un fin recaudatorio, y eso lo saben perfectamente todos los elementos policiacos y de vialidad, que están permanentemente a la cacería del ciudadano.

Lo robado por 5 mil pesos

Dos viciosos, en su ansiedad por conseguir dinero para la droga, se introdujeron por un ventanal a una empresa chica ubicada en la colonia Las Magdalenas. Inexpertos, se robaron la herramienta que pudieron y arrancaron parte de los sistemas eléctricos de tres máquinas, dándose a la fuga en medio de la noche.

El propietario de la empresa puso al otro día la demanda del robo ante el ministerio público y la policía inició su operativo de búsqueda. Por lo que se pudo apreciar, conocen bien cómo se mueven las cosas en la colonia, pues al tercer día dieron con los ladrones, quienes aún tenían en su poder todo lo robado.

Antes de proceder, los policías le hicieron una visita al propietario de la empresa y, ante el asombro de este, le comunicaron que le podían hacer entrega de todo lo robado, evitando la consignación y todo el procedimiento legal, todo a cambio de cinco mil pesos. Molesto, el propietario se negó a darles esa cantidad y hasta la fecha no ha podido recuperar lo que le fue robado.

Por lo menos en este caso la policía si sabe como hacer su trabajo, pues pronto dio con los ladrones y lo robado, pero de nada sirve porque son corruptos y hacen de su tarea una fuente de ingresos ilícitos, pero además violentan la ley que están obligados a proteger. Si se les denuncia simplemente niegan todo, porque tienen buen cuidado al momento que intentan la extorsión.

Dos costales de nuez

Si las prácticas de corrupción están extendidas en las ciudades de La Laguna entre peritos de tránsito y policías, en el medio rural están desatados. En municipios de la zona conurbada, como Lerdo, la extorsión policiaca se ha vuelto todo un problema para los ciudadanos.

Los casos abundan, sobre todo en las villas y en sus inmediaciones.

Una patrulla municipal de Lerdo se para sobre la carretera, al lado de una huerta nogalera, donde uno de los trabajadores labora sobre un tractor. Lo llaman y este se baja del vehículo y se pega a la cerca de alambre. Viene el siguiente diálogo:

-¿Tu eres aquí el encargado?

– No oficial, yo soy trabajador, yo solo me encargo de manejar el tractor.

– Necesitamos que nos des dos arpillas de nuez, una para mi y una para mi compañero.

-¡Espéreme! Yo solo soy un trabajador aquí, pero por qué les van a dar dos arpillas de nuez, si quieren algo véanlo con el patrón.

-Nosotros somos los que andamos cuidando que no les roben la nuez y pa’ seguir jalando necesitan cooperar, sino luego de que se quejan.

Justo en ese momento aparece una camioneta del ejército con cuatro soldados a bordo, quienes se estacionan detrás de la patrulla municipal y se acercan para ver de qué se trata el asunto.

– ¿Qué pasa camaradas? Le dice uno de los soldados al policía que discute con el trabajador.

– Pues aquí los oficiales, que están exigiendo que les entregue dos arpillas de nuez y yo aquí nomás soy un trabajador.

Dirigiéndose al policía, el soldado le dice: ¿Qué pasó camarada?

-No, nada camarada, si no quieren cooperar pues que no cooperen, no hay problema.

Acto seguido los dos policías se suben a la patrulla y arrancan, lo mismo hacen los soldados, quienes se retornan por la misma carretera.

“Ahora trabajas para nosotros”

Agustín, de 45 años, casado, con una hija, era albañil y cayó en la adición del cristal, por lo que fue perdiendo trabajos y terminó con todos los pocos bienes de la familia, que vivía en la colonia Ciudad Nazas, al oriente de Torreón.

Perdido en la adición, Agustín comenzó a “trabajar” como “puchador” de droga, llevando todos los días cinco bolsitas de cristal, las que distribuía y regresaba por otras cinco, así todos los días de la semana hasta altas horas de la noche. Todos los vecinos de la cuadra sabían a que se dedicaba.

Hace aproximadamente dos años, de pronto un grupo de policías estatales, uniformados y encapuchados, irrumpieron en su vivienda, golpeando violentamente la puerta. Eran las dos de la mañana, Agustín no se encontraba, pero su esposa y su hija, una muchacha de 17 años, se despertaron alarmadas y vestidas solamente con ropa interior.

Los policías preguntaron a gritos por Agustín. Al saber que no se encontraba comenzaron a hurgar toda la casa, vaciando cajones, tumbando muebles y dejando detrás de sí un desastre. Buscaban droga y al final encontraron un puño de pequeños sobres metidos en una olla.

Al llegar a su casa y enterarse de lo sucedido, Agustín se espantó y pensó que iba a ser detenido, por lo que se fue al otro día a Ciudad Juárez, Chihuahua, con unos parientes. Al mes regresó y solo dos días después los policías encapuchados reaparecieron, en esta ocasión a las cinco de la mañana.

Ni para donde correr, pensó que iba a ser detenido, pero le esperaba una sorpresa, cuando uno de los policías encapuchados le gritó, según él mismo lo refiere: “Ahora vas a trabajar para nosotros cabrón, sino te lleva la chingada ¡Entendido!” Y Agustín cambió de patrón, pero como vendía más droga, más la consumía también, lo que le llevó a tal deterioro que cayó enfermo y su familia se lo tuvo que llevar a Ciudad Juárez, donde lo internó para su rehabilitación.

Ya rehabilitado, con la ayuda del internado y de un ministro cristiano metodista, Agustín ha regresado a Torreón, pero se tuvo que ir a vivir a otro sector de la ciudad, se dejó crecer las barbas, se cortó el pelo al rape, cambió a su hija a otra escuela y se incorporó al culto religioso todos los domingos, pero no ha dejado de sentir temor, ante la posibilidad de ser nuevamente ubicado por los policías para quienes estuvo trabajando como “puchador” de cristal y de metanfetaminas.

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